El teléfono sonó mientras Thomas y yo comprobábamos cuánto nos faltaba para ahorrar la entrada de un piso. En la pantalla apareció el nombre de su madre, Helen. Thomas la escuchó, palideció y me pasó el teléfono: ella decía que los resultados de las pruebas eran malos y que necesitaba hacerse más pruebas urgentemente. Después de colgar, me explicó que una resonancia costaría unos quinientos euros. Ese dinero estaba en nuestra cuenta de ahorros, y cada transferencia nos alejaba de la posibilidad de tener una vivienda propia.

Le recordé que hacía apenas un mes ya le habíamos dado a Helen seiscientos euros para unas inyecciones en la espalda. Thomas no discutió la cantidad, pero enseguida empezó a hablar de que no podíamos poner en riesgo la salud de su madre. Le daba miedo negarse: ¿y si esta vez era algo grave?, ¿y si luego no se perdonaba haber tardado en ayudarla? Veía que no es que creyera todo lo que ella decía, sino que temía oír algún día que no la había ayudado. Aquella noche cedí. Hicimos la transferencia y el saldo de la cuenta bajó considerablemente. Me quedé mirando las cifras en la aplicación durante mucho rato, como si pudieran cambiar con solo mirarlas. Habíamos vuelto a hacer cuentas muchas veces, elegido barrios y calculado en qué podríamos ahorrar después de comprar. Los fines de semana íbamos a ver pisos y, al volver a casa, comparábamos precios, entradas y cuotas mensuales. Ahora tuvimos que dejar de lado todos esos cálculos otra vez. Thomas estaba sentado a mi lado, apretando el teléfono, y repetía que su madre se recuperaría. Asentí, pero no fui capaz de compartir su confianza.

Al día siguiente, la vecina de abajo comentó que había visto a Helen junto a un Mercedes nuevo: el chófer le estaba metiendo la maleta en el maletero. La vecina supuso que mi suegra se iba a un buen balneario y nos felicitó por cuidarla. No hice preguntas, pero lo de la maleta no cuadraba con la historia de las pruebas urgentes. No le dije nada a Thomas: no quería convertir una sospecha en una acusación sin tener pruebas.

Más tarde encontré en las redes sociales la página de la agencia de viajes «Brisa Clara». Entre las fotos de los viajeros estaba Helen: sonreía junto a una amiga, bajo una palmera y con un cóctel en la mano. Según el pie de foto, la imagen se había tomado hacía apenas un par de días, durante un viaje a Turquía. Le enseñé la foto a Thomas. Se quedó mirando la pantalla un buen rato y luego dijo que quizá su madre se había ido antes y que la resonancia sería después de volver. Encontró una explicación conveniente más deprisa de lo que pudo responder a una pregunta sencilla: por qué nos había pedido dinero para un tratamiento.

Unos días después, Helen volvió a llamar a Thomas y le dijo que se encontraba mal y que la habían ingresado en el hospital para ponerle suero. Él salió disparado hacia allí, mientras yo llamaba a varios hospitales para averiguar dónde estaba. No había ninguna paciente con ese nombre en ninguno de ellos. Por la noche, Helen escribió que una amiga la había llevado a casa. Thomas volvió desconcertado y enfadado conmigo por haber comprobado lo que decía. No acusé a su madre de mentir; solo pregunté por qué no podía enseñarnos al menos la prescripción del médico y el recibo de las pruebas.

—¿De verdad crees que se lo está inventando todo? —preguntó—. No quiero arrepentirme luego de haberme negado a ayudarla.

Le respondí que no le pedía que abandonara a su madre en un mal momento. Le pedía que no enviara más dinero sin justificar los gastos mientras ahorrábamos para una vivienda. Thomas guardó silencio y luego dijo que lo entendía, pero que ese no era el momento de interrogarla. Su respuesta fue amable, pero ya había tomado la decisión por los dos: si Helen volvía a pedirle dinero, él no sería capaz de decirle que no.

