—Me voy con Laura —dijo Marco, limpiándose la boca con una servilleta y tirándola sobre la mesa—. Está embarazada.

Ana tenía en las manos una sartén con huevos revueltos. Acababa de prepararle el desayuno. Como siempre. Como durante quince años.

—¿Escuchaste? Está en el tercer mes. Va a ser un hijo. Y tú, en todos estos años, no pudiste darme un niño.

Ana dejó la sartén sobre la estufa. Los dedos se le aflojaron solos.

—Empaca tus cosas y vete antes de que termine el mes —Marco se levantó y tomó su chaqueta—. El departamento es mío. Yo traía el dinero a la casa, ¿y tú qué hacías? Cocinabas y lavabas ropa. Así que desocúpalo. Laura lo va a necesitar.

La puerta se cerró de golpe. Ana quedó de pie en medio de la cocina. Afuera graznaban los cuervos. Los huevos se enfriaban sobre la estufa. La vida se terminó en algún punto entre el primer y el segundo sorbo del café de la mañana.

La fila en la consulta ginecológica llegaba hasta las escaleras. Ana estaba sentada en una silla dura, mirando el piso. Desde hacía tres días se mareaba. Por las mañanas tenía náuseas. Pensaba que todo era por los nervios.

—Estás muy pálida —se sentó a su lado una mujer de cabello corto y mirada atenta e inteligente—. ¿Quieres que te traiga un poco de agua?

*

—Gracias, se me va a pasar.

—Me llamo Sofía Bernard —la mujer sacó un pañuelo de su bolso y se lo ofreció—. Veo que estás pasando por algo serio. ¿Te parece si me quedo sentada contigo? A veces eso ayuda.

Ana no supo por qué empezó a hablar. Tal vez porque esa mujer era una desconocida. Tal vez porque ya no tenía con quién hablar. Las palabras salieron solas: sobre Marco, sobre cómo la culpaban por no haber tenido hijos, sobre cómo la estaban echando de su propia casa.

Sofía Bernard escuchaba y asentía. Luego dijo:

—He visto muchas cosas en la vida. Y hay algo que siempre se repite: las acusaciones más duras suelen caer sobre quienes menos culpa tienen. Ya verás, pronto todo va a cambiar.

—Once semanas —dijo la doctora, sonriéndole a Ana—. Felicidades.

Ana se quedó en silencio. Le zumbaban los oídos. Once semanas. Todo ese tiempo había llevado un hijo dentro mientras Marco la llamaba un vacío. Mientras dormía con Laura y hacía planes para una nueva vida. Mientras la echaba de casa.

—Necesitas comenzar el control prenatal —anotaba la doctora en el expediente—. Y lo más importante: nada de estrés. Tu embarazo no es sencillo, tienes que cuidarte.

Ana salió al pasillo con las piernas temblorosas. Sofía Bernard seguía esperándola en la banca.

—¿Y? —se levantó al verla.

—Estoy embarazada —lo dijo en voz alta y sintió cómo algo dentro de ella se rompía y, al mismo tiempo, volvía a ordenarse—. Once semanas. Y él… me llamó estéril y se fue.

Sofía Bernard la abrazó por los hombros.

—Vamos. Tenemos que hablar con calma… porque créeme: cuando Marco se entere de la verdad, él va a ser el primero en no soportarlo.

*

Estaban sentadas en una cafetería pequeña frente a la clínica. Ana revolvía el azúcar en el té de manera mecánica, aunque ya había puesto demasiada. La cucharita tintineaba suavemente contra la taza, y ese sonido, de algún modo, la tranquilizaba.

—Ahora escúchame con atención —dijo Sofía Bernard, inclinándose hacia adelante—. No le debes ninguna explicación. Ni ahora ni después. Lo más importante eres tú y tu bebé.

—Pero él… me está corriendo —Ana levantó la mirada—. No tengo adónde ir. El departamento está a su nombre. Su mamá ya me llamó. Dijo que tenía que “dejar espacio para la nueva familia”.

Sofía sonrió con ironía.

—Qué conveniente. Nueva familia, vieja esposa fuera del camino. Mira, yo soy abogada. Bueno, lo fui —aclaró tras una pausa—. Ahora ayudo a mujeres en situaciones parecidas. Y puedo decirte algo: no todo es tan simple como él cree.

Por primera vez en mucho tiempo, Ana sintió que había alguien a su lado que tenía la situación bajo control.

Dos días después se fue a la casa de campo. La casa, vieja pero sólida, la había heredado de una tía y siempre la había visto como un refugio temporal: para fines de semana ocasionales y aire de verano, no para vivir. Pero ahora el silencio y el espacio le parecían una salvación.

Abrió el portón… y se quedó paralizada.

*

En el porche estaban Marco y su madre. A un lado, cajas y rollos de papel tapiz.

—Ah, aquí estás —la suegra la miró de arriba abajo—. Pensamos arreglar un poco la casa. Laura necesita aire fresco. Ya sabes, el embarazo.

Marco dio un paso al frente.

—Tú ni siquiera vives aquí —dijo con fastidio—. Solo estaremos un tiempo. Mientras arreglamos el departamento.

Ana dejó la bolsa en el suelo lentamente. El corazón le latía tan fuerte que le zumbaban los oídos. Y de pronto… una calma extraña, casi fría.

—Se equivocan —dijo en voz baja—. Esta es mi casa. Y aquí no tienen nada que hacer.

—No empieces —Marco puso los ojos en blanco—. Siempre te gustó hacer escenas.

—No —Ana lo miró directo a los ojos—. Simplemente ya no voy a quedarme callada.

La suegra resopló.

—Qué valiente te volviste. ¿Y dónde estuvo esa valentía durante quince años?

Ana apoyó la mano sobre el vientre. Casi sin darse cuenta. Pero fue suficiente.

—Estuve aquí —dijo—. Y aquí voy a seguir.

Esa misma tarde llamaron a Marco. Salió detrás del portón, gesticulando con nerviosismo. Cuando volvió, su rostro estaba gris, como si toda su seguridad se hubiera evaporado.

—¿Es verdad? —susurró—. ¿Tú… estás embarazada?

Ana no respondió de inmediato.

*

—Tú dijiste que yo no era nada —le recordó con calma—. ¿Para qué quieres ahora la verdad?

Marco se sentó en el escalón. Su madre guardó silencio por primera vez.

—Laura… —tragó saliva—. Hoy se supo que no está embarazada. Fue un error. O… —no terminó la frase—. Arruiné todo.

Ana lo miró sin satisfacción. Solo con cansancio. Y con claridad.

—Yo no —dijo—. Yo, en cambio, salvé todo. A mí. Y a mi hijo.

Marco alzó la vista.

—Dame otra oportunidad.

Ana negó con la cabeza.

—Ya tomaste tu decisión. Ahora vive con ella.

Un mes después regresó a la ciudad, pero no a aquel departamento. Sofía la ayudó con los trámites, a encontrar un lugar temporal, a atenderse con un buen médico. La casa de campo quedó para Ana, como un refugio silencioso y un recordatorio de que tenía su propio lugar en el mundo.

La vida no se volvió fácil. Pero se volvió real.

A veces Ana se sorprendía sonriendo sin razón. Simplemente porque por las mañanas ya no despertaba con miedo, sino con la sensación de que el futuro existía.

Y Marco pasó mucho tiempo frente al portón cerrado de la casa de campo, sin entender cómo la mujer que él creía débil había logrado construir una nueva vida… sin él.