Daniel le dio la vuelta a la etiqueta del vestido nuevo de su madre y silbó. La tela azul oscuro tenía pequeños lunares blancos, y Helen ya pensaba estrenarlo el jueves, cuando quedara con sus amigas en una cafetería. Él había venido, como de costumbre, con un táper de plástico vacío para llevarse las sobras de ternera, pero ahora miraba el precio de la etiqueta y calculaba cuánto más gastaría su madre en sus caprichos. Helen tenía sesenta y tres años, y Daniel decidió que debía explicarle cómo administrar mejor la pensión. Además, él mismo dependía de su ayuda: su madre pagaba las facturas de suministros de su apartamento de una habitación y a menudo le daba comida.
—Mamá, ¿de verdad te ha costado tanto este vestido? —preguntó, todavía con la etiqueta en la mano.
Helen se secó las manos con un paño y sonrió. El jueves había quedado con sus amigas en una cafetería nueva: según le había contado una vecina, allí preparaban unos éclairs especialmente ricos. Daniel sumó mentalmente al vestido las salidas semanales a tomar café, la manicura en el mercado y el abono de la piscina. Además, hacía poco su madre se había comprado una lavadora porque la anterior daba tantos saltos por el baño que había que sujetarla.
—Mamá, ya sabes que la pensión no es infinita —dijo, sentándose en un taburete—. ¿No va siendo hora de ahorrar un poco para el futuro? En vez de gastarlo en vestidos y pasteles. No es que sean una necesidad.
Helen no discutió. Dobló el paño en cuatro y lo colgó del tirador del horno. Después respondió con calma que tenía razón y que, efectivamente, ya iba siendo hora de ahorrar. Daniel interpretó aquello como señal de que la conversación había salido bien. Helen le llenó el táper de ternera, generosamente como siempre, y lo acompañó hasta la puerta. Él se fue satisfecho: le parecía que había mostrado preocupación, no que le había echado una reprimenda a su madre.
El miércoles por la noche, la inquietud lo asaltó en el grupo de vecinos. Su apartamento aparecía en la lista de facturas de octubre pendientes de pago. Daniel llamó a Helen: ella transfería todos los meses el dinero de los suministros desde su propia tarjeta mientras él terminaba la reforma y se organizaba con los gastos de la vivienda. Se había acostumbrado tanto a aquello que ya ni se acordaba de quién pagaba.
—¿No has pagado el piso? Ya me han puesto en la lista de morosos —dijo.
—No se me ha olvidado. He decidido ahorrar, como me aconsejaste —respondió Helen—. A partir de ahora, paga tú las facturas de tu piso.
Daniel intentó explicarle que se refería a los vestidos y las cafeterías, no a los suministros. Pero Helen le recordó que él mismo le había propuesto que controlara los gastos y ahorrara. Pagó esa misma noche. Tuvo que comprobar en la aplicación el importe, que incluía la calefacción: antes, su madre pagaba cada mes por su piso más de lo que él gastaba en comida durante una semana. Solo ahora aquella cantidad había dejado de ser una cifra invisible para él.
El jueves pasó por delante de la cafetería nueva y vio por la ventana a las amigas de Helen. Delante de ellas había dos tazas y un plato de éclairs. En la tercera silla descansaba un bolso, como si hubieran dejado libre el sitio de su madre. Una de las mujeres vio a Daniel y lo saludó con la mano, pero él se limitó a asentir y siguió caminando. Toda la noche se repitió que su madre simplemente habría cambiado de opinión y no habría ido. Aun así, le desagradaba pensar que sus palabras le hubieran quitado su jueves de siempre.
Le escribió a Helen que no había querido prohibirle quedar con sus amigas y le propuso hablar. La respuesta fue breve: había escuchado su consejo y estaba revisando sus gastos. Daniel no siguió escribiendo. Pensaba que aún podrían arreglar las cosas, pero la comodidad a la que se había acostumbrado ya empezaba a desaparecer: ahora las facturas también salían de su bolsillo y los favores habituales de su madre ya no podían darse por sentados.
El viernes, Daniel pasó por casa de Helen al salir del trabajo. Sus amigos lo habían invitado a pasar el fin de semana fuera de la ciudad y contaba con llevarse el Skoda de su madre, como ya había hecho otras veces. El coche solía estar aparcado frente al edificio y hacía tiempo que él tenía un juego de llaves de repuesto. Solo pensaba inflar las ruedas y marcharse. Helen lo esperaba en la puerta con la mano extendida.
