Clara vio el contrato sobre la mesa de la cocina antes de que Thomas pudiera guardar las hojas impresas. En la parte superior aparecía el nombre de una inmobiliaria; debajo, la dirección del piso de una habitación de su madre, Helen, un alquiler de ochocientos cincuenta euros al mes y una duración de once meses. Al final figuraba la fecha de entrada: el miércoles siguiente.

Clara era la propietaria del piso en el que vivían Thomas, ella y su hija de diez años, Emma. Lo había comprado mucho antes de conocerlo, y su marido nunca había discutido a quién pertenecía. Pero ahora, de pie en la puerta de la cocina y mirando los papeles, él esperaba claramente que Clara no hiciera preguntas.

—¿Ya lo has firmado o solo estás pensando en hacerlo? —preguntó.

Thomas bajó la mirada al contrato y respondió que quería hablar con ella. Clara señaló la fecha de entrada: según su plan, quedaba muy poco tiempo para hablarlo.

Solo una semana antes, le había explicado otra cosa. Helen iba a venir dos o tres semanas, mientras arreglaban la cocina de su piso, cambiaban unos cuantos enchufes y llamaban a un fontanero. Clara había aceptado: la tercera habitación de su piso era de invitados y una visita breve no parecía un problema.

Un contrato de once meses no encajaba demasiado con esa explicación. Clara no alzó la voz; simplemente acercó las hojas a su marido y le preguntó en qué momento una reforma se había convertido en alquilar el piso a unos inquilinos. Thomas se encogió de hombros: su madre había cambiado de opinión y había decidido alquilarlo.

—¿Y dónde va a vivir ella? —preguntó Clara.

—Aquí. De momento.

Lo dijo como si se tratara de un simple cambio de planes que podía comunicarle una vez que todo estuviera decidido. Clara le pidió que le dijera durante cuánto tiempo. Thomas respondió que Helen vería cómo iba el alquiler y se quedaría unos meses, quizá más. No tenía una fecha concreta para que se marchara ni un plan por si los inquilinos se quedaban los once meses.

Cuando Clara le preguntó dónde dormiría Helen, Thomas empezó a hablar del dormitorio. Tenía una cama cómoda, un televisor propio y estaba más cerca del baño. Él se instalaría en la habitación de invitados. A Clara le propuso que se fuera con Emma a casa de su madre: allí había una habitación libre y no les costaría adaptarse.

Clara le preguntó si lo había entendido bien: Helen ingresaría el dinero del alquiler de su propio piso, ocuparía el dormitorio de Clara y Clara tendría que marcharse de su propia casa con su hija por tiempo indefinido. Thomas hizo una mueca y dijo que era una solución temporal. Pero cuando Clara le preguntó qué significaba «temporal» —un mes, tres meses o casi un año—, no concretó ningún plazo.

—No compliques las cosas antes de tiempo —dijo—. Ahora a mi madre le conviene más alquilar el piso. Recibirá el dinero y nosotros solo tendremos que apretarnos un poco.

Pero las únicas que tenían que «apretarse» eran Clara y Emma. Thomas no pensaba mudarse a casa de su suegra ni proponía que Helen alquilara una vivienda con parte de lo que ingresara. Cuando Clara le preguntó por qué su madre no podía pagar un piso aparte con el dinero del alquiler, respondió que entonces no le quedaría casi nada. Para él, la ventaja estaba clara: Helen se quedaba con todos los ingresos y su hijo le ofrecía una habitación y su ayuda sin que ella tuviera que pagar nada a cambio.

Clara le recordó que había aceptado una visita corta, no una mudanza indefinida con su hija. Propuso cancelar la entrada y hablar juntos de dónde podría vivir Helen sin privar a Emma de su hogar de siempre. Thomas la despachó con un gesto: el contrato ya estaba listo, su madre contaba con ello y no iba a cancelarlo por «un par de inconvenientes».

—No son un par de inconvenientes. Has decidido cederle nuestro dormitorio a tu madre y mandar a Emma y a mí a un lugar indeterminado, ni siquiera me has preguntado.

