El pato glaseado a la naranja empezaba a enfriarse, y las velas de la mesa ardían tal y como Anna las había colocado para celebrar su aniversario. Justo dos años antes, ella y Thomas se habían casado, y esa noche esperaba tener al menos un rato a solas con él. Pero bastó con que su marido mirara la pantalla del móvil para que cambiara de expresión: la sonrisa festiva desapareció y se le tensaron los hombros.
—Es Emma —dijo, y contestó sin apartar el tenedor del plato.
Anna oyó por el altavoz la voz de su exmujer. Hablaba con brusquedad y en voz alta, como si Thomas ya hubiera llegado tarde para cumplir una orden. Uno de los niños había roto las zapatillas de deporte en el entrenamiento; necesitaban dinero para comprarle otras, y Thomas debía recoger a los niños para pasar el fin de semana. Si no iba enseguida, Emma amenazó con pedir que revisaran la pensión alimenticia. Le daba diez minutos para hacerlo todo.
Thomas miró a Anna cuando le recordó a su exmujer que estaban celebrando su aniversario. Emma se rio con desdén y le propuso que decidiera por sí mismo qué era más importante: su mujer o sus propios hijos. Después, la llamada se cortó. Anna no preguntó por qué Emma llamaba precisamente durante la cena. Se quedó mirando cómo su marido dejaba el móvil boca abajo, como si así pudiera borrar lo que acababa de oír.
—Voy, les doy el dinero y vuelvo —dijo Thomas—. Necesitan las zapatillas para las clases.
Se levantó y empezó a ponerse apresuradamente un jersey encima de la camisa de fiesta. Anna vio que ni siquiera había probado el pato que llevaba horas preparando, pero no dijo nada de la cena. Solo preguntó si no podían comprar las zapatillas por la mañana: los niños no se quedarían descalzos durante la noche y el viaje no era la única opción.
—Ya has oído lo que ha dicho —respondió Thomas—. Si no voy, montará un lío con la pensión alimenticia. No necesito más problemas.
No sonó como una petición de ayuda, sino como una explicación de por qué la decisión ya estaba tomada. Anna le recordó que habían planeado aquella velada con antelación y que la llamada de Emma no convertía todas sus órdenes en una emergencia. No le estaba pidiendo a Thomas que renunciara a sus hijos. Le pedía que no abandonara su celebración por una amenaza que podían hablar con calma por la mañana.
Thomas se abrochó el jersey y alargó la mano para coger la chaqueta. Cuando ella le preguntó por qué no le había propuesto a su exmujer que comprara las zapatillas esa misma tarde y luego le enviara el recibo, contestó, irritado, que con Emma eso no funcionaría: no iba a esperar ni a negociar si podía obligarlo a salir corriendo. Hablaba de su carácter como si eso explicara y justificara todo lo que estaba ocurriendo en su mesa.
—Entonces, ¿ella te da diez minutos y tú te levantas y sales corriendo? —preguntó Anna.
—No empieces. Son mis hijos y tengo la obligación de ayudarles.
Anna respondió que nunca le había pedido que dejara de ayudar a sus hijos. Pero ayudar no tenía por qué significar que Emma decidiera sobre los planes que compartían y que Thomas ni siquiera intentara poner límites. Le propuso llamar por la mañana, averiguar la talla de las zapatillas y comprarlas juntos si de verdad era tan urgente. Thomas la escuchó sin quitarse la chaqueta y negó con la cabeza: por la mañana ya sería tarde; Emma haría lo que le diera la gana.
—Y si me quedo, dirá que os he elegido a ti antes que a ellos —dijo—. Luego nos lo echará en cara a mí y a los niños. ¿Quieres que simplemente haga como si no hubiera pasado nada?
—No. Quiero que decidas tú cómo ayudar, en vez de salir corriendo a la primera orden —dijo Anna—. Y quiero que nuestra velada también signifique algo.
