Cuando Thomas volvió a casa después de pasar la tarde con Emma, la puerta se abrió con su llave, pero el piso lo recibió con olor a cebolla demasiado frita y comida hervida que no era suya. Thomas vivía allí solo; Helen, la madre de Emma, no era su invitada y mucho menos la dueña de la casa. Pero allí estaba, sentada en el salón, y lo que estaba en juego no eran solo sus cosas y su tranquilidad: la mujer ya disponía de su vivienda como si toda la familia hubiera decidido por él.
Junto a la entrada había dos bolsas grandes de cuadros. De una sobresalía el borde de un vestido azul claro con florecitas: Thomas lo reconoció, aunque nunca antes lo había visto en esa bolsa. La puerta del dormitorio estaba abierta de par en par, el armario también, y la ropa estaba amontonada sobre la cama y metida a presión en una bolsa de plástico. Helen se había acomodado en el sofá con la bata color melocotón de Thomas, sostenía su taza y hojeaba una revista. Lo recibió sonriendo, como si él llegara tarde a comer con ella.
—Bueno, por fin nos conocemos —dijo—. Emma me dio una copia de la llave. Dijo que no te importaría.
Thomas miró el gancho del recibidor. Allí solía colgar el juego de llaves de repuesto, pero ahora solo quedaba la marca del aro vacío. No se puso a discutir sobre lo que Emma podía o no haber dicho: antes que nada, necesitaba entender qué estaba pasando y dónde estaba su gato. El animal estaba sentado debajo de la mesa de la cocina, con las orejas gachas. Helen había conseguido asustarlo incluso a él.
—Has entrado sin mi permiso y has cogido mis cosas. ¿Por qué?
—No exageres. No soy una desconocida. Pronto seremos familia y quería ver cómo estaba todo por aquí. Supongo que no estarás acostumbrado a que alguien te eche una mano.
Helen lo dijo con naturalidad y alargó la mano hacia la taza, como si la conversación ya hubiera terminado. Thomas se fijó en que la bata apenas le cerraba y en que el cinturón estaba atado de cualquier manera. No le molestaba que hubiera usado su taza o su revista, sino su seguridad: ya había entrado en el piso, había rebuscado en el armario y ahora le explicaba por qué él no debía protestar.
—La llave era de repuesto. Eso no te daba derecho a mudarte aquí —dijo Thomas.
La sonrisa de Helen se estrechó. Se levantó del sofá y lo siguió hasta el dormitorio sin siquiera preguntar si podía pasar. Habían apartado el armario de Thomas a un rincón. En el espacio libre había una maleta pequeña y abollada y, al lado, una bolsa de viaje con una almohada. Helen señaló el espacio junto a la pared, como si le estuviera indicando dónde le resultaría más cómodo deshacer el equipaje.
—De momento me instalaré aquí —declaró—. Luego decidiremos cómo hacer que la habitación sea más cómoda. Necesito tranquilidad y este sitio es perfecto para mí.
—No puedes adjudicarte una habitación de mi piso por tu cuenta.
—¿Y por qué no? Emma se mudará aquí de todos modos. Además, vosotros dos no os las apañaréis sin mí. Tienes ahorros, podríamos reformarlo todo como es debido, no como está ahora. No pienso vivir rodeada de bolsas y en un sitio tan estrecho.
Ahí estaba el motivo práctico de su insistencia: Helen no contaba con tomarse una taza de té y pasar una noche bajo techo. Ya planeaba quedarse, tener un espacio propio y obligar a Thomas a invertir dinero en los cambios que ella quería. Y ponía a su hija como prueba de que él tenía que aceptar. Pero Emma no estaba en el piso y Thomas no pensaba tomar las palabras de otra persona por una decisión suya.
—Primero llama a Emma y aclara qué te prometió exactamente —dijo—. Hasta entonces, recoge tus cosas y vete. Puedo pedir un coche, pero no te vas a quedar aquí.
—No montes una escena. Ya he preparado la cena. Apenas tenías comida en casa, así que he tenido que traer la mía. Come algo, cálmate y luego hablamos tranquilamente de dónde voy a dormir.
—No hay nada que hablar. No te vas a quedar.
Helen lo miró con resentimiento, pero no se puso a recoger sus cosas. Volvió al salón y se sentó en el sofá, como si Thomas solo le hubiera pedido que esperara. Él salió al recibidor y abrió de par en par la puerta de entrada. La mujer se quedó dentro, con su bata y rodeada de los muebles que había cambiado de sitio, y dijo que Emma vendría de todos modos y le explicaría cómo debía tratar a su madre.
