Me di cuenta de que mi madre no había venido solo de visita cuando empezó a cambiar el orden de mi piso como si llevara mucho tiempo considerándolo suyo. Allí vivía yo, allí estaban mis cosas y allí dormía mi gato gris; ahora, en cambio, mi madre decía que iba a vivir conmigo y esperaba que le cediera no solo espacio, sino también el derecho a decidir cómo debía organizarse la casa.

Había llegado con una maleta y varias bolsas, y me había dicho que se quedaría en mi casa hasta que resolviera sus asuntos. Le pregunté cuánto tiempo pensaba quedarse, pero mi madre contestó con evasivas: que ya se vería. No quería discutir nada más entrar y decidí que lo hablaríamos más adelante. Entonces me pareció que bastaría con tener un poco de paciencia y llegar a un acuerdo.

La primera señal de alarma fue un chirrido seco en la cocina. Volví y vi a mi madre raspando con un cuchillo el fondo de hierro fundido de mi sartén. Dejé la bolsa junto a la puerta y tardé un momento en creer que de verdad estaba rascando el revestimiento.

El cuchillo arañaba el metal con movimientos cortos y bruscos. Me quedé paralizado un segundo, esperando que solo estuviera quitando un trozo quemado, pero el fondo ya mostraba marcas. Mi madre seguía concentrada en lo que hacía, como si yo no estuviera en la cocina.

—¿Qué haces? Tiene un revestimiento por dentro, lo vas a estropear.

No se volvió. Levantó con la uña una película marrón y la sacudió en el fregadero.

—Eso no es un revestimiento, es suciedad. No se puede dar de comer a un hombre con una sartén así.

Le quité la sartén, pero ella ya había abierto el grifo del agua hirviendo. El hierro golpeó el esmalte y el vapor subió hasta la campana extractora. Mi madre no me preguntó si podía tocar mis cosas; estaba convencida de que me hacía un favor poniendo orden a su manera. Yo aún esperaba que el problema se limitara a la sartén.

Después revisó la compra que había traído del supermercado. Quería azúcar en terrones, del duro, y yo había comprado azúcar normal, granulado. Se echó un poco en la palma, hizo una mueca y me miró como si hubiera ignorado sus instrucciones a propósito.

—Te dije que compraras azúcar en terrones.

—No había. He cogido el que encontré.

—Entonces tendrías que haber buscado en otro sitio.

Volvió a echar el azúcar en la bolsa y la apartó hacia el borde de la mesa, como si la compra ya hubiera quedado oficialmente desaprobada. Me encogí de hombros: en la tienda había cogido lo que había y no veía sentido a convertir una compra corriente en una discusión. Pero por su expresión estaba claro que para ella no era una nimiedad, sino una excusa más para señalar mi incompetencia.

No discutí por el azúcar. Pero mi madre siguió: no le gustaba cómo compraba la comida, cómo guardaba la vajilla ni lo que yo consideraba limpio. Hablaba de cosas sin importancia con tanta seguridad, como si ya mandara en la cocina y a mí solo me tocara cumplir sus órdenes. Su ventaja estaba clara: si yo aceptaba una orden, luego le resultaría más fácil comportarse en mi piso no como una invitada, sino como la dueña.

Le pedí que no tirara ni estropeara mis cosas sin preguntarme. Le dije que estaba dispuesto a hablar de las normas de convivencia si teníamos en cuenta las necesidades de los dos, pero que no pensaba dar explicaciones todos los días sobre lo que compraba y cómo cocinaba. Intenté hablar con calma, sin levantar la voz, aunque por dentro la irritación iba en aumento. Quería que entendiera que no era un reproche, sino una petición sencilla: que respetara mis límites.

—No estoy aquí para pedir permiso por cada tontería —respondió mi madre—. Ahora vivo aquí y en casa tiene que haber orden.

