Mi madre no soporta su llanto, — dijo mi esposo sin dudar. — Decide: o el hogar de niños, o búscate otra familia.

¡Haz que se calle de una vez! ¡Otra vez está llorando! ¡No puedo concentrarme en el trabajo! — Tomás irrumpió en la habitación y la puerta se estrelló contra la pared con un golpe seco. Su rostro estaba desfigurado; en sus ojos ardía una furia ciega y fría que le heló la espalda a Ana.

Ella se encogió, apretando contra su hombro a Leo, que lloraba sin consuelo. Un nudo caliente y doloroso le subió a la garganta. Había pasado apenas una semana. Solo una semana desde que en su dedo apareció el anillo nuevo, todavía ajeno. Antes él era distinto: la voz más suave, los gestos cuidadosos, las palabras dulces como miel. Ahora la miraba a ella y al niño como a una molestia innecesaria, algo que quería borrar.

— Ahora lo alimento y se va a calmar —susurró, casi sin mover los labios—. Perdón por molestar.

*

¿Molestar?! —estalló—. ¡Mi madre lleva dos días tomando calmantes, se le dispara la presión! ¡Yo vuelvo del trabajo agotado! ¿Cuánto tiempo más va a durar esto? ¡Así no aguanto!

Se inclinó sobre ella, tapando la luz de la ventana con sus hombros. Olía a café caro y a algo áspero, ajeno: estrés, irritación, desprecio. A Ana la ahogaba una culpa pesada y pegajosa, aunque no entendía de qué se culpaba. ¿Lo había cargado mal? ¿Lo había alimentado mal? Leo tenía solo tres meses y conocía el mundo a través del llanto, los cólicos y la necesidad de brazos maternos. ¿Cómo se le explica eso a un adulto?

— Tomás… es apenas un bebé —empezó, y se calló. Las palabras no servían.

¡Un bebé! Exacto! —sonrió con desprecio—. Tu bebé. Y en esta casa no es bienvenido. ¿Me entiendes? Estoy harto. De los gritos, del olor a ropa de niño, de que siempre estés pendiente de él. Ahora somos una familia. Marido y mujer. ¿O pensaste que iba a ser niñero de tu hijo?

Ana mecía al niño en silencio, mirando el piso. El frío cerámico con vetas grises le era conocido hasta el último detalle.

— Escucha —la voz de Tomás bajó, y por eso mismo se volvió más peligrosa—. Hay una salida simple y razonable. Entrégalo. A un hogar de niños o a acogimiento temporal, da igual. Allí se harán cargo. Y nosotros empezamos a vivir bien. Como la gente. Tú te quedas en casa, te ocupas de ti, haces cursos, yo pago todo. Pero con un niño nunca vas a salir de este pozo. Él es tu ancla.

Ana levantó la vista y no reconoció al hombre frente a ella. No quedaba nada del rostro con pequeñas arrugas en los ojos que antes le parecían amables. Él había jurado. Aquel día en el hospital, cuando ella estaba sentada entre los restos del departamento quemado con Leo en brazos, usando un suéter viejo. Juró que sería un padre, que se haría cargo de todo, que serían una familia.

*

— Me lo prometiste… —susurró, con la voz quebrada.

¿Prometí? —se burló, caminó por la habitación y tomó la cajetilla de cigarrillos—. Prometí cuidarte a ti. A ti, Ana. El niño es tu responsabilidad. Tienes que resolverlo sola. No tienes a nadie más que a mí. El departamento se incendió, creciste en un hogar estatal, tus amigas apenas sobreviven. ¿A dónde vas a ir? ¿Con un niño? Los servicios sociales no tardarán en meterse. Yo puedo darte todo. Pero sin él.

Se fue, dejando en el aire una amenaza pesada. Ana quedó inmóvil hasta que Leo, agotado de llorar, se quedó dormido en su hombro. En su cabeza martillaban las palabras: Entrégalo. Hogar. Problema. Apretó su diminuta mano, con hoyuelos en los dedos. Una parte de ella misma. Entregarlo. Traicionarlo. Como si fuera una cosa.

Y aun así, parecía que no había elección. Hogar de niños, luego estudios técnicos, trabajos mal pagados, relaciones sin futuro… Marcos. Guapo, despreocupado. Desapareció cuando supo del embarazo. Por teléfono le dijo que no esperara nada y se borró. Después vino el parto, los apoyos que apenas alcanzaban para la leche. Y luego el incendio. El cableado, dijeron los vecinos. Del departamento quedaron solo paredes negras. Ella y Leo estaban en una consulta médica ese día; por eso sobrevivieron. No tenían dónde vivir. Y entonces apareció Tomás, amigo de Marcos. Con pañales, comida para bebé, una mirada compasiva. Decía que siempre se había fijado en ella, que él se encargaría de todo.

Y Ana creyó. La desesperación hace aferrarse a cualquier mano extendida. Fue al registro civil como quien va a una ejecución, pero con esperanza: tal vez habría un hogar, un esposo, un padre para su hijo.

Ahora todo se había derrumbado. Tomás no quería una familia. La quería a ella: sin pasado, sin niño, sin memoria. Y Leo era el recordatorio vivo de lo que él quería borrar.

*

Esa noche Tomás bebió. Primero cerveza, luego alcohol fuerte. Se volvió más ruidoso, más invasivo. Entraba al cuarto del niño y miraba a Leo dormido con un desprecio que le revolvía el estómago a Ana.

— ¿Ya se durmió? —murmuraba—. Que no despierte. Que esté en silencio. Porque si no…

No le levantó la mano. Todavía. Pero la amenaza ya estaba ahí. Cuando por fin se quedó dormido en el sofá, respirando pesado, Ana exhaló y empezó a actuar.