—No voy a esperar a que alguien me explique a quién pertenece este piso —respondió Thomas.
Sacó el móvil y activó la cámara. Helen dejó de sonreír al instante.
—Guárdalo. ¿De verdad vas a grabarme en tu propia casa?
—Estoy grabando que estás aquí sin mi permiso y te niegas a irte.
—Emma me dio la llave. No he robado nada. Y no te atrevas a hablarme como si fuera una delincuente.
Thomas dio un paso hacia la puerta y giró el móvil para que aparecieran en el encuadre la mujer, la puerta abierta y las bolsas de cuadros junto a la entrada. No pensaba agarrarla ni echarla a la fuerza. Pero tampoco iba a cerrar la puerta tras ella y dejarlo todo como estaba. Helen se llevó una mano a la bata y exigió que dejara de grabar. Thomas sostuvo el móvil frente a ella y dijo:
—Fuera ahora mismo o llamo a la policía —cortó Thomas, poniendo bruscamente el móvil delante de la mujer, que llevaba su bata…
Helen se apartó del móvil y se llevó una mano al pecho, como si Thomas le hubiera apuntado con un arma y no con una cámara.
—¡Quita eso! —dijo con brusquedad—. Emma me dio la llave. No tienes derecho a echarme al rellano.
—Ya he llamado a la policía —respondió Thomas—. Mientras llegan, no vuelvas a tocar mis cosas.
Helen soltó un suspiro ruidoso y desapareció en el dormitorio. Thomas no fue tras ella. Se quedó junto a la entrada, con la puerta abierta, y siguió grabando lo que ocurría. Desde la habitación oyó cómo abría un cajón y, después, cómo daba un portazo al armario.
—Y quítate la bata —dijo—. Es mía.
—No pensaba que fueras tan mezquino —replicó Helen—. Emma me contó que eras buena persona.
Salió con su propia ropa y la bata colgando de un brazo extendido. La dejó sobre el respaldo del sofá y empezó a meter en la bolsa de cuadros lo que había sobre la cama. Lo hacía deliberadamente despacio y de vez en cuando miraba a Thomas, como si esperara que cambiara de opinión y le ofreciera quedarse.
Él no la ayudó ni la estorbó. Solo le pidió que no se llevara sus cosas. Helen respondió que podía arreglárselas perfectamente sin sus trapos viejos y metió a la fuerza en la bolsa el vestido de florecitas. Thomas lo reconoció y le pidió que lo dejara. Ella hizo un gesto despectivo, pero al final sacó el vestido y lo tiró sobre la cama.
El gato seguía debajo de la mesa de la cocina. Thomas se agachó a su lado, pero el animal no salió enseguida. Esperó a que se acercara por sí solo a su mano y solo entonces le acarició el lomo. Helen los observaba desde la puerta del dormitorio.
—Por estas escenas se preocupa Emma —dijo—. Quería ayudar y tú ya me has tratado como a una delincuente.
—Emma no vive aquí. Tú tampoco. No he aceptado que te mudes, ni que cambies los muebles de sitio, ni que hagas una reforma.
—¿Quién te obliga a decidirlo todo en una sola noche? Hemos venido para estar más unidos. Y tú solo piensas en ti.
—Ya habías decidido dónde ibas a dormir y te has metido en mi armario. Esto no es una presentación.
Helen torció el gesto y cerró la cremallera de la bolsa. No respondió, pero su expresión no se suavizó. Al oír pasos en la escalera, volvió al recibidor y colocó la bolsa junto a la otra.
Dos agentes escucharon a Thomas junto a la puerta abierta y luego hicieron unas cuantas preguntas breves a Helen. Ella repitió con seguridad que Emma le había dado la llave, que pronto serían familia y que pensaba vivir allí. Cuando le preguntaron si Thomas le había permitido quedarse, contestó que él simplemente aún no se había hecho a la idea.
Thomas les enseñó el piso, el armario, las cosas sobre la cama y las bolsas. No pidió a nadie que sacara a Helen por la fuerza ni la llamó ladrona. Solo dijo que no le había dado permiso para entrar ni vivir allí y les pidió ayuda para poner fin a la visita sin montar un escándalo.