Entonces dejé de discutir y reuní lo que podía comprobarse. Tenía un extracto de la cuenta de Helen. En él figuraban el pago de un viaje a Turquía por mil doscientos euros, compras en restaurantes y un cargo de quinientos euros en un hotel con spa. En otra línea aparecía una compra cara en una boutique: un abrigo de cachemira. Comparé las fechas: los gastos correspondían justo a los meses en que Helen nos había pedido dinero para las inyecciones y el tratamiento. Ninguno de esos cargos, por sí solo, explicaba sus historias sobre los malos resultados de las pruebas y la resonancia urgente, pero juntos ya no parecían una coincidencia.

El domingo fuimos a cenar con Helen. Habló con tranquilidad hasta que Thomas dejó el tenedor; entonces nos comunicó que el médico le había prescrito una resonancia de cuerpo entero con contraste. Necesitaba casi mil euros, dijo, y no podía esperar. Thomas ya estaba tomando aire para responder cuando me levanté antes que él. Saqué de mi bolso las hojas impresas, las desplegué y las lancé en el centro de la mesa. Ni un euro más para un tratamiento inventado: esto es lo que pasó con nuestro dinero —Emma lanzó el extracto sobre la mesa, delante de Thomas y de su madre…

Las hojas se deslizaron por el mantel y se detuvieron junto al plato de Helen. Ella las miró y luego me miró a mí; su rostro se endureció.

—¿Has estado fisgoneando en mis cuentas? —preguntó—. Thomas, ¿has permitido que lo haga?

Thomas no respondió enseguida. Cogió la hoja de arriba y empezó a leer. Helen intentó agarrar el extracto, pero él lo cubrió con la mano.

—Déjame verlo.

—Está todo mezclado —dijo ella—. Perdí la tarjeta. Cualquiera pudo pagar. Y el viaje… Lo pagó una amiga; ya se lo devolveré.

Thomas pasó la página. Se detuvo más tiempo en la línea del pago del viaje que en las demás.

—Dijiste que estabas ingresada con suero.

—Me encontraba mal. Eso no significa que tenga que daros explicaciones de cada día de mi vida.

—No te pedimos explicaciones de cada día —respondí—. Te pedimos que nos expliques por qué el dinero para el tratamiento se gastó en un viaje y en un hotel con spa.

Helen apartó la silla bruscamente.

—Siempre has sabido dejarme en mal lugar. Primero decidiste que no estaba enferma; luego llamaste a los hospitales y ahora has traído unos papeles. ¿Quieres que Thomas me dé la espalda?

No discutí sobre lo que ella quería de Thomas. Él seguía mirando el extracto, como si intentara encontrar en las cifras la explicación que antes encontraba en su voz.

—Si habías perdido la tarjeta, ¿por qué no la bloqueaste? —preguntó.

—La encontré. Y, además, no es asunto vuestro. Soy su madre, no una desconocida.

—Nos pediste dinero —dijo Thomas—. Primero para las inyecciones y luego para las pruebas. Hoy, casi mil euros. Así que también nos afecta.

Helen lo miró dolida, pero no cedió.

—No os pedí que me comprarais un piso. Os pedí ayuda cuando me encontraba mal. Tenéis ahorros y los dos trabajáis. ¿De verdad vais a contar cada euro por un viaje?

Thomas dejó las hojas sobre la mesa. Conocía ese giro: antes, después de oír esas palabras, empezaba a explicar que, por supuesto, la ayudaríamos, solo que ese no era el mejor momento. Y al final siempre le transfería el dinero. Pero esta vez me miró a mí, no a su madre.

—Hoy no voy a transferirte mil euros —dijo—. Y no volveré a enviarte dinero sin una prescripción médica o una factura de la clínica.

—¿Así que confías más en ella que en mí?

—Quiero saber para qué te estoy ayudando exactamente. No es lo mismo.

Helen se levantó y recogió el bolso. No dijo que se había equivocado ni pidió perdón. Antes de apartarse de la mesa, se volvió hacia mí:

—Espero que estés contenta. Pero no te sorprendas si algún día Thomas recuerda cómo trataste a su madre.

La puerta se cerró. Thomas se quedó sentado, apretando con los dedos el borde de una hoja. No le dije que ahora todo estaba claro. Aún tenía que decidir por sí mismo qué era lo que había visto.

—¿De dónde has sacado el extracto? —preguntó.