A partir de entonces empezó a organizar no solo la cocina. Cambiaba cosas de sitio, despejaba estantes para ella y explicaba que así era más cómodo. Volví a pedirle que no decidiera por mí qué se podía mover o guardar. Me escuchaba, pero siempre volvía a lo mismo: como vivía allí, tenía derecho a imponer el orden. Entendí que ceder no iba a servir para tener una tarde tranquila: ella interpretaba cada concesión como si yo aceptara entregarle toda la casa.

Intenté recordarme que mi madre no estaba acostumbrada a pedir permiso y que quizá solo quería ayudar. Pero una cosa era doblar las toallas de otra manera y otra comportarse como si mis objeciones no significaran nada. Por la noche descubrí que había cambiado mis libros de sitio y quitado las llaves de la mesita. Cuando le pregunté dónde estaban, me dijo que les había encontrado «un sitio como es debido». Volví a dejar las llaves donde las había tenido siempre.

El gato gris estaba tumbado en su alfombrilla de fieltro, debajo del perchero, cuando mi madre reparó en él e hizo una mueca. No le gustaba que anduviera por el piso y dijo que un animal no pintaba nada allí. Le respondí que el gato se quedaría y le pedí que no lo tocara. Mi madre no entendió aquello como un límite, sino como otra objeción que podía no tomarse en serio. El gato levantó la cabeza, pero se quedó en la alfombrilla, y yo no aparté los ojos de mi madre.

—No puedes estar diciéndome todo el tiempo lo que tengo que hacer —dije—. Esta es mi casa y el gato vive aquí.

No respondió. La siguiente vez que me acerqué a la entrada, mi madre agarró al gato y lo echó fuera por la puerta. Luego se volvió hacia mí, sin ocultar ya que consideraba zanjada la cuestión de su lugar en el piso. Di un paso hacia el umbral, pero antes de salir al rellano tiré de la puerta hacia mí y miré a mi madre.

—No volverás a tocar a mi gato y ahora mismo te vas de mi casa —cortó Daniel, abriendo de par en par la puerta de entrada…

Mi madre miró la puerta abierta de par en par y luego me miró a mí. No se movió. En el pasillo, al otro lado del umbral, Tomás estaba pegado a la pared, inmóvil, con las orejas temblándole por las voces.

—¿Has perdido completamente la cabeza? —preguntó—. ¿Echas a tu madre por un gato?

Salí al rellano y me agaché junto a Tomás. Se apartó cuando le tendí la mano, pero al cabo de un segundo dejó que lo cogiera. Tenía polvo pegado en un costado y las patas frías. Lo examiné, no encontré sangre y lo apreté contra mí para que dejara de temblar.

—No te estoy pidiendo que te vayas por el gato —dije al volver al piso—. Has decidido que puedes cambiarlo todo aquí sin preguntarle a nadie. Ahora soy yo quien te dice que eso se ha acabado.

Mi madre dio un paso tras de mí, como si fuera a cortarme el paso, pero pasé de largo y dejé al gato en su alfombrilla. Tomás se metió enseguida debajo del perchero. Dejé la puerta de entrada abierta.

—Cierra la puerta —dijo mi madre con brusquedad—. Los vecinos nos oirán.

—Que nos oigan. Recoge tus cosas.

Me miró como me miraba siempre que esperaba que cediera: primero me callaría, luego empezaría a explicar que no había querido ofenderla y, al final, aceptaría lo que me exigía. Durante años, yo mismo había convertido cualquier desacuerdo en un intento de hacer las paces. Pero esta vez no me justifiqué ni discutí sobre quién le debía qué a quién.

—No me voy a ninguna parte. Soy tu madre —dijo.

—Puedes ser mi madre y no vivir en mi piso. Yo no acepté que te mudaras.

Se rio con desdén y empezó a decir que yo era un desagradecido, que había venido a ayudarme y que yo la estaba echando a la calle. Luego volvió a hablar del gato: según ella, un animal me importaba más que mi propia madre. No contesté. Recogí su bolsa del suelo y la puse junto a la maleta, contra la pared.

—No toques mis cosas.

—Entonces recógelas tú.

