En la cinta de la caja quedaron tres productos: comida para Luma, un paquete de fideos y una barra de pan. Emma contó las monedas que tenía en la palma, miró el total y pidió que quitaran el pan: le faltaban unas pocas monedas. La cajera se ofreció a poner lo que faltaba, pero Emma se negó. Pagó justo lo que costaban la comida y los fideos y salió de la tienda, apretando el bolso contra su abrigo gris. Para ella, aquel piso de alquiler no era solo un techo: si no conseguía hacer frente a los gastos, tendría que buscar un nuevo hogar para ella y para su perra anciana.
En la calle, Emma se detuvo para ajustar el asa del bolso y evitar que se deslizara la bolsa de comida. No volvió al escaparate ni contó las monedas que le quedaban: el resultado seguía siendo el mismo. Caminó despacio hasta casa, reservando fuerzas y pensando no en el pan, sino en cómo estirar el dinero hasta la siguiente compra. El abrigo gris la protegía poco del frío húmedo, pero tampoco tenía sentido pensar en comprarse uno nuevo en ese momento.
Luma llevaba ocho años viviendo con Emma; la había encontrado junto a unos garajes. La perra solo comía después de que su dueña se sentara a la mesa. Por eso, cada noche Emma se servía fideos con aceite, cogía una cuchara y decía: «Come, Luma. Yo ya he comido». Ella podía prescindir de la cena, pero nunca dejaba de comprar comida para la perra. Cada tres días volvía a la tienda a por un paquete; a veces añadía una remolacha o sal, pero nada que no fuera imprescindible para ella.
Aquel ritmo ayudaba a Emma a salir adelante: procuraba prever con antelación los gastos de Luma y compraba lo demás según lo necesitara. Apenas tenía provisiones, y cualquier gasto imprevisto significaba que tendría que aplazar otra cosa. Pero apartaba de su mente la idea de que la perra pudiera quedarse con hambre. Luma había estado a su lado durante años difíciles, y cuidarla no le parecía una hazaña, sino lo único que podía hacer.
El cuatro de diciembre llamó Helen, la propietaria del piso. Primero le preguntó a Emma si pensaba cambiar algo en la vivienda y, sin pausa, le anunció que subiría el alquiler a partir del mes siguiente. Emma le pidió que le concretara cuánto. Helen mencionó una cantidad que hizo que se le quitara el apetito de inmediato: la subida superaba lo que Emma podía reunir, incluso si dejaba de comprarse comida por completo.
—No puedo pagar tanto —dijo Emma—. Si quiere, le pagaré a principios de mes, sin retrasarme. Pero no puedo asumir una subida así.
Helen respondió que los gastos habían aumentado para todo el mundo y que el piso debía darle beneficios, no limitarse a cubrirle los quebraderos de cabeza. Luego añadió que también había que tener en cuenta a la perra: los animales deterioraban la vivienda, así que correspondía cobrar un suplemento. Emma le recordó que Luma era tranquila y no mordía ni estropeaba nada. Helen no quiso hablar del comportamiento de la perra; dijo que eso no cambiaba nada y terminó la llamada, sin dejar margen para negociar la cantidad.
Unos días después, Helen se presentó en persona. Nada más cruzar el umbral, se fijó en el cuenco de Luma y en el paquete de comida junto a la pared. Emma le enseñó que el cuenco estaba sobre una esterilla y que la perra no se acercaba a él hasta que su dueña se sentaba a la mesa. Helen inspeccionó aquel rincón como si buscara desperfectos y dijo que no quería tener que pagar luego la limpieza y las reparaciones. Le comunicó que al nuevo alquiler se sumaría también un importe por tener a la perra.
—Me está pidiendo que pague por algo que no ha ocurrido —dijo Emma—. Luma no ha estropeado nada. Estoy dispuesta a pagar puntualmente lo mismo que hasta ahora, pero nunca acordé pagar un suplemento por ella y no puedo aceptarlo.
Helen le recordó que la vivienda era suya y que era ella quien ponía las condiciones. Si Emma no estaba de acuerdo, podía buscar otro sitio y dejar a la perra con alguien. Según ella, así sería más fácil: sin Luma, podría pedir más por el piso en lugar de tener que contar con el animal. Emma respondió que no abandonaría a la perra para beneficio de otra persona y propuso mantener el alquiler actual al menos por un tiempo. Helen se negó y dijo que le llevaría las condiciones por escrito para no tener que volver a hablar del asunto.
Al día siguiente, Helen se presentó con una hoja en la que figuraban el nuevo alquiler y el suplemento por Luma. Emma la leyó hasta el final y la dejó junto al cuenco. Entendía que Helen tenía derecho a disponer de su piso, pero eso no hacía que pudiera asumir el gasto. Cuando la propietaria le tendió un bolígrafo y le exigió que decidiera en ese momento, Emma lo apartó, cogió la hoja por un extremo y miró a Helen a los ojos.
