Emma llegó a la parada antes que el autobús y dejó el coche en el arcén. Estaba esperando a Thomas, su marido: volvía a casa después de cinco días de pesca y solo tenía que subir al coche y contarle cómo había ido el viaje. La casa que compartían y su rutina habitual parecían tan sólidas como aquella tradición anual de octubre.
Apagó el motor y dejó el teléfono en el asiento del copiloto. Faltaban unos minutos para la hora prevista; Emma no estaba nerviosa ni miraba los mensajes. Se imaginaba a Thomas sentándose a su lado, sacudiéndose el polvo del camino de la chaqueta y empezando su relato de siempre. Normalmente le gustaba escucharlo, aunque las historias sobre el tiempo y los aparejos se repitieran año tras año.
El autobús llegó casi puntual. Primero bajaron unos pasajeros con mochilas, después una pareja de ancianos y, por último, apareció Thomas con una bolsa de viaje grande. Detrás de él bajaba una mujer desconocida de unos cuarenta años. Thomas le cogió enseguida la mochila, le dijo algo y ella se rio. Luego se agarró de su brazo, como si no hubieran coincidido por casualidad, sino que hubieran planeado llegar juntos.
Emma se quedó mirando la mano de Thomas, que sujetaba la bolsa de otra mujer, y la naturalidad con la que la desconocida se había colocado a su lado. Intentó encontrar una explicación sencilla: quizá le había resultado incómodo bajar las escaleras del autobús con la mochila. Pero la risa y aquel gesto despreocupado no parecían una ayuda casual a una pasajera desconocida.
Emma tardó un momento en abrir la puerta del coche. Todos los octubres, su marido se iba al lago con unos amigos: alquilaban una cabaña, pescaban durante unos días y volvían con la ropa mojada y las historias de siempre sobre una pesca increíble. Esta vez, uno de sus amigos había enfermado y otro solo había podido ir el fin de semana, pero Thomas se había quedado hasta el miércoles. Antes de marcharse, le había asegurado que no estaría solo: según él, allí se alojaban hombres corrientes de Brumalia.
Durante el viaje, Thomas llamaba a Emma todas las noches. Le hablaba del viento y del tiempo, se quejaba de que los peces no picaban y una vez le envió una foto de un lucio enorme. Ni una sola vez mencionó que hubiera una mujer con él. Ahora estaba junto al autobús, sujetándole la mochila y sin ninguna prisa por soltarle el brazo.
Cuando Thomas por fin vio el coche, sonrió como si todo aquello fuera de lo más normal. Se acercó a Emma, dejó su bolsa en el suelo y señaló a la desconocida: «Esta es Clara. Nos conocimos allí». Clara la saludó mientras se ajustaba la correa de la mochila, pero Thomas no explicó dónde se habían conocido exactamente ni por qué ella se agarraba a su brazo.
Emma respondió al saludo con un breve gesto de cabeza. No quería culpar a Clara solo por estar junto a Thomas, pero la tranquilidad de su marido le molestaba más que el encuentro en sí. Hablaba de aquel conocimiento como si no hubiera habido llamadas diarias ni un montón de oportunidades para mencionar a su acompañante.
Emma le preguntó por qué no le había hablado de Clara durante las llamadas. Thomas contestó que no quería cargarla con detalles: todos se relacionaban durante la pesca, no había pasado nada especial. Cuando le preguntó por qué volvían en el mismo autobús, se encogió de hombros y dijo que simplemente había sido así. Clara guardó silencio. Su cercanía con su marido ya no parecía casual, pero Thomas hablaba como si Emma estuviera dando importancia a una tontería.
Emma se quedó callada, esperando que él añadiera algo por iniciativa propia, pero Thomas solo se ajustó la correa de la bolsa en el hombro. No le preguntó qué era lo que le había llamado la atención ni intentó entender por qué hacía esas preguntas. En su lugar, desvió la conversación hacia el trayecto y hacia cómo les resultaría más cómodo llegar a la ciudad a los tres.
Después le pidió que abriera el maletero. Clara iba a la misma ciudad y, según explicó Thomas, le resultaría más cómodo ir con ellos que esperar al siguiente autobús. Ya había decidido que Emma los llevaría a los dos y que, de paso, podría dejar a Clara donde necesitara. Emma entendió que su marido contaba con algo más que su coche: quería que ayudara sin hacer preguntas a una mujer cuya existencia él había preferido ocultar.
«No me importa llevar a alguien, siempre que no me planteen la decisión como algo ya resuelto», dijo Emma. Le pidió a Thomas que primero le explicara qué relación tenía con Clara y por qué había ocultado su existencia. Él frunció el ceño y respondió que, después del viaje, no pensaba someterse a un interrogatorio. Luego añadió que Clara estaba cansada y que, de todas formas, iban en la misma dirección. Para él, la comodidad práctica parecía eliminar la necesidad de hablar con su mujer con sinceridad.