—Las llaves, por favor.
—Mamá, solo es el fin de semana. Si casi no conduces —dijo Daniel—. Ya pondré yo la gasolina.
—La gasolina está muy cara. Ve en autobús; sale de la estación cada hora.
Él intentó sonreír, como si aquello fuera una broma, y le tendió el llavero. El colgante de madera con forma de cigüeña que una vez le había traído a su madre de un viaje chocó contra su anilla. Helen cerró el puño con fuerza y le arrancó las llaves de los dedos.
—Ahora paga tú el piso y olvídate de mi coche —soltó Helen, quitándole de la mano el juego de llaves de repuesto a Daniel…
Daniel se quedó unos segundos mirando la mano vacía de Helen, como si las llaves pudieran volver a aparecer en ella por sí solas. Luego apartó la mirada y se marchó sin despedirse. Quería volver, decirle que se había pasado, pero la cerradura ya había sonado al cerrarse la puerta.
En la parada seguía enfadado. El autobús iba abarrotado, las chaquetas mojadas olían a lluvia y tuvo que ir de pie, agarrado a la barra. Se convencía de que su madre solo quería darle una lección por un comentario desafortunado. Llegó más tarde de lo que esperaba y se pasó toda la noche de mal humor cada vez que alguien hablaba del viaje y de lo práctico que habría sido tener coche.
De vuelta, recordó que la última vez había cogido las llaves de la mesa sin más, diciendo al pasar: «Me voy el fin de semana». Helen solo le había preguntado cuándo volvería, y él no había entendido aquello como una petición de que avisara antes. Lo más desagradable fue reconocer que se había acostumbrado a no pedir permiso. El coche, la comida y las facturas pagadas se habían convertido para él en parte del paisaje cotidiano, aunque detrás de cada favor estaba la decisión de su madre, que podía cambiar de opinión en cualquier momento.
El lunes, Daniel abrió la aplicación del banco y revisó los recibos. Ya había pagado el de octubre, pero el siguiente aparecía en la lista de próximos gastos. Activó un recordatorio y transfirió el importe necesario a una cuenta aparte para no gastárselo por error. Al hacerlo, por primera vez vio con claridad que no era solo una cifra en una notificación, sino una parte de su presupuesto mensual que antes gestionaba otra persona.
Durante unos días estuvo enfadado con Helen por no haberle avisado con antelación. Después entendió que ella no tenía por qué avisarle antes de dejar de pagar sus facturas. Él llevaba mucho tiempo sin preguntarle cuánto transfería exactamente ni si aquello interfería con sus propios planes. La pregunta que le había hecho sobre el precio del vestido sonaba ahora muy distinta en su memoria: le exigía que cuidara su dinero sin darse cuenta de que él mismo se estaba aprovechando de él.
Llamó a Helen por la noche.
—No quiero discutir. Solo quería preguntarte si de verdad ya no vas a ayudarme con los pagos.
—Ya lo he decidido —respondió ella—. Te las apañarás.
—No te he dicho que dejaras de hacer todo. Me refería al vestido y a la cafetería.
—Y yo no he dicho que no puedas venir a verme. Pero ya no decidiré por ti qué facturas pagar ni cuándo.
Daniel quiso recordarle cuántas veces la había ayudado con las bolsas pesadas y la había llevado a la casa de campo cuando ella se lo pedía. Pero aquellos viajes eran ocasionales, y él hablaba de ellos como si compensaran todos los meses de facturas pagadas. Se mordió la lengua.
—Entiendo —dijo, y terminó la llamada antes de que ella pudiera añadir nada.
Esa misma noche hizo una lista de la compra para la semana. Antes abría la nevera de su madre y sabía que no pasaría hambre aunque no tuviera nada en casa. Ahora tuvo que recordar qué comía y decidir qué prepararse. En el supermercado compró de más, volvió cargado con bolsas pesadas y se dio cuenta de que probablemente no llegaría a consumir parte de los productos. La próxima vez apuntó solo lo que realmente pensaba cocinar.
Unos días después, pasó por casa de Helen al salir del trabajo. El táper de plástico estaba en el asiento del copiloto. Le había escrito antes para decirle que estaría cerca y preguntarle si podría llevarse un poco de ternera. Helen contestó: «Ya veré qué sobra».
La cocina olía a cena. Su madre le puso un plato y una taza de té delante, pero no le llenó el táper. Había quedado una ración pequeña y la guardó en la nevera para el día siguiente.
—Pensaba que habrías preparado más —dijo Daniel.