—Luma se queda conmigo, y usted no va a recibir ni mi firma ni un euro de más —soltó Emma, arrebatándole a Helen la hoja con las nuevas condiciones…
Helen se la arrancó de las manos, la dobló en cuatro y la guardó en el bolso. Se le endureció el rostro.
—Así que quiere quedarse con las condiciones actuales. Pues busque otra vivienda. No pienso perder dinero por culpa de su perra.
—Yo no le he pedido que pierda dinero —respondió Emma—. Pago lo que acordamos. No he aceptado las nuevas condiciones.
Helen no siguió discutiendo. Se dirigió a la puerta, le recordó que esperaba el alquiler más alto a partir de enero y salió sin despedirse. Emma echó la llave y volvió a la mesa. Luma estaba tumbada junto al cuenco, sin tocar la comida. Emma se sentó como de costumbre, pero no cogió la cuchara. Primero tenía que decidir dónde vivirían dentro de unas semanas.
Sacó un cuaderno viejo donde apuntaba los gastos. El alquiler actual ya se llevaba una parte considerable de su dinero; la subida anunciada, junto con el suplemento por la perra, no le dejaría ni para la comida ni para el transporte. No tenía sentido volver a hacer las cuentas con la esperanza de que, de repente, salieran de otra manera. Emma escribió al lado: «Buscar antes de que acabe diciembre» y abrió los anuncios de habitaciones.
La mayoría de las opciones quedaron descartadas enseguida. En una vivienda exigían pagar varios meses por adelantado. En otra, el propietario solo aceptaba a la perra a cambio de un suplemento. La habitación libre de un tercer piso tenía un precio razonable, pero se llegaba a ella por una escalera estrecha que Luma tendría que subir todos los días. Emma no pidió una rebaja ni dejó su número «por si acaso». Había aprendido muy bien cómo acababa aceptar unas condiciones que no se podían cumplir.
Durante los días siguientes llamó a los anunciantes y mencionó a la perra desde el primer momento. A veces la interrumpían al oír esa palabra; otras, le proponían que fuera primero a ver la habitación y hablar del suplemento después. Emma rechazaba esas visitas: no quería perder tiempo y dinero en el trayecto para acabar oyendo nuevas exigencias al llegar. Preguntaba de antemano por las escaleras, las normas para los inquilinos y los plazos de pago. Por las noches seguía dando de comer a Luma como siempre, pero cada vez más a menudo ella se conformaba con fideos y té. Ahorrar ayudaba un poco, pero así no conseguiría reunir la cantidad que había mencionado Helen.
En un portal de anuncios encontró una habitación pequeña en la planta baja de una casa antigua, más lejos de la tienda. La cocina era compartida, el baño estrecho y la ventana daba a un patio donde casi todo el día reinaba la sombra. A cambio, el alquiler se ajustaba a lo que Emma podía pagar sin pedir más préstamos. Por teléfono dijo enseguida que tenía una perra adulta. La propietaria de la habitación respondió que no le gustaban las sorpresas y le propuso que fuera con Luma.
Antes de la visita, Emma le limpió las patas a la perra y sacó del armario una correa limpia. Luma caminó despacio durante todo el trayecto, parándose ante cada olor conocido, y Emma no la apuró. La propietaria las recibió en la puerta, miró a la perra y preguntó si hacía ruido por las noches. Emma contestó con sinceridad que Luma era tranquila, pero mayor, y que a veces tardaba en acomodarse en su esterilla. La mujer le pidió que le enseñara cómo se comportaba en casa.
Emma puso el cuenco junto a la pared y se sentó en una silla. Luma no se acercó de inmediato; olisqueó aquel lugar desconocido y solo entonces empezó a comer. La propietaria de la habitación observó en silencio y luego dijo que estaba de acuerdo, siempre que Emma recogiera los excrementos de la perra en el patio y no llevara visitas sin avisar. No le pidió ningún suplemento. La habitación era más modesta que la actual, pero tenía una puerta que cerraba y se podía llegar a pie a la parada.
Emma pidió un par de días para decidirse. No porque dudara de la habitación, sino porque no quería precipitarse y volver a encontrarse con condiciones ajenas que no pudiera negociar. Comprobó el trayecto hasta la tienda, volvió a calcular los gastos mensuales y se aseguró de que podría pagar sin retrasos. Después llamó a la propietaria y acordó mudarse a finales de diciembre. Apenas le quedaba dinero disponible, así que tuvo que ir preparando las cajas poco a poco, sin comprar nada nuevo.
La mudanza requería algo más que meter la ropa y la vajilla en cajas. Tenía que encontrar cómo transportar sus cosas, acordar la hora y reservar suficiente dinero para la comida y el transporte. Emma decidió no llevarse los objetos viejos que hacía tiempo que no usaba: ocupaban espacio y daban más trabajo. Metió unos cuantos libros en una caja, envolvió los utensilios de cocina en toallas y guardó los documentos aparte, en un bolso que pensaba llevar consigo.