—No os estoy echando para siempre. Tu madre tiene sitio. Y Helen no debería gastarse el dinero del alquiler en otra vivienda si puede quedarse con nosotros.

Clara miró la fecha de entrada y después volvió a mirar a su marido. Ya no le preguntó cuánto duraría aquel «de momento»: Thomas ya le había dado la respuesta, no con palabras, sino con la duración del contrato. Thomas se pasó una mano por la cara y bajó la voz, como si hablar con calma pudiera hacer que la decisión resultara aceptable. Clara lo observó en silencio: seguía hablando de las comodidades de su madre, sin preguntarse ni una sola vez qué querían ella y Emma. Entonces recogió las hojas de la mesa, las apretó con fuerza entre los dedos y las lanzó delante de él.

Cancela el contrato o tú y tu madre os vais de mi piso —Clara le arrebató los papeles de debajo de la mano y los lanzó sobre la mesa…

Thomas apartó la silla de golpe. Los papeles resbalaron de la mesa y uno cayó al suelo.

—No puedes plantearlo así —dijo—. Es mi madre.

—Y esta es mi casa —respondió Clara—. Emma no va a mudarse de aquí para que Helen se quede con todo el dinero de su piso.

Él recogió las hojas, las alineó y las guardó en una carpeta. Se movía como si discutieran sobre una fecha poco conveniente para la visita, y no sobre quién tendría que dejar libre el dormitorio.

—Mamá ya ha llegado a un acuerdo con los inquilinos. Ha firmado los papeles y ellos han pagado una señal. Si ahora lo cancelamos, perderá dinero.

—Entonces tendrías que haber hablado conmigo primero.

—Pensaba hacerlo.

—¿Después de decidir dónde iba a dormir todo el mundo?

Thomas no respondió. Volvió a hablar de que Helen no podía pagar una vivienda aparte y quedarse casi sin los ingresos del alquiler. Clara lo escuchó y dijo que entendía las cuentas. Lo que pasaba era que, en ellas, Emma y ella no existían.

—No te estoy pidiendo que le des la espalda a tu madre —añadió—. Te estoy pidiendo que no nos mudes sin nuestro consentimiento.

—No es una desconocida.

—Para mí es mi suegra, no la dueña de este piso.

Thomas palideció, pero no cedió.

—De acuerdo. Entonces decidiré yo dónde vivir.

—Eso es.

La miró, esperando claramente que lo detuviera, suavizara lo que acababa de decir o propusiera otra solución. Clara no añadió nada. Recogió las hojas que habían quedado en el suelo y las dejó junto a la carpeta.

—Quedan unos días hasta el próximo miércoles. Decide en ese tiempo qué vas a hacer. Helen no se muda aquí.

—Me estás obligando a elegir.

—No. Tú ya elegiste cuando lo decidiste todo a mis espaldas.

Se fue a la habitación de invitados y cerró la puerta. Apenas hablaron durante el resto de la noche. Thomas cenó por su cuenta y se quedó con el móvil hasta tarde. Clara acostó a Emma, le preparó la mochila para el colegio al día siguiente y solo después volvió a la cocina.

Su hija ya había oído parte de la conversación. Le preguntó si de verdad tendrían que mudarse a casa de la abuela.

—No —dijo Clara—. Tú te quedas en casa.

—¿Y Thomas?

Clara vaciló. Quería darle una respuesta sencilla, pero no quería prometer algo que aún no sabía.

—Está decidiendo dónde va a vivir.

Emma asintió y preguntó si al día siguiente podía invitar a una amiga. Clara le dijo que sí. Para su hija, eso era más importante que cualquier explicación larga: su habitación seguiría siendo suya y sus planes para el colegio no cambiarían.

A la mañana siguiente, Thomas se comportó como si la conversación no hubiera servido de nada. Le preguntó dónde estaba su cargador y luego le dijo que esa tarde pasaría por casa de Helen. Clara no le preguntó para qué. Antes de salir, hizo fotos de los documentos con el móvil y guardó la carpeta en el cajón de los papeles importantes.

