El teléfono de Tomás vibró junto al espejo del baño mientras Ana se aclaraba la mascarilla de arcilla. Contestó a un número desconocido, pensando que quizá llamaban a su marido por trabajo, pero oyó una voz de mujer: «Cariño, ¡ven a recogerme a la peluquería!». Ana era la esposa de Tomás, y lo que acababa de oír ya no solo afectaba a su sábado por la mañana, sino también a la confianza sobre la que se sostenía su hogar.

La mujer hablaba como si Tomás tuviera que salir corriendo en cuanto se lo pidiera. Le dijo que estaba en el salón «Loto», en la calle del Puerto, se quejó del aguacero y expresó su preocupación por sus zapatos de ante. Después le dijo que la esperara allí en veinte minutos y se despidió con un beso. Ana ni siquiera tuvo tiempo de presentarse. El teléfono se quedó en su mano mientras el agua seguía corriendo por el lavabo.

La palabra «cariño» se le quedó grabada más que la dirección. Tomás no soportaba los apelativos cariñosos y, en su día, había insistido en que se llamaran por sus nombres. Ana no pensaba convertir una llamada en una sentencia, pero la rareza era demasiado evidente como para pasarla por alto. Dejó el teléfono en la mesilla y se obligó a secarse la cara antes de salir a reunirse con su marido.

Ana cerró el grifo y miró su reflejo: la mascarilla aún dejaba marcas grisáceas en la piel y la toalla se le había deslizado del hombro hasta el borde del lavabo. Se la acomodó, pero no volvió a abrir el grifo. El piso estaba en silencio y, en medio de aquella quietud, resonaban con especial claridad en su memoria el tono seguro de la desconocida y el beso de despedida. Ana intentó reconstruir las palabras de la mujer sin añadir nada por su cuenta y repitió mentalmente el nombre del salón para no olvidarlo. Sabía que, cuando viera a Tomás, tendría que hablar con calma, aunque la pregunta ya no la dejara en paz.

Tomás volvió de la tienda con agua mineral, una baguette, aceitunas y queso para el desayuno del sábado. En la cocina, sacaba las cosas de la bolsa de papel como si no tuviera ningún motivo para apresurarse. Ana le dijo que le habían llamado. Él solo miró el teléfono durante un instante y luego sugirió tranquilamente que podía haber sido el agente inmobiliario por el asunto de la operación de los almacenes. Ana respondió que la llamada se había cortado. Tomás sonrió y le ofreció un té.

Fue la primera explicación y sonaba lo bastante corriente como para aferrarse a ella. Pero el número desconocido no había dejado ningún mensaje y la mujer al teléfono no había mencionado ni los almacenes ni los documentos. Ana no repitió lo que había oído. Dijo que iba a salir a comprar cosméticos y se quedó observando cómo Tomás volvía a ocuparse de la compra. Por un instante, apretó el envase del queso con más fuerza de la necesaria y luego desvió la mirada hacia el reloj.

Casi enseguida, Tomás anunció que él también tendría que salir un rato: su jefe le había pedido que llevara unos documentos a unos socios. Aseguró que volvería pronto y habló con un tono tan despreocupado que parecía tratarse de un recado planeado desde hacía tiempo. Ana le preguntó por qué entonces acababa de decir que esperaba la llamada del agente inmobiliario. Tomás respondió que eran asuntos distintos y que todo había coincidido. Era una explicación posible, pero la había improvisado con demasiada rapidez.

Ana no lo acusó de serle infiel ni le exigió que le enseñara sus mensajes. Le pidió que le dijera claramente quién había llamado y por qué lo había llamado «cariño». Tomás frunció el ceño: el número era desconocido, así que Ana no podía saber a quién pertenecía; quizá la mujer se había equivocado. Volvió a mencionar a sus socios y los documentos, como si repetirlo hiciera más convincente aquella versión. Ana dijo que no quería montar una escena, pero le pidió que no presentara sus suposiciones como si fueran la verdad y que la avisara si habían cambiado sus planes.

Tomás le recordó que estaría fuera solo alrededor de una hora. Cogió el teléfono de la mesilla y fue a por las llaves. Ana alcanzó a ver cómo la pantalla se apagaba en su mano. En su cabeza volvieron a sonar «Loto», la calle del Puerto y los zapatos de ante que podía estropear el aguacero. Si de verdad iba a ver a sus socios, la pregunta no tendría que haber provocado tanta prisa por marcharse ni tanta seguridad en una explicación preparada de antemano.

Ana no le cerró el paso. Le pidió que le dijera al menos el apellido de uno de los socios a los que pensaba visitar y oyó que eso daba igual: tenía que irse. Tomás ya se dirigía a la puerta cuando ella se acercó a la mesa de la cocina y señaló el teléfono que llevaba en la mano. Ana no pensaba quedarse callada y esperar a que volviera con otra versión.