—No lo conseguí de la manera en que deberían obtenerse los documentos financieros de otra persona. Entiendo que eso pueda plantear preguntas. Pero las cifras coinciden con lo que ya sabíamos: el viaje, la foto y las fechas en que nos pidió dinero.

Guardó silencio y luego me preguntó si los papeles eran falsos. Le respondí que no los había falsificado, pero que tampoco pensaba usarlos como prueba en un juicio ni enviárselos a nadie. Necesitaba detener otra transferencia, no humillar públicamente a Helen.

—Debería haberle pedido yo los documentos —dijo Thomas.

—Sí.

Apartó la mirada. No suavicé mi respuesta. Si le hubiera dicho otra vez que no pasaba nada, habríamos vuelto a lo de siempre: Helen pide, Thomas se asusta, yo acepto y nuestro objetivo común se retrasa otro mes.

En casa, no alargamos la conversación hasta bien entrada la noche. Thomas guardó el extracto en un cajón y yo abrí nuestro presupuesto. En la cuenta de ahorros quedaba menos de lo que habíamos previsto para esas fechas. Ya habíamos hecho dos transferencias para Helen: seiscientos euros para las inyecciones y quinientos para las pruebas. No teníamos ninguna garantía de que se hubiera hecho la resonancia.

—No quiero volver a tomar decisiones así por teléfono —dijo Thomas—, aunque se ponga a llorar.

—Entonces decidamos qué vamos a hacer antes de que vuelva a llamar, no en medio de la llamada.

Al día siguiente, llamamos juntos al banco y abrimos una cuenta de ahorro separada para la entrada de la vivienda. Transferimos allí el dinero restante que ambos acordamos considerar intocable y programamos aportaciones periódicas de nuestros sueldos. El dinero para los gastos cotidianos se quedó en la cuenta de siempre. Acordamos que hablaríamos entre los dos antes de ayudar económicamente a nuestros familiares y que no tocaríamos los ahorros para la vivienda sin tomar una decisión conjunta.

No era un castigo para Helen ni significaba que nos negáramos a ayudarla si de verdad estaba en apuros. Simplemente, ya no pensábamos darle dinero en efectivo sin saber en qué se gastaría. Si le prescribían pruebas, le pediríamos que nos enseñara la orden médica y nos ofreceríamos a pagarlas directamente en la clínica. Thomas anotó esa frase en el teléfono para no tener que improvisar excusas la próxima vez.

Helen llamó por la noche. Primero le preguntó a Thomas si había cambiado de opinión sobre el dinero y luego dijo que le resultaba desagradable sentirse vigilada. Él respondió que no pensaba controlar sus compras, pero que no pagaría un tratamiento sin justificante. Ella calificó esa condición de ofensiva y terminó la llamada.

Durante unos días, Thomas estuvo taciturno. Cogió el teléfono dos veces para escribirle a su madre y en ambas ocasiones volvió a dejarlo sin enviar el mensaje. No le exigí que dejara de hablar con ella. Podía llamarla, visitarla, ayudarla con la compra o llevarla al médico. Pero transferirle dinero ya no sería una forma de acallar la inquietud.

Una semana después, Helen le escribió que, al parecer, el médico volvía a insistir en que se hiciera las pruebas. No indicó cuánto costarían. Thomas le preguntó cuándo tenía la cita y si podía enseñarle la prescripción. No hubo respuesta. No me llamó para preguntarme qué hacer ni le envió dinero por su cuenta.

Más tarde, ella llamó y dijo que se las apañaría sola. En su voz no había ni arrepentimiento ni la queja de antes sobre lo débil que se encontraba. Thomas la escuchó, le preguntó si necesitaba que la llevara al médico y ella dijo que no.

No hablamos del extracto con otros familiares ni volvimos a sacar el tema durante la cena. Helen mantuvo las distancias y Thomas no intentó comprar su afecto con otra transferencia. Por las noches volvimos a abrir los planes de pisos y a comprobar cuánto habíamos conseguido ahorrar ese mes.

La cuenta crecía despacio. Pero ahora, cuando sonaba el teléfono, Thomas primero preguntaba qué había pasado, no cuánto dinero hacía falta enviar. Y yo ya no aceptaba por los dos.