Thomas apartó la mirada hacia la puerta y luego volvió a mirarla. Se le notaba en la cara que esperaba que Anna cediera, que le diera la razón y le permitiera marcharse sin llamar a las cosas por su nombre. Ella tampoco quería convertir el aniversario en una escena. Pero él ya tenía las llaves en la mano y la discusión había dejado de ser una cuestión de zapatillas.
—Si cada vez que voy a ver a mis hijos me recibes con reproches, puedo volver con Emma. Allí, al menos, no tendré que justificarme por ser padre —dijo Thomas.
Anna miró la chaqueta que tenía en las manos, luego la cena enfriándose y los dos platos que seguían intactos. No intentó convencerlo para que se quedara ni discutió sobre quién tenía derecho a disponer de su tiempo. En lugar de eso, se acercó a la puerta, la abrió de par en par y lanzó la chaqueta al rellano.
—Si te vas ahora con Emma, no volverás a entrar en esta casa —dijo Anna con firmeza, mientras lanzaba su chaqueta hacia la puerta abierta…
Thomas se quedó inmóvil, como si no esperara que Anna fuera a abrir la puerta de verdad. Luego se agachó, recogió la chaqueta del rellano y la sacudió con brusquedad.
—¿Me estás echando de mi propia casa?
—No te he echado. Tú ya te ibas —respondió Anna—. Ahora decide adónde vas y por qué.
La miró con irritación, como si esperara que ella cediera y le ayudara a mantener la rutina de siempre: él se marchaba cuando Emma llamaba y, al volver a casa, lo recibían como si no hubiera pasado nada.
—Voy a ver a los niños. No a ella.
—Pues ve a ver a los niños. Pero no finjas que tus palabras no significan nada.
Thomas se puso la chaqueta y se dirigió a las escaleras. Cuando llegó al rellano, le sonó el móvil. No contestó de inmediato, pero Anna reconoció enseguida la voz áspera de Emma. Ella lo apremiaba y le preguntaba si ya había salido. Thomas dijo brevemente que estaba de camino y colgó.
—Volveré —soltó, sin darse la vuelta.
Anna no contestó. Cerró la puerta, recogió del suelo una vela caída y la volvió a colocar en su sitio. Después apagó el horno, aunque el pato ya se había enfriado, y guardó la cena en la nevera. No se quedó mucho rato sentada a la mesa: mirar los dos platos intactos le resultaba más duro que mirar una mesa vacía.
Thomas no volvió esa noche. Anna no lo llamó ni escribió a Emma. Cerca de la medianoche, recibió un mensaje de su marido: «He recogido a los niños. Todo bien». Ella contestó solo: «Vale». Él no mencionó ni el aniversario ni lo que había dicho.
Por la mañana, Anna recogió las velas y lavó las copas. En la nevera había una lista de la compra que habían preparado antes de la celebración. La descolgó y la guardó en un cajón. No porque hubiera decidido castigar a Thomas, sino porque ya no quería fingir que los planes cotidianos podían posponerse una y otra vez.
El domingo, Thomas volvió con los niños. Uno de ellos llevaba unas zapatillas nuevas. Thomas parecía cansado, pero hablaba con tono práctico: los niños habían comido, habían hecho los deberes y tenían preparadas sus cosas para el lunes. Anna los saludó, les preguntó qué tal el fin de semana y les ofreció un zumo. No pensaba convertir a sus hijos en parte de la discusión entre ellos.
Cuando los niños se fueron a la habitación, Thomas se quedó un momento en la cocina.
—Emma podría haber comprado las zapatillas ella misma —dijo—. Pero empezó con que, si no iba, era porque me daban igual.
—Podías haber ayudado a los niños sin abandonar nuestra velada —respondió Anna—. Y luego dijiste que podías volver con ella. Eso ya no tiene que ver con las zapatillas.
—Estaba enfadado.
—Querías que me asustara y me callara. No lo has conseguido.
Él no respondió. Anna le puso una taza delante, pero no se sentó enfrente. No quería averiguar quién había hecho más daño al otro. La pregunta era más sencilla y más incómoda: si Thomas podía tomar sus propias decisiones o si cada llamada de Emma iba a decidir de nuevo por los dos.