Mi madre no cogió la bolsa. En vez de eso, fue a la cocina y empezó a meter en otra bolsa la comida que había traído. Luego se detuvo junto al fregadero y miró la sartén. El fondo rayado se veía oscuro bajo el agua. Alargó la mano, pero cogí la sartén y la puse aparte para que se secara.

—¿Vas a seguir dando órdenes incluso ahora? —preguntó.

—Es mía. No volverás a tocarla.

Tiró la bolsa sobre la mesa y dijo que, si era tan independiente, tendría que apañármelas solo con todo. Antes aquellas palabras habrían bastado para que me ablandara enseguida. Estaba acostumbrado a intentar demostrarle, después de sus reproches, que sí me importaba: le ofrecía quedarse una noche más, prometía comportarme con más calma y aceptaba no sacar temas incómodos. Eso era justo lo que esperaba. Pero me limité a apartar la bolsa del borde para que no se cayera.

—Llama a alguien —dijo—. Que venga a buscarme.

—Llama tú. O pide un taxi.

Me respondió que no tenía ganas de buscarse la vida a esas horas de la tarde y que, como mínimo, yo tenía la obligación de llevarla. Le dije que podía pedir un coche, pero que no la llevaría a un sitio que no me hubiera indicado. Mi madre se volvió de espaldas, sacó el móvil y se quedó mirando la pantalla un buen rato, repasando sus contactos. No intenté adivinar a quién llamaría ni me ofrecí a decidir por ella.

Mientras hablaba en la cocina, fui al baño a buscar el transportín. Tomás no quería meterse y no lo apuré. Coloqué dentro su manta de siempre, dejé la puerta abierta y me senté a su lado en cuclillas. Al cabo de unos minutos, el gato entró con cautela por su cuenta.

Comprobé que la puerta no se cerrara de golpe y coloqué el transportín de manera que Tomás pudiera verme. Seguía pendiente de las voces que llegaban de la cocina, pero ya no temblaba. Le hablé en voz baja, repitiendo las palabras de siempre con las que lo tranquilizaba cuando lo llevaba al veterinario. Mi madre terminó la llamada y yo seguí sentado junto al transportín, procurando no hacer movimientos bruscos.

Mi madre volvió al pasillo.

—He llamado. Me están esperando —dijo—. Pero no te creas que voy a olvidar cómo me has tratado.

—No me lo creo.

Esta vez no obtuvo de mí la promesa de siempre de que lo arreglaría todo. Se le endureció la cara. Cerró la maleta de un tirón, aunque todavía quedaban algunas cosas en el sillón. No las recogí por ella. Mi madre volvió por su cuenta, cogió el abrigo del perchero y metió lo demás en la bolsa.

Mientras recogía, comprobé que no se hubiera dejado los medicamentos en el baño y los puse junto a la bolsa. No porque hubiera cambiado de opinión, sino porque no quería que descubriera que se los había olvidado cuando ya estuviera de camino. Mi madre vio el blíster y se quedó callada un instante, pero no me dio las gracias. Yo tampoco dije nada.

Cuando el coche paró abajo, agarró la maleta por el asa. Abrí la puerta y me aparté para dejarle paso. Mi madre se detuvo en el umbral, miró el piso y dijo que algún día le pediría que volviera.

—Si quieres recoger lo que te queda, avísame antes —respondí.

—No me digas cuándo puedo venir.

—Entonces no abriré si no me avisas.

Hizo una mueca, pero no discutió. La maleta golpeó con fuerza contra un escalón. Bajé un tramo, la ayudé a llevarla hasta la entrada del edificio y la dejé junto al coche. Mi madre se subió sin despedirse. Esperé a que se cerrara la puerta y volví arriba.

Tomás seguía dentro del transportín. Abrí la puerta, puse un cuenco con agua al lado y volví a revisarle las patas. No salió enseguida; olisqueó la alfombrilla y luego se adentró con cautela en la habitación. Limpié la marca que había dejado la maleta en el suelo y cerré la puerta de entrada.