Al día siguiente, Helen se presentó en persona. Traía dos maletas de viaje y una caja con vajilla. Thomas le abrió la puerta y Clara salió de la cocina al oír las ruedas de las maletas por el pasillo.

—Creía que primero lo hablaríamos todo —dijo Helen al verla.

—Ya lo hablamos —respondió Clara—. Acepté una visita breve. No que te instalaras aquí sin fecha de salida.

Helen miró a su hijo.

—Me dijiste que lo habías arreglado todo.

—Pensé que Clara lo entendería —dijo Thomas.

—Entiendo que quieras ayudar a tu madre. Pero nadie va a sacar mis cosas del dormitorio. Y Emma no se irá a vivir con mi madre.

—Tienes tres habitaciones —dijo Helen—. ¿De verdad no puedes hacerle un sitio a una persona?

—Hay sitio. Pero eso no significa que puedas ocuparlo durante once meses.

Helen apretó los labios y dejó la caja junto a la pared. Thomas agarró una de las maletas, pero Clara no se apartó de la entrada.

—No quiero discutir —dijo Helen—. Necesito un lugar donde vivir. Y el dinero del alquiler cubrirá mis gastos.

—Entonces habladlo con los inquilinos y buscad una vivienda que podáis pagar. Pero no a costa de la habitación de Emma ni de mi casa.

—Thomas, dile algo —exigió Helen.

Él miró a su mujer y luego a su madre. Por primera vez en aquellos días, no respondió enseguida explicando por qué la petición de Helen era más importante que la negativa de Clara. Pero seguía enfadado.

—No puedo obligarla a cambiar de opinión —dijo.

—Al menos podrías intentarlo —dijo Helen.

Clara no se metió en su conversación. Levantó la caja y la llevó de vuelta a la puerta. No la lanzó ni la dejó caer con estrépito: simplemente la devolvió al lugar de donde la habían traído.

Helen recogió la caja. Thomas sacó las maletas detrás de ella. Antes de marcharse, se volvió:

—¿De verdad quieres que me vaya?

—Quiero que no decidas por mí y por Emma. Si crees que tienes que vivir con tu madre, no voy a retenerte.

No respondió. La puerta se cerró y Clara oyó cómo las maletas bajaban por las escaleras.

Esa noche no llamó a Thomas. Él tampoco la llamó. Al día siguiente, le escribió para decirle que se quedaría en casa de Daniel hasta que él y Helen resolvieran el tema de la vivienda. Clara contestó que podía pasar a recoger sus cosas el fin de semana. No añadió que lo estuviera esperando de vuelta.

El sábado, Thomas fue solo. Recogió la ropa, los libros y sus cosas de trabajo. Del armario del dormitorio se llevó únicamente lo suyo, sin tocar nada de Clara. Hablaron de las llaves, el correo y cuándo podría recoger lo que quedaba. Ninguno lo llamó una ruptura definitiva, pero en aquellos acuerdos ya no quedaba rastro de la vida que habían compartido antes.

Clara no podía cancelar el contrato de Helen en su lugar. Thomas tampoco podía prometerle a su madre el dormitorio del piso de su mujer. El lunes, Helen le comunicó a su hijo que mantendría el contrato con los inquilinos: cancelarlo le habría costado la señal y ahora no tenía dinero disponible para pagar una vivienda aparte. Encontró una habitación que podía pagar con los ingresos del alquiler y se mudó allí después de que los inquilinos entraran el miércoles siguiente.

Thomas la ayudó a trasladar las cajas que quedaban. Él alquiló una habitación cerca y siguió yendo al trabajo desde allí. Unas cuantas veces escribió a Clara para tratar asuntos cotidianos; después le propuso que se vieran para hablar de su matrimonio. Ella aceptó hablar, pero sin prometer que, después de la conversación, todo volvería a ser como antes.

En el piso de Clara, Emma seguía durmiendo en su habitación y la habitación de invitados volvía a estar disponible para las visitas. Thomas vivía por separado y Helen también. La llave de casa estaba en el cajón de Clara y, por primera vez en mucho tiempo, ella no esperaba que alguien le dijera cómo iba a organizarse su propia vida.