Helen vio la primera caja cuando fue a comprobar si Luma había dejado marcas en el suelo. Se detuvo junto a la pared y preguntó qué significaba aquello. Emma le respondió que había encontrado una habitación y que dejaría el piso libre antes del último día de diciembre. Hasta entonces pagaría el alquiler de siempre, tal como había prometido. Helen frunció el ceño: quería que Emma aceptara las nuevas condiciones o se marchara de inmediato.
—No puedo encontrar una casa en una sola tarde —dijo Emma—. Todo estará pagado antes de que termine el mes.
—Me lo está imponiendo sin más —respondió Helen.
—No. Le estoy comunicando cuándo dejaré la vivienda.
Helen volvió a recorrer la habitación con la mirada y se detuvo en la esterilla y el cuenco. No encontró ningún desperfecto. Dijo que esperaba recibir el piso vacío y limpio, y luego se marchó. Aquella misma noche, Emma le envió un mensaje breve: se quedaría hasta finales de diciembre con las condiciones actuales, pagaría a tiempo y entregaría las llaves después de limpiar. Helen respondió con una sola palabra: «De acuerdo».
A partir de entonces dejaron de repetirse las mismas conversaciones. Antes, Helen hacía una pregunta, Emma explicaba por qué no podía pagar más y luego ambas daban vueltas a lo mismo hasta que la propietaria ponía fin a la charla. Ahora Emma no intentaba demostrar que Luma no estropeaba la vivienda ni hablaba de posibles suplementos. Solo respondía a lo relacionado con la mudanza, el pago y las pertenencias. Helen llamaba menos, y las conversaciones, cada vez, eran breves.
Un día, Helen llamó para preguntar qué día recogería las llaves. Emma le dijo que el último del mes y le preguntó a qué hora le venía bien pasar. Helen eligió la tarde. Emma apuntó la hora en el cuaderno y siguió haciendo las cajas. Ahora tenía una fecha clara y procuraba no malgastar energías imaginando si Helen cambiaría de opinión o volvería a modificar sus exigencias.
Antes de marcharse, Emma recorrió el piso con el móvil y fotografió las paredes, el suelo, el fregadero de la cocina y el rincón donde había estado el cuenco de la perra. No lo hizo para discutir, sino para tener claro ella misma en qué estado dejaba la vivienda. Después fregó el suelo, metió sus cosas en varias cajas y guardó la comida aparte. Luma la seguía de una habitación a otra, pero no la molestaba. Cuando Emma se detenía a descansar, la perra se tumbaba a su lado y esperaba.
El último día de diciembre, Helen fue a recoger las llaves. Revisó la vivienda, abrió los armarios y miró detrás de la puerta, como si aún esperara encontrar algún desperfecto. Emma le enseñó el rincón limpio donde había estado el cuenco y le entregó las llaves. Helen contó el alquiler de diciembre que había recibido y dijo que podría haber alquilado el piso por más dinero. Emma no discutió. Cogió el bolso, la correa y la caja de comida.
En la escalera, Luma se detuvo y miró a Emma, como si esperara que le dijera que volvieran. Emma se agachó, le ajustó la correa y la llamó con calma para que siguiera. El trayecto hasta la nueva casa llevó más tiempo del que había calculado: tuvo que cargar las cajas de una en una y Luma se paró varias veces a descansar. Pero nadie las apuró ni les exigió un suplemento por ello. La propietaria de la habitación abrió la puerta y ayudó a dejar la caja más pesada junto a la pared.
La nueva habitación las recibió con aire frío y olor a limpiador recién usado. Emma colocó las pocas cosas que tenía, extendió la esterilla conocida de Luma y puso el cuenco junto a la pared. Luego se sentó en una silla. La perra se acercó a la comida y empezó a comer. Emma la miró y, por primera vez en muchos días, sintió que podía dejar de contar cada moneda, al menos durante una noche.
La habitación era estrecha y, al principio, el pasillo compartido le resultaba extraño. Llegaban voces desde la cocina y, al otro lado de la ventana, se oyó el portazo de la entrada del edificio. Luma levantó la cabeza, pero Emma le puso la mano en el costado y la perra volvió a tumbarse. Aún quedaba por ordenar la mudanza, y por delante tenían nuevos gastos y normas domésticas desconocidas. Aun así, ahora Emma tenía su propia llave y un acuerdo claro con la propietaria.
Por la mañana, Emma dejó una caja vacía junto a la puerta y Luma se quedó tumbada en su esterilla. Al otro lado de la ventana había un patio desconocido, pero Emma llevaba la llave de la habitación en el bolsillo. Por la noche volvió a sentarse a la mesa antes de llamar a Luma para que se acercara al cuenco.