—Hoy no. Ahora cocino solo lo que necesitamos.
No supo qué responder. Helen no lo hacía por fastidiarlo ni intentaba obligarlo a disculparse. Simplemente había dejado de hacer cosas que él no le pedía y que ella ya no quería considerar su obligación. Daniel terminó de comer, lavó su plato y pasó por una tienda de camino a casa. Esta vez compró unos cuantos alimentos y no contó con que la siguiente cena aparecería también por arte de magia.
La reforma del piso se ralentizó: el dinero que había reservado para los materiales se fue en gastos corrientes. Daniel se frustraba cada vez que posponía la compra de otra estantería, pero ahora sabía que no se debía a un capricho repentino de su madre. Él mismo se había metido en aquella vivienda y antes simplemente no se fijaba en lo que costaba mantenerla mes a mes.
Una tarde se estropeó el grifo de la cocina. Daniel llamó a Helen por costumbre: ella sabía encontrar profesionales y ya lo había sacado de apuros en situaciones parecidas. Pero, al oír el tono de llamada, se detuvo y buscó el número de un fontanero en el grupo de vecinos. El profesional fue al día siguiente. El trabajo costó más de lo que Daniel esperaba, pero fue él quien acordó la hora y pagó la factura. Más tarde se lo contó a Helen, no como si hubiera hecho una proeza, sino simplemente porque salió el tema del piso.
Durante las semanas siguientes se vieron menos. Helen dejó de invitarlo todos los domingos y Daniel dejó de pasar sin avisar, convencido de que encontraría la cena preparada en la cocina. A veces ella lo invitaba. Otras, él llevaba alimentos y la ayudaba con las bolsas. Al principio, sus conversaciones eran cautelosas: los dos parecían comprobar si todo volvería a ser como antes sin que hiciera falta llegar a nuevos acuerdos.
Un jueves, Daniel pasó por delante de la cafetería y vio a Helen sentada junto a la ventana. Llevaba el vestido azul oscuro de lunares blancos. Se reía inclinándose hacia una de las mujeres, y delante de ella había una taza de café. Daniel aminoró el paso, pero no se detuvo. Esta vez no se le ocurrió calcular cuánto costaría el éclair ni preguntarse si debería gastarse el dinero. Simplemente se alegró de que al final hubiera ido.
No la llamó esa noche para disculparse. Durante unos días más se dijo que su madre podría haber sido más comprensiva y que él solo había querido preocuparse por ella. Luego vio el recordatorio de la siguiente factura y entendió que aquella preocupación de la que hablaba, por alguna razón, no incluía preguntarle a Helen si quería que él opinara sobre sus gastos. Decidía por ella qué era razonable y, mientras tanto, no prestaba atención a sus propios gastos.
La siguiente vez, Daniel llegó sin el táper. Helen abrió la puerta y lo dejó pasar como siempre. Sobre la mesa de la cocina había dos tazas y, a su lado, los recibos de los suministros.
—He puesto un recordatorio y pagaré yo las facturas —dijo Daniel—. Y quería decirte que me equivoqué al meterme en tus gastos. Creía que me preocupaba por ti, pero ni siquiera te pregunté si querías que lo hiciera.
Helen no respondió enseguida. Sirvió el té y acercó la taza a Daniel.
—No quiero que te preocupes por mi pensión —dijo—. Si necesito ayuda, te la pediré. Pero decidir qué compro y adónde voy lo decidiré yo.
—Entendido.
—Bien.
No hablaron de las llaves. Helen se quedó con el juego de repuesto, y Daniel dejó de pedírselo cuando quería ir a algún sitio. A veces ella lo invitaba a cenar; otras, él llevaba alimentos y la ayudaba con las bolsas. Ahora las facturas se pagaban desde su tarjeta, y el táper con las sobras de ternera dejó de ser una parte obligatoria de las visitas de los domingos.
Poco a poco, las visitas se hicieron más sencillas: Daniel ya no llegaba dando por hecho que se llevaría algo de cena o cogería el coche. Si Helen le pedía ayuda con las bolsas, la ayudaba; si lo invitaba a comer, cenaban juntos. No desaparecieron todos los silencios incómodos, pero ahora él procuraba no confundir la amabilidad habitual de su madre con la promesa de que seguiría haciendo por él todo aquello a lo que se había acostumbrado.
Los jueves, Helen seguía yendo a la cafetería. Daniel sabía que a esa hora no estaba en casa y ya no esperaba que dejara sus planes de lado para contestar a su llamada.