—Dime quién te espera en «Loto» o no vuelvas a casa hoy —Ana le arrancó el teléfono de la mano a Tomás y lo lanzó sobre la mesa…

El teléfono se deslizó por la mesa y chocó contra el azucarero. Tomás retiró la mano bruscamente, como si Ana se lo hubiera lanzado a él y no al teléfono.

—¿Te has vuelto loca? —dijo—. ¿Por qué me coges mis cosas?

—Te he preguntado quién es.

—Y ya te he contestado: no lo sé. Es un número desconocido.

—Ibas a ver a unos socios. ¿Por qué tenías tanta prisa por contestar?

Tomás la miró con un enfado que hasta hacía un minuto había ocultado tras un tono sereno. Cogió el móvil de la mesa, miró la pantalla y lo apretó contra la palma.

—Has montado un numerito por una llamada. No tengo por qué darte explicaciones de cada minuto.

—Entonces explícame por qué una mujer te ha pedido que la recogieras en «Loto».

Su expresión cambió por un instante, pero casi de inmediato volvió a fruncir el ceño.

—Es Emma. La conozco del trabajo. Necesitaba ayuda, nada más.

—¿La llamas «cariño»?

—Es ella la que habla así. No te inventes cosas.

La pantalla se iluminó con un mensaje nuevo. Ana alcanzó a leer el nombre: Emma. Debajo había una frase breve: «¿Ya has salido?». Tomás apagó la pantalla con el pulgar.

—Así que espera que vayas a recogerla —dijo Ana.

—He dicho que me ocuparía. No es asunto tuyo.

Lo dijo con tanta seguridad, como si todo siguiera igual que antes: Tomás decidía cuándo dar explicaciones y Ana debía aceptar sus palabras y volver al desayuno. Ella miró la bolsa de aceitunas, el queso que él había colocado con tanto esmero y, de pronto, comprendió que ya no podía seguir fingiendo que aquel sábado era como cualquier otro.

—¿Me estás siendo infiel?

—No hagas preguntas si ya has decidido cuál es la respuesta.

—Te lo estoy preguntando directamente.

Tomás se volvió hacia la ventana. La lluvia resbalaba por el cristal en finos surcos sinuosos. Guardó silencio un momento y luego dijo:

—Sí. Estamos juntos. Desde hace unos meses.

Ana no le pidió que se lo repitiera ni que le explicara qué quería decir. Las palabras estaban claras. Tomás se guardó el teléfono en el bolsillo y añadió que no pensaba hablar del tema de aquella manera, que ella podría haberle dado la oportunidad de contárselo todo con calma.

—¿Cuándo? —preguntó Ana.

—No lo sé. Más adelante.

—¿Pensabas ir a recogerla ahora?

—Me ha llamado. No quería dejarla bajo la lluvia.

Hablaba de ella con la misma impaciencia con la que un minuto antes le había exigido a Ana que no hiciera preguntas. No se disculpó ni intentó suavizar la confesión. Tomás estaba enfadado con Ana por haberle obligado a decir la verdad y, al parecer, consideraba que aquello era lo más grave que había ocurrido esa mañana.

—Podrías haberte limitado a decir que ibas a verla —respondió Ana.

—¿Y qué habría cambiado? De todas formas, habrías montado un escándalo.

—No he montado ningún escándalo. Te he preguntado quién llamaba.

—Me has arrancado el teléfono de la mano y lo has lanzado al otro lado de la cocina.

—No lo he lanzado al otro lado de la cocina.

Tomás miró el azucarero, al que el teléfono casi había tirado de la mesa.

—Da igual. Ya lo has decidido todo.

Antes, Ana habría intentado demostrarle que todavía no había decidido nada. Le habría explicado que necesitaba algo de tiempo, le habría pedido que no se fuera y habría propuesto retomar la conversación por la noche. Esta vez no buscó palabras que le permitieran volver a eludir la respuesta.

—Hoy no quiero estar en el mismo piso que tú.

—El piso no es solo tuyo.

—No he dicho que vaya a cambiar las cerraduras. He dicho que ahora mismo no quiero estar cerca de ti.

Tomás sonrió con desdén, como si hubiera oído otra amenaza que bastaba con dejar pasar. Cogió las llaves de la mesa, se guardó el teléfono en el bolsillo y se dirigió al recibidor.

—Cuando se te pase, hablamos.

—Hoy no.

Se detuvo junto a la puerta, pero no se volvió. Durante unos segundos, Ana esperó que dijera algo sobre lo ocurrido, pero Tomás se limitó a abrir la puerta y salir. Oyó cómo el ascensor bajaba y luego volvió a la cocina y apagó el hervidor, que ya había terminado de hervir.