Emma no discutió con Clara ni le pidió que se justificara. Miró a Thomas y repitió que no los llevaría a los dos hasta que él le explicara por qué su acompañante se había agarrado a su brazo junto al autobús. Thomas alargó la mano hacia la bolsa de viaje, como si fuera a decidir él mismo dónde ponerla. Emma agarró el asa y se la arrancó de la mano de un tirón.
—Decídete: o me explicas ahora quién es ella para ti, o te quedas con ella en la parada —espetó Emma, arrebatándole a Thomas la bolsa de viaje…
Thomas retiró la mano de golpe. La bolsa se balanceó y le golpeó la pierna; Clara dio un paso atrás. En el rostro de su marido se dibujó irritación, no la confusión de alguien a quien han pillado por sorpresa.
—No montes una escena delante de gente —dijo—. Dame la bolsa.
—Entonces explícate —respondió Emma—. No luego ni en el coche. Ahora.
Clara bajó la mirada. Thomas la miró como si esperara que lo apoyara o, al menos, que se callara. Pero ella se quitó la mochila del hombro y la dejó a su lado.
—No quiero ser la causa de vuestra discusión —dijo—. Me dijiste que en casa estaba todo decidido desde hacía tiempo.
Thomas hizo una mueca.
—Clara, no hace falta.
Emma no apartó la mirada de él. Unos minutos antes pensaba subirlos a los dos al coche de ella, como si se tratara de una pasajera a la que había que ayudar con el equipaje. Ahora resultaba que a Clara le habían contado otra historia sobre su matrimonio.
—¿Qué le dijiste exactamente? —preguntó Emma.
—Aquí no.
—Ya has elegido el lugar y el momento por mí. Has decidido que os llevaría y que luego, supongo, ya me daría cuenta de todo. Ahora contesta.
Thomas apretó la mandíbula. Clara levantó la mochila y se apartó hacia el borde de la parada, como si quisiera dejarles hablar a solas. Pero tampoco podía marcharse sin decir nada.
—Me dijo que vivíais juntos, pero que lo vuestro ya se había acabado —dijo—. Que simplemente aún no habíais decidido cómo ibais a separaros.
Emma notó que se le humedecía la palma de la mano sobre el asa de la bolsa. No porque las palabras de Clara la sorprendieran. Intentaba imaginar en qué momento Thomas había conseguido describir su casa como un lugar donde ya nada los unía, pero no encontraba respuesta.
—No hemos hablado de separarnos —dijo.
Clara asintió, pero no intentó justificarse.
—Lo entiendo. Me aseguró que tú sabías lo nuestro.
—¿Y cuánto tiempo lleváis con «lo vuestro»?
—Nos conocimos en el lago. Antes ya nos escribíamos —respondió Clara tras una breve pausa—. Me dijo que ya no erais pareja.
Thomas se volvió hacia ella:
—Basta.
—No —dijo Emma—. Tú mismo has pedido que no monte una escena. Pues no la estoy montando. Te pregunto cuánto tiempo llevas engañándome.
Él miró hacia la carretera. El autobús ya se había marchado y la parada se estaba quedando vacía. En el banco de al lado seguía sentada una mujer mayor con una bolsa de la compra; miraba hacia otro lado y no intervenía.
—Llevábamos unos meses hablando —dijo Thomas—. Eso no significa que tuviéramos una gran historia.
—Pero te bastaron unos meses para decidir por mí que nuestro matrimonio se había acabado.
—No quería hacerte daño.
—¿Por eso me llamabas todas las noches para hablarme del viento?
Thomas apartó la mirada. No respondió y Emma entendió que no hacía falta seguir sacándole las palabras. Él podía llamarlo amistad, confusión o cualquier otra cosa. El hecho seguía siendo sencillo: sabía lo que estaba pasando y, cada noche, elegía hablarle de los peces en lugar de Clara.
—Pediré un coche —dijo Clara—. No hace falta que me llevéis a ninguna parte.
Sacó el teléfono y se apartó hacia la señal de la parada. Thomas hizo ademán de ir tras ella, pero Emma aún sujetaba su bolsa. Se detuvo.
—No la metas en esto —dijo.
—Yo no la he metido en esto. Tú la has traído aquí y has decidido que iba a hacer como si todo fuera normal.
Clara pidió un taxi y le dio al conductor la dirección. Mientras esperaba, no intentó hablar con Emma ni le pidió que la perdonara. Solo dijo una vez que sentía haberse enterado de su matrimonio de aquella manera. Emma recibió sus palabras sin responder. En ese momento no le correspondía consolar a la mujer de la que su marido había preferido no hablar.