Llevaba tiempo preparada. Un mes antes había armado una mochila: pañales, fórmula, biberón, agua, toallitas, ropa de cambio para Leo, su propio suéter, documentos y todo el dinero que había logrado ahorrar. La mochila estaba detrás del ropero. La tomó, envolvió a su hijo en una manta caliente, se puso el viejo abrigo. Salió en silencio al pasillo y agarró las llaves. El corazón le latía tan fuerte que le zumbaban los oídos.

Afuera era noviembre: húmedo, frío, con lluvia y algo de aguanieve. Las luces se reflejaban en el asfalto mojado. Ana apretó a Leo contra su pecho y echó a correr. Lejos. De esa casa. Del miedo.

Corrió hacia los edificios, hacia la luz, hacia la gente. Después de media hora, sin fuerzas, se refugió bajo el techo de un kiosco cerrado. Con manos temblorosas sacó el teléfono. ¿A quién llamar? A casi nadie. Quedaba una última esperanza.

Marcó un número que sabía de memoria.

— ¿Bueno? —respondió una voz adormilada.

— ¿Josefina? Soy Ana… la ex de Marcos. Perdón por llamar tan tarde… No tengo a dónde ir.

— ¿Ana? ¿Qué pasó? ¿Dónde estás?

— En la calle. Con el bebé. Con mi hijo. Con su… nieto. Por favor… ¿puedo ir a su casa? Aunque sea por una noche…

*

Josefina abrió la puerta casi de inmediato, como si hubiera estado esperando. Llevaba un suéter grueso, el cabello recogido sin cuidado y una mirada atenta, viva. Sin decir palabra dejó pasar a Ana, tomó la mochila y le indicó que avanzara.

— Pasa. Aquí. No lo desabrigues todavía, que se caliente —dijo con una voz baja y firme, sin reproche ni lástima. Solo decisión.

Ana sintió que las piernas le fallaban. Se sentó en el borde del sillón, sin soltar a Leo, como si temiera que se lo quitaran incluso allí. El departamento olía a té y a madera vieja. Nada lujoso. Pero seguro. De verdad.

— Se despertó en el camino —susurró Ana—. Intenté…

— No te justifiques —la interrumpió Josefina mientras ponía agua a hervir—. Está vivo. Tiene derecho a llorar.

Esas palabras simples rompieron todo. Ana lloró en silencio, hundiendo el rostro en la manta. Las lágrimas cayeron sobre el gorrito del bebé. No había llorado en la calle. Ni al huir. Aquí sí: se quebró.

*

Josefina no dijo nada. Dejó una taza a su lado, le cubrió los hombros con una manta y fue a la otra habitación. Al poco rato volvió con una cuna pequeña.

— Era de Marcos —dijo en voz baja—. Él dormía aquí.

Ana se estremeció al oír el nombre, pero no habló. Acostó a Leo con cuidado. Él suspiró, se movió un poco y volvió a dormirse.

— Cuéntame —dijo Josefina, sentándose frente a ella.

Ana lo contó todo. Sin adornos. El incendio. La ayuda. El matrimonio. El ultimátum. Las palabras “entrégalo” y “hogar”. El momento en que en la voz de Tomás dejó de haber humanidad.

Josefina escuchó con los labios apretados. Cuando Ana terminó, el silencio cayó pesado.

— Siempre fue así —dijo al fin—. Inteligente. Frío. Sabía fingir. Pero cuando alguien exige deshacerse de un niño por comodidad, no es cansancio. Es carácter.

— Pensé que me estaba volviendo loca —susurró Ana—. Que quizá yo era desagradecida. Que debía…

— No —la cortó con firmeza Josefina—. Tenías que irte. Y te fuiste.

A la mañana siguiente Ana despertó en un silencio sin tensión. Leo dormía en la cuna. Afuera había un día gris cualquiera. Pero por primera vez en mucho tiempo no daba miedo.

El teléfono sonó cerca del mediodía.

— ¿Dónde estás?! —la voz de Tomás era dura, llena de rabia—. ¿Te das cuenta de lo que hiciste?!

Ana respondió. Su voz estaba sorprendentemente calma.

— Me fui. Con mi hijo.

— ¡No tienes derecho! —casi gritaba—. ¡Eres mi esposa!

— Lo fui —respondió ella—. Ya no.

— Te vas a arrepentir —gruñó—. Haré todo para que te quedes sin nada.

Ana miró a Leo dormido. En la cocina, Josefina hacía sonar suavemente las tazas.

— Yo ya estuve sin nada —dijo Ana—. Y sobreviví. Ahora lo tengo todo.

*

Colgó.

Una semana después, Josefina la ayudó a contactar a un abogado. Resultó que las amenazas eran lo único que Tomás tenía. Un mes más tarde, Ana inició el divorcio. Sin escándalos. Sin encuentros. Todo por abogados.

Pasaron seis meses.

Ana trabajaba. Rentaba un cuarto pequeño cerca. Leo creció, sonreía, estiraba los brazos hacia ella. A veces era duro. A veces daba miedo. Pero nunca fue vergonzoso.

Un día vio a Tomás en el supermercado. Estaba solo. Cansado. Con la mirada vacía. La reconoció, quiso acercarse… y se detuvo. Ana pasó a su lado sin acelerar el paso.

Esa noche le escribió a Josefina:
«Gracias por abrirme la puerta aquella noche».

La respuesta llegó casi de inmediato:
«Solo hice lo que tenía que hacer una abuela».

Ana sonrió y abrazó a su hijo con más fuerza.