Los agentes preguntaron a Helen si había recogido todas sus cosas. Ella respondió, molesta, que las bolsas pesaban y que le resultaba difícil llevarlas sola. Uno de ellos la ayudó a dejarlas en el rellano. Helen se detuvo en la puerta, echó un vistazo al salón y dijo que Emma no se lo perdonaría.
—Eso tendrá que decidirlo ella —respondió Thomas.
Cuando la puerta se cerró, se quedó un rato en el recibidor, escuchando los pasos en la escalera. Después guardó el móvil, cerró la puerta de entrada y comprobó la cerradura. El gato salió de la cocina y se frotó contra su pierna. Thomas lo cogió en brazos, pero el animal enseguida saltó y se fue a la habitación.
Recogió la ropa de la cama y la colocó en su sitio. No volvió a poner el armario donde estaba: pesaba mucho y no era fácil moverlo solo. En lugar de eso, hizo fotos del dormitorio y del recibidor y, por la mañana, llamó a un cerrajero para que cambiara la cerradura. No quería tener que preguntarse quién más podía tener una copia de la llave.
Llamó a Emma cuando el cerrajero le confirmó que podría ir. Ella no contestó enseguida.
—Mi madre ya me ha llamado —dijo—. Está furiosa. ¿De verdad has llamado a la policía?
—Sí. Entró sin mi consentimiento y dijo que pensaba vivir aquí.
Al otro lado hubo una pausa.
—Le di una copia de la llave —admitió Emma—. Dijo que solo iba a pasar a conocerte y a traer algo de comida. No pensé que se pondría a vaciar tu armario.
—Pero le diste la llave.
—Sí. Tendría que habértelo preguntado antes. Pero no esperaba que hablaras con ella como si fuera una desconocida.
—Para mí lo es. La veía por primera vez. Y ella ya había movido los muebles y se había asignado una habitación.
Emma suspiró, como si quisiera acabar la conversación cuanto antes.
—Mi madre a veces se embala. Le cuesta estar sola, ya lo sabes. Quería ser útil. Podrías haberla dejado pasar la noche y luego hablarlo todo con calma.
—No pidió pasar la noche. Dijo que se quedaría y que usaríamos mis ahorros para la reforma.
—No se expresó así. Simplemente hace planes con antelación.
Thomas miró la puerta abierta del dormitorio. En la cama aún quedaba la marca de las cosas que Helen había dejado allí.
—¿Tú también habías hecho planes con antelación? —preguntó—. ¿Decidiste que podías darle la llave y que yo luego aceptaría todo lo demás?
—Pensaba que éramos pareja. Que podía ayudar a mi madre sin tener que pedir permiso para cada detalle.
—Ayudar es preguntar. No darle acceso a mi piso ni prometerle un sitio que yo no le he ofrecido.
Emma guardó silencio un momento y después dijo que estaba convirtiendo un simple malentendido familiar en un conflicto grave. Antes, esas palabras solían servirle para desviar la conversación hacia cómo debería haber reaccionado Thomas, en vez de hablar de lo que ya había ocurrido. Esta vez él no se puso a justificarse por haber llamado a la policía ni a discutir si había hablado demasiado alto.
—Voy a cambiar la cerradura —dijo—. No es un castigo. No sé quién más tiene una copia de la llave.
—Entonces, ¿ya no confías en mí?
—Después de lo de hoy, no confío en tus decisiones sobre mi casa.
Emma no respondió enseguida. Luego preguntó cuándo podrían verse para hablar con calma. Thomas dijo que todavía no lo sabía. No quería quedar con ella solo para tener que explicar una vez más que no se podía dar por sentado que contaba con su consentimiento.
Al día siguiente, el cerrajero cambió la cerradura. Thomas se quedó con una de las llaves nuevas y guardó la otra en el cajón del escritorio. No volvería a dejar una copia de repuesto colgada en el recibidor. No le pidió a Emma que le ayudara a mover el armario y dejó las cosas de Helen fuera de la puerta de su piso, exactamente donde ella las había puesto.
Más tarde, Emma le escribió que su madre no volvería a ir sin que la invitaran. Thomas respondió que le parecía bien, pero que necesitaba tiempo. Ella le mandó un breve «entendido» y no volvió a llamar.
Por la noche, Thomas devolvió la taza a la estantería, alisó la bata y la guardó en el armario. El gato se acomodó en el sofá, sin esconderse ya debajo de la mesa. En el recibidor colgaban las llaves de su piso: solo las suyas.