Cuando llegó el coche, Clara recogió la mochila. Thomas no la acompañó. Ella lo miró, como si esperara que dijera algo, pero él guardó silencio. Entonces subió al taxi y se marchó.
—Dame la bolsa —repitió Thomas.
Emma la dejó a sus pies.
—Ahora apáñatelas tú.
Él cogió el teléfono y pidió un coche para volver a casa. Emma subió al suyo y cerró la puerta. Thomas se acercó a la ventanilla, pero ella no la bajó. Él se quedó un momento y luego se apartó hacia el borde de la carretera. Cuando ella arrancó, él seguía esperando el taxi.
Al llegar a casa, Emma no puso la mesa. Se quitó la chaqueta, puso el agua a calentar y dejó una sola taza sobre la encimera. Thomas llegó más tarde, dejó la bolsa en el recibidor y empezó a hablar desde la puerta, como si retomara una conversación que hubieran aplazado durante el trayecto.
—No estaba planeado —dijo—. Clara y yo nos acercamos allí. No sé qué hacer ahora con esto.
—Yo sí sé lo que me has hecho. Le has presentado nuestro matrimonio a otra mujer como si ya se hubiera acabado.
—No estaba seguro de querer seguir juntos.
—Pero volvías a casa. Contestabas a mis llamadas. Podías haberme dicho que tenías dudas. En vez de eso, te callabas y dejabas que yo viviera como si todo siguiera igual.
Thomas fue a la cocina y se sentó. Parecía cansado, pero el cansancio no hacía más convincente su explicación. Dijo que le había resultado más fácil no tomar una decisión mientras no tuviera que hacerlo. Emma lo escuchaba con las manos alrededor de la taza. Por primera vez, no oyó una excusa relacionada con el viaje ni una queja sobre su carácter, sino el reconocimiento de que para él había sido más importante su comodidad que hablar con sinceridad.
—No te estoy pidiendo que decidas ahora si vamos a seguir juntos —dijo ella—. Pero esta noche no vas a dormir conmigo en la misma habitación. Y mañana no vas a comportarte como si yo solo tuviera que esperar a que se te pase el viaje.
—¿Me estás echando de casa?
—Te estoy pidiendo que busques dónde pasar la noche. No es lo mismo.
Él intentó protestar: era tarde para buscar un hotel, necesitaba descansar después del viaje y había una habitación libre en casa. Emma no quiso discutir sobre dónde debía dormir exactamente. No pensaba fingir una cercanía que no sentía, pero tampoco iba a decidir por él adónde tenía que ir.
Thomas llamó a Marcus, uno de los amigos con los que solía ir de pesca. Hablaron brevemente y le preguntó si podía pasar la noche en su casa. Marcus aceptó. Thomas sacó de la bolsa de viaje una muda de ropa y el cargador, y se quedó un momento en el recibidor, esperando que Emma lo detuviera o se ablandara.
Ella no lo detuvo. Cuando se cerró la puerta tras él, Emma retiró su taza de la mesa y lavó las dos, la suya y la que había dejado para él. Después se sentó con el teléfono y escribió a su hermana Helen para contarle que Thomas se había ido a pasar la noche a casa de Marcus y que al día siguiente necesitaría ayuda para organizar algunas cosas de la casa. Helen respondió que estaría pendiente.
Al día siguiente, Thomas volvió a por el resto de sus cosas. Ya no estaba enfadado, pero tampoco se arrepentía lo suficiente como para pedir perdón. Dijo que no había querido destruir su familia, que lo de Clara se había complicado, y le preguntó cuánto tiempo necesitaba Emma.
—No puedo decirte cuánto tardará en volver todo a ser como antes —respondió ella—. Y no quiero que te quedes aquí esperando que cambie de opinión porque esté cansada.
Alquiló una habitación cerca durante unos días, sin prometer que eso fuera a resolver sus problemas. Emma no habló con él del futuro por teléfono. Solo acordaron cuestiones prácticas: cuándo recogería el resto de sus cosas y cuándo podrían hablar tranquilamente de la casa y de los pasos que darían a continuación.
También cambiaron las pequeñas rutinas. Thomas ya no llamaba por la noche para hablarle del tiempo y Emma no retrasaba la cena esperándolo. Si él necesitaba recoger algo, preguntaba con antelación. Ella respondía cuando estaba preparada, no porque fuera lo habitual.
En la casa seguían estando las cosas de siempre y, en la estantería junto a la puerta, quedaba vacía la cesta donde él dejaba las llaves. Pero ahora Thomas ya no entraba como alguien a quien esperaban en casa sin hacer preguntas, sino como alguien que primero tenía que acordar una visita. Emma ya no lo llamaba un malestar pasajero.