— O sea, mientras yo estaba tirada con cuarenta de fiebre, ni siquiera me preparaste un té, pero en cuanto tu mamá estornudó, cruzaste toda la ciudad para llevarle medicinas. Pues quédate allá cuidando a tu mamita y no regreses conmigo, ¡traidor!

— Lucas, tráeme agua, por favor… — la voz de Emilia sonaba extraña, seca y quebradiza, como hojas del año pasado. Apenas lograba atravesar el edredón pesado con el que estaba tapada hasta la cabeza.

Su cuerpo se había convertido en un solo nudo de dolor palpitante. Todo le dolía: desde las puntas de los dedos hasta la raíz del cabello. La piel le ardía, pero por dentro corría un escalofrío helado y punzante. El termómetro, que había sacudido con dificultad media hora antes, marcaba 39,8. Ya no era solo una enfermedad: era un estado alterado de conciencia, un semidelirio donde la realidad se mezclaba con pesadillas.

Desde la habitación de al lado llegó un sonido apagado y molesto, como si alguien hubiera levantado la cabeza de la almohada de mala gana. Lucas no apareció de inmediato en la puerta del cuarto. Primero se puso un cubrebocas, acomodándolo con cuidado sobre la nariz, y recién entonces entró. Parecía alguien que estuviera entrando a una zona de riesgo biológico. Se quedó a unos metros de la cama, mirándola con cautela.

— Emilia, ¿qué te pasa ahora? Si hace rato te traje — en su voz no había ni rastro de compasión, solo una irritación sorda, casi infantil. — Así me voy a contagiar, y mañana tengo que trabajar. El proyecto está en llamas, tú lo sabes.

— Tengo la boca seca… por favor… — volvió a susurrar ella, tratando de incorporarse sobre los codos, pero la cabeza le dio vueltas y cayó otra vez sobre la almohada empapada de sudor.

Él suspiró con pesadez, mostrando con todo el cuerpo lo insoportable que le resultaba la situación. Fue a la cocina arrastrando las pantuflas de manera deliberadamente ruidosa. Un minuto después regresó con una taza apenas a la mitad y la dejó en el borde de la mesita, lo más lejos posible para no tocar la cama.

*

Emilia lo m— Ahí está. Pero toma tú sola, ¿sí? No quiero andar regando tus microbios.

iraba a través del velo turbio de la fiebre. Ese rostro molesto y asqueado, escondido detrás del ridículo cubrebocas azul. La forma en que mantenía la distancia con cuidado exagerado. Ese era su esposo. El hombre al que tres años atrás le había dicho “sí” en el registro civil. El hombre que juró estar a su lado “en la salud y en la enfermedad”. Al parecer, una gripe con fiebre alta entraba en alguna otra categoría no incluida en los votos.

— Lucas… habría que ir a la farmacia. Se acabaron los medicamentos para la fiebre. Compra también limones y jengibre… No puedo ni levantarme — su súplica sonó patética, como un gemido.

— Dios, otra vez la farmacia… Ahora está llena de gente enferma como tú, un foco de contagio — murmuró, retrocediendo hacia el pasillo. — Voy a ver lo del trabajo. Tal vez vaya más tarde. Si tengo tiempo.

Y se fue. Simplemente se metió en el otro cuarto y cerró la puerta con firmeza. Emilia oyó el clic de la cerradura. Se había encerrado. De ella. Como si no fuera una persona enferma y cercana, sino alguien contagioso. Al poco rato, desde detrás de la puerta se escucharon disparos y órdenes apagadas: se había sentado frente a la computadora. Se puso los audífonos para no oírla. Para aislarse de su enfermedad, de sus gemidos, de su existencia.

El dolor emocional era agudo, casi físico, casi tan fuerte como el dolor de cabeza. Emilia permanecía mirando al techo, escuchando aquellos sonidos lejanos e irreales de una guerra virtual, mientras su propio cuerpo libraba una batalla real contra el virus. Se sentía infinitamente sola. No solo sola: abandonada. Dejándola morir en su propia cama, el hombre que había preferido juegos y pantallas antes que ayudarla de verdad. El tiempo se estiraba como queso derretido. Le parecía que habían pasado horas. El agua de la taza se había acabado hacía mucho. La fiebre se volvía insoportable, la realidad se disolvía y, en ese delirio, veía cada vez más claro el rostro de Lucas: ajeno, frío, detrás de la máscara azul de la indiferencia. Empezó a hundirse en un sueño pesado y pegajoso, y el último pensamiento lúcido fue: “Me odia”.

Un sonido agudo e insistente la arrancó del sopor. Venía de la parte del departamento donde estaba su esposo. Al principio no entendió qué era. El celular. Alguien llamaba a Lucas. A través de la niebla de la enfermedad oyó cómo cesaban los disparos del juego y, después, su voz, sorprendentemente animada y clara. Se quitó los audífonos.

— Sí, mamá, ¡hola! ¿Pasó algo? — el tono era pura preocupación. Sin irritación, sin cansancio.

Emilia prestó atención. La voz de su suegra, Ana, no la escuchaba, pero por las respuestas de Lucas la escena se armaba sola. Y era grotesca.

— ¿Cómo que no te sientes bien? ¿La presión? ¿Qué marca el aparato? ¿Ciento cuarenta sobre noventa? Bueno, no es grave, pero es molesto… ¿Te da mareo? ¿Mucho? — en su voz apareció una preocupación auténtica. La misma que Emilia había esperado en vano todo el día. — ¿Tomaste las pastillas? ¿Cuáles? ¿Nada debajo de la lengua? Entendido. Quédate tranquila. Voy para allá ahora mismo.