Ana llamó a su hermana Clara. No le contó la conversación paso a paso: le dijo que Tomás había reconocido que tenía una relación con otra mujer y que necesitaba pasar la noche fuera de casa. Clara no le hizo preguntas por teléfono y le dijo a qué hora la esperaba.

Ana preparó una bolsa. Metió ropa para dos días, el cargador, sus medicamentos y los documentos que solía usar. Antes de salir, comprobó que las ventanas estuvieran cerradas, apagó las luces y se detuvo junto a la mesa de la cocina. La bolsa de la compra seguía sin deshacer. No la guardó.

Ana apenas durmió en casa de Clara. Por la mañana, su teléfono mostraba varios mensajes de Tomás. Primero escribió que no dormiría en casa y que Ana no tendría que haber llevado las cosas hasta el punto de amenazarle. Después le preguntó si había visto las llaves de repuesto del coche. Los mensajes eran tan corrientes que parecía que se hubieran peleado porque él había llegado tarde, y no por la mujer a la que pensaba ir a buscar bajo la lluvia.

Ana solo contestó a la pregunta sobre las llaves: estaban en el cajón de arriba del recibidor. Sobre lo demás, escribió que volvería a recoger sus cosas y que quería hablar de cómo iban a organizarse durante las próximas semanas. Tomás respondió: «Vale. No vuelvas a empezar cuando nos veamos».

Releyó el mensaje y no contestó. El lunes, Ana abrió una cuenta bancaria aparte para sus gastos cotidianos y revisó sus documentos. No tocó los pagos compartidos ni intentó resolver en un día todo lo relacionado con la vivienda. Necesitaba averiguar qué gastos compartían, qué cosas pertenecían a cada uno y dónde podría quedarse si la separación temporal se prolongaba. La lista resultó ser más larga de lo que esperaba.

Tomás volvió al piso el mismo día que Ana fue a recoger algunas cosas más. No le preguntó cómo había pasado la noche en casa de Clara. Nada más entrar, dijo que no hacía falta convertir un asunto privado en una crisis familiar y que él mismo pensaba encontrar el momento adecuado para hablar.

—Dijiste que no sabías cuándo —respondió Ana.

—Porque no me dejaste terminar.

—Solo lo reconociste después de que te lo preguntara directamente.

Tomás se pasó la mano por la cara. No alzó la voz, pero en cada palabra se notaba el enfado.

—No pensaba abandonar a mi familia. Lo de Emma es una historia aparte.

—Para ti, quizá.

—Sigo aquí. Podemos vivir como antes hasta que decidamos qué hacer.

Ana metió en la bolsa un jersey y el libro que había dejado en la mesilla. Vio su taza sobre la mesa y la guardó en el armario. Antes quizá habría interpretado la propuesta de Tomás como un intento de salvar la familia. Ahora sonaba como una petición de no cambiar nada para que él no tuviera que afrontar las consecuencias de sus mentiras.

—No puedo vivir como antes —dijo—. No puedes volver después de reconocerlo y esperar que siga comportándome como si no hubiera pasado nada.

—¿Y qué propones?

—Vivir separados por un tiempo. Luego hablaremos de qué hacemos con el piso y los gastos. Sin prisas y sin que estés atendiendo llamadas a la vez.

Tomás guardó silencio y luego dijo que podía quedarse en casa de Marcos. Lo dijo como si estuviera cediendo ante Ana, aunque él mismo había decidido quedar con Emma y dónde pasar la noche.

Al día siguiente, Tomás se llevó varios cambios de ropa y sus cosas de trabajo. Acordaron que volvería a por el resto a una hora convenida y que hablarían de las cuentas compartidas por separado. No pidió perdón. Ana no le preguntó si había dejado de ver a Emma: en ese momento, la respuesta no le devolvería la confianza ni haría que pudieran volver a vivir como antes.

Una semana después, Tomás propuso que se reunieran para hablar sin discutir. Ana aceptó, pero eligió una cafetería cerca de casa y le dijo que no prometía tomar una decisión en una sola conversación. Él acudió solo, llevó una lista de gastos y, por primera vez, no empezó reprochándole nada. Eso no significaba que las cosas entre ellos se hubieran arreglado. Simplemente lograron acordar los pasos inmediatos sin fingir que aquella mañana de sábado no había cambiado nada.

Ahora Tomás vivía en casa de Marcos, mientras Ana se quedaba en el piso y ordenaba papeles en los que antes ni se había fijado. Ya no había ningún teléfono suyo sobre la mesa de la cocina. Junto a las llaves había una carpeta con sus cuentas y la fecha de la próxima reunión. Por primera vez en mucho tiempo, Ana no esperaba que Tomás le explicara por su cuenta qué iba a pasar.