—No pienso ver menos a los niños —dijo por fin.
—No te lo estoy pidiendo. Pero si te comprometes a pasar el fin de semana con ellos, organiza las cosas con antelación. Si necesitan algo, ayúdales. Pero no dejes que cada petición se convierta en una orden urgente y luego me reproches que quiera pasar una velada contigo.
Thomas frunció el ceño. Le resultaba más fácil discutir contra un reproche que aceptar una petición concreta.
—Con Emma no se puede hablar con calma. Tú misma la has oído.
—La he oído. Pero eres tú quien tiene que contestarle.
Al día siguiente, Emma volvió a llamar. Esta vez Thomas salió de la cocina, pero dejó la puerta abierta. Anna lo oyó decir que ya había comprado las zapatillas y que pasaría el siguiente fin de semana con los niños, tal como habían acordado. Si necesitaban algo más, que se lo dijera con antelación. Emma le recordó la pensión alimenticia y lo acusó de pensar solo en sí mismo.
Thomas guardó silencio un momento y luego respondió que no iba a dejar de pagar la manutención de los niños, pero que no hablaría del tema bajo amenazas. La conversación fue breve. Emma no se disculpó ni cambió de tono; simplemente colgó.
Thomas volvió a la cocina con el móvil en la mano.
—Ahora estará enfadada.
—Puede ser.
—Y puede que les diga a los niños que los he abandonado.
—Entonces explícales tú que estás ahí para ellos. No me hagas demostrarlo en tu lugar.
Se sentó, pero no llegaron a conversar. Thomas seguía pensando que Anna tendría que haber comprendido su situación y no haber reclamado un espacio para ella aquella noche. Anna ya no pensaba intentar que lo entendiera discutiendo. Sacó una libreta y anotó las cosas que tenían que resolver en los próximos días: recoger sus pertenencias, organizar las facturas y decidir cómo iban a seguir viviendo bajo el mismo techo.
Al ver la lista, Thomas le preguntó si no estaba precipitando las cosas.
—No tengo prisa —dijo Anna—. Simplemente ya no quiero que todo siga como antes mientras tú decides qué te viene mejor.
Él le pidió unos días. Anna aceptó, pero le dijo que, por el momento, no dormirían juntos y que no iba a fingir delante de los niños que entre ellos todo estaba bien. Thomas objetó que eso lo pondría en una situación incómoda. Ella respondió que no hablaría con los niños de su discusión, pero que tampoco iba a inventar explicaciones por él.
Durante los días siguientes, hablaron sobre todo de cuestiones prácticas. Thomas sacó sus cosas del armario; Anna le dejó una llave y le pidió que avisara con antelación cuando fuera a recoger el resto. Apuntaron qué facturas compartidas pagarían ese mes y acordaron no cambiar los pagos sin hablarlo. No hubo grandes promesas. Simplemente aparecieron entre ellos unos límites que Thomas antes no había visto.
Alquiló una habitación en casa de Marcus, un viejo amigo suyo, y el sábado se llevó parte de sus cosas. Dejó el resto para recogerlo más adelante. Antes de irse, le preguntó a Anna si no deberían intentar empezar de nuevo.
—No lo sé —respondió ella—. Ahora necesitamos vivir separados.
Thomas asintió. No le pidió otra oportunidad ni le dijo que estuviera destrozando la familia. Dos días después, le mandó las fechas de los próximos fines de semana con los niños y confirmó que iría a recogerlos a la hora acordada. Emma no llamó a Anna. Thomas dejó de usar las amenazas de su exmujer como motivo para cambiar sus planes.
El pato hacía tiempo que se había acabado, las velas estaban guardadas en un cajón y Anna había retirado los dos platos de la estantería donde los reservaba para las ocasiones especiales. Ahora pasaban las noches por separado: Thomas estaba con los niños según lo acordado y Anna volvía a casa sabiendo quién abriría la puerta.