“Voy para allá ahora mismo”. Esas dos palabras golpearon a Emilia como una bofetada.

*

El silencio en el departamento no era solo denso: era ensordecedor. Emilia permanecía mirando al techo y se sorprendía contando las grietas, como cuando de niña contaba ovejas para dormirse. Solo que el sueño no llegaba. En su lugar venían oleadas de calor y frío, sin ningún orden. A veces creía oír los pasos de Lucas en el pasillo, que la puerta iba a crujir y él volvería. Pero era solo un juego de su mente febril. Nadie regresaba.

En cierto momento el dolor cambió: ya no era agudo, sino sordo, opresivo, como si alguien le hubiera puesto una piedra pesada sobre el pecho. Respirar se volvió difícil. El corazón latía de forma irregular, con pausas. Intentó pedir ayuda, pero de su garganta salió apenas un sonido débil y ronco. El celular estaba en la mesita, demasiado lejos. Todo un abismo entre ella y la salvación: apenas medio metro.

No sabía cuánto tiempo pasó hasta que reunió fuerzas. La mano le temblaba tanto que falló varias veces antes de tocar el plástico frío. La pantalla se encendió con demasiada luz, lastimándole los ojos. En la lista de contactos había muchos nombres, pero casi sin pensarlo tocó uno: “Clara”.

— ¿Em? — la voz adormilada de su amiga sonó como un salvavidas. — ¿Qué pasó? Pero si es de noche…

— Clara… — Emilia tosió. — Estoy muy mal. Lucas… se fue. Estoy sola.

El silencio del otro lado duró solo un segundo, pero a Emilia le pareció eterno.

— Voy para allá — dijo Clara con otra voz, firme, concentrada. — ¿Me escuchas? No te duermas. Pido un taxi y llamo a una ambulancia. Abre la puerta si puedes.

La palabra “ambulancia” la asustó. Eso significaba que todo era realmente grave.

Cuando la encontraron, apenas reaccionaba. Las batas blancas, la luz intensa, las preguntas que no podía responder: todo se mezcló en una sola masa. Lo último que vio antes de volver a hundirse en la oscuridad fue el rostro asustado de Clara y su mano apretando fuerte los dedos de Emilia.

Despertó en el hospital.

*

La primera sensación fue frío. Luego, silencio, interrumpido por el pitido constante de los aparatos. La cabeza le pesaba, pero estaba clara. La fiebre había desaparecido. En su lugar había un vacío. A un lado, el suero; en la mesita, un vaso de agua. De verdad. Lleno.

— Por fin — dijo una voz. Clara estaba sentada junto a la cama, con el pelo despeinado y ojeras profundas. — Nos asustaste a todos.

— Lucas… — murmuró Emilia por inercia.

Clara apretó los labios y apartó la mirada.

— Llamó. Una vez. En la mañana. Preguntó dónde estabas. Le dije dónde estabas y en qué estado ingresaste. Él… se sorprendió.

Esa palabra fue peor que cualquier insulto.

— ¿Va a venir? — preguntó Emilia, sin saber por qué.

— Dijo que su mamá ya está estable y que tiene que quedarse con ella. A ti vendría “más tarde”.

Emilia cerró los ojos. Dentro no había ni dolor ni rabia. Solo una comprensión extrañamente clara. Todo encajó. Como piezas de un rompecabezas que durante mucho tiempo no cuadraban y de pronto formaron una imagen brutalmente nítida.

Lucas fue al día siguiente. Con flores compradas en el kiosco del hospital y una expresión de culpa ensayada en el camino. Habló de estrés, de responsabilidad, de cómo se había “partido en dos” entre dos personas importantes. De que no pensó que fuera a ser tan grave.

Emilia escuchaba en silencio. Miraba sus labios moverse, diciendo palabras correctas y vacías, y no sentía nada. Ni siquiera lástima.

*

— Pudiste haberme llamado — dijo él al final, con un leve reproche. — Yo habría regresado.

Ella abrió los ojos y lo miró de frente. Por primera vez en mucho tiempo, de verdad.

— Te llamé, Lucas — dijo en voz baja. — Todo el día. Tú estabas detrás de una puerta cerrada. Con audífonos. Tomaste tu decisión ahí mismo.

Él se quedó callado. Las flores sobre sus piernas parecían ridículas y tristes.

A Emilia le dieron el alta una semana después. Clara se la llevó a su casa. Lucas mandaba mensajes, llamaba, proponía “hablar en casa”. Pero Emilia lo sabía: ya no había hogar. Había un departamento donde casi murió sola. Y una vida que debía reconstruirse desde cero.

Un mes después pidió el divorcio. Sin escándalos. Sin gritos. Lucas no se opuso. Parecía perdido, como si apenas entonces empezara a entender algo, pero ya era tarde. La comprensión que llega después del desastre no salva a nadie.

Se vieron por última vez para firmar los papeles. Él quiso decir algo, pero Emilia lo detuvo con la mirada.

— ¿Sabes? — dijo con calma — estoy agradecida por aquella enfermedad. Si no hubiera sido por ella, habría seguido creyendo mucho tiempo que tenía esposo. Y resultó que solo tenía un compañero de departamento. Cuida a tu mamá, Lucas. Eso se te da mejor que nada.

Salió del juzgado bajo el sol frío del otoño y, por primera vez en mucho tiempo, respiró hondo. El aire era limpio y real. Como su nueva vida: sin fiebre, sin máscaras y sin el hombre que un día se encerró de ella detrás de una puerta.