Me quedé unos minutos de pie, en silencio, en medio del recibidor. El piso se veía casi igual que por la mañana, pero después del ruido y las discusiones me parecía ajeno. Recogí del suelo un pañuelo que mi madre se había dejado, lo puse junto a la caja de las cosas y volví con el gato. Tomás estaba debajo de la mesa y no se acercó al cuenco hasta que me senté a su lado. Dejé el agua más cerca y le di tiempo.

Al día siguiente llamé a la clínica veterinaria y les conté lo ocurrido. Me aconsejaron que vigilara al gato y lo llevara a una revisión si empezaba a cojear o dejaba de comer. Tomás comió por la tarde, pero solo se acercaba a la puerta después de que yo pasara primero.

No intenté obligarlo a salir al rellano ni comprobar cuánto tardaba en tranquilizarse. Guardé el transportín en el armario y dejé la alfombrilla en su sitio. Antes de acostarme, me paré varias veces a escuchar los ruidos del pasillo. Tomás se acomodó junto a la cama y, solo al amanecer, volvió a hacerse un ovillo en su lugar de siempre.

Mi madre escribió que iría a recoger lo que le quedaba el fin de semana. En el mensaje había varios reproches y ni una sola pregunta por el gato. Le contesté que estaría en casa por la tarde y le pedí que no viniera con nadie sin avisar. Me mandó un escueto: «Vale».

Al día siguiente me envió otro mensaje, esta vez sin reproches, pero recordándome que podría haber actuado con más tacto. Lo leí y dejé el móvil a un lado. Antes habría empezado enseguida a buscar las palabras adecuadas para no enfadarla aún más y, seguramente, habría terminado disculpándome por haberle llevado la contraria. Esta vez decidí no contestar hasta tener claro qué quería decir de verdad.

Vino a la hora acordada, sola. Esta vez no entró en la cocina ni se puso a revisar los estantes. Dejé en la puerta una caja con lo que se había olvidado y ella comprobó el contenido y añadió el jersey que había quedado en el sillón. Después me pidió que me llevara la bolsa de comida, que seguía en la mesa.

—Cógela —dijo—. A mí no me hace falta.

Puse la bolsa junto a la caja. Se llevó todo menos la bolsa.

—Al menos podrías haber hablado conmigo como es debido —dijo mi madre.

—Lo hice. No me escuchaste hasta que dejé de ceder.

No respondió. No intenté retenerla en la puerta ni la invité a entrar a tomar un té. Mi madre se fue con la caja y la bolsa, y dejó la comida en la alfombrilla del pasillo. La llevé a la cocina, la ordené y tiré lo que se había estropeado.

Antes de cerrar la puerta, me aseguré de que no hubiera nadie en la escalera y volví al piso. Tomás salió de debajo del perchero y se frotó contra mi pierna. Le serví agua y me di cuenta de que por fin se había acercado a la puerta por su cuenta, sin esperar a que yo pasara primero. Era un gesto pequeño, pero aquel día me pareció importante.

Después de aquello, no volvió a aparecer sin llamar. A veces me escribía para decirme que me había portado cruelmente; otras, me preguntaba qué tal estaba. Contestaba cuando me sentía preparado y no convertía cada conversación en una invitación a volver a la dinámica de antes. No se disculpó por la sartén ni por el gato, y yo no fingí que no había pasado nada.

Al principio, cada mensaje nuevo me ponía tenso. Me sorprendía pensando que volvería a recibir reproches o que me exigiría que fuera a verla inmediatamente. Pero poco a poco dejé de mirar el móvil cada pocos minutos. Si mi madre me escribía algo normal, le contestaba con normalidad. Si empezaba con los reproches, no intentaba convencerla con una conversación interminable y daba por terminada la charla.

No creía haber resuelto todos nuestros problemas en una sola tarde. Mi madre seguía siendo mi madre y no quería convertir lo ocurrido en una guerra. Pero el parentesco no significaba que pudiera disponer de mi casa ni echar a mi gato por la puerta. Aceptarlo resultó más difícil que decirlo en voz alta.

Tomás volvió a dormir en su alfombrilla, debajo del perchero. La puerta se cerraba tras de mí y en el piso nadie decidía por mí cómo debían ser las cosas.