— ¡Lo que hiciste no tiene perdón! Así que junta tus cosas y lárgate de aquí, a donde quieras. Con tu amante o con tu madre. ¡Me da igual!
— …¿qué haces tú aquí?
La pregunta cayó en el silencio pegajoso del dormitorio, cargado de perfume ajeno y sudor, como un bloque de hielo. La voz de Clara era completamente plana, sin una sola emoción, y fue precisamente esa calma la que hizo que a Marco no le recorriera un simple escalofrío, sino una oleada de terror helado. Se quedó inmóvil, como un animal atrapado, mirando a su esposa en el marco de la puerta. A su lado, sobre la cama revuelta, una chica de cabello platinado y despeinado soltó un chillido y trató de cubrirse con la sábana, con los ojos de un conejo asustado.
Clara no miraba a su marido. Su mirada, pesada y evaluadora, estaba fija en la chica. No había dolor, ni sorpresa, ni siquiera odio. Solo un interés frío, casi clínico, como el de un entomólogo observando un insecto raro y desagradable. Dio un paso dentro del cuarto; su movimiento fue lento y controlado, como el de una pantera antes de atacar. Todo el caos se concentraba en la cama, donde Marco intentaba ponerse los pantalones sin lograrlo, mientras su amante se encogía contra la cabecera.
*
Sin decir una palabra más, Clara se acercó. No gritó ni armó escándalo. Simplemente extendió la mano y, con un agarre de hierro, tomó el cabello decolorado, endurecido por la laca, de la amante. El grito de miedo se convirtió en un alarido cuando, con un solo movimiento fuerte y preciso, arrancó el cuerpo desnudo y retorciéndose de la cama y lo lanzó al suelo. No prestó atención a los balbuceos de Marco —que repetía que fue un error, que no quiso— ni a las uñas que le arañaban el brazo. Arrastró a la chica por todo el departamento como si fuera una bolsa de basura que había que sacar de una vez.
En el pasillo abrió de golpe la puerta de entrada, giró a la muchacha lloriqueante hacia ella y, sin soltarle el pelo, estrelló su cara contra el marco con una fuerza corta y calculada. El crujido seco de los cartílagos rompiéndose resonó con brutal claridad. La sangre salpicó la pared clara como una mancha oscura. Clara abrió los dedos y el cuerpo flojo, gimiendo apenas, cayó al rellano del edificio.
Volvió adentro. Marco, ya con los pantalones puestos, se lanzó hacia ella. Tenía la cara pálida, deformada por el miedo y un arrepentimiento tardío.
— ¡Clara! ¡Amor, perdóname! No sé cómo pasó, yo…
Ella pasó a su lado como si no existiera. Abrió el clóset compartido y empezó a tirar sus cosas al piso, una por una: camisas caras, el traje que tanto le gustaba, jeans, camisetas. Luego juntó todo en brazos, lo arrastró hasta el balcón y comenzó a tirarlo abajo, al patio embarrado por la lluvia reciente. La ropa caía como bultos oscuros, chapoteando en los charcos.
*
Marco cayó de rodillas en el pasillo, intentando abrazarle las piernas. Su cuerpo temblaba sin control.
— Clara, por favor… no hagas esto. ¡Haré lo que sea! ¡Todo lo que me pidas! ¡Solo no me eches!
Ella lo miró desde arriba. En su mirada había un desprecio tan frío y absoluto que él retrocedió por instinto. Esperó a que terminara, a que su llanto se volviera un sollozo miserable, y dijo con la misma voz calma, implacable:
— Lo que hiciste no tiene perdón. Así que junta tus cosas y vete a donde quieras. Con tu amante o con tu madre. Me da igual.
Se quedó paralizado. Luego miró hacia el balcón, donde todo lo que tenía estaba tirado en el suelo. El pánico terminó de borrar cualquier resto de razón. Salió corriendo del departamento y, descalzo, solo con los pantalones puestos, bajó las escaleras para rescatar sus cosas. Clara esperó a que el ruido de sus pasos se perdiera. Cerró la puerta con calma, giró la llave del cerrojo de arriba y luego la de abajo. Sacó el celular.
— Buenas tardes. Necesito un cambio urgente de cerraduras. Sí, ahora mismo. Le paso la dirección.
*
Y entonces escuchó el sonido que marcaba el final
Los golpes contra la puerta eran inútiles. No hacían temblar el departamento; solo dejaban claro que ya no era accesible. Marco, con la ropa sucia y mojada en brazos, volvió y se enfrentó a lo que más temía. La llave no giraba. Ni siquiera entraba por completo. Tras unos segundos lo entendió: el pestillo interior, ese que nunca usaban.
— ¡Clara! ¡Abre! Por favor, hablemos.
Su voz se quebraba. Primero suplicó, luego gritó. Golpeaba la puerta con la mano abierta, como si un sonido menos violento pudiera ablandarla.
— ¡Este departamento también es mío! ¡No puedes sacarme así!
Del otro lado, silencio. No vacío, sino espeso, aplastante, peor que cualquier grito.
Dentro, Clara actuaba. Quitó la ropa de cama, la hizo un bulto apretado, la metió en bolsas de basura y las dejó junto a la puerta. Limpió la mancha de sangre del marco con desinfectante. El olor a cloro lo invadió todo.
— ¡Voy a tumbar la puerta! ¿Me oyes? ¡Te vas a arrepentir!
Las amenazas se mezclaron con la desesperación. Clara se metió a la ducha. Larga, caliente, purificadora. Al salir, el departamento estaba en silencio. Preparó la cena. Una de verdad.
El timbre sonó de forma insistente. Por la mirilla vio a Marco junto a un cerrajero con una caja de herramientas.
*
— ¡Clara! ¡No lo hagas!
Ella no respondió. Encendió la campana de la cocina y puso la carne en el sartén. Poco después escuchó el chillido agudo del taladro perforando el metal. El sonido del final. El sonido de su libertad.
— Marco, hijo… ¿qué es todo esto?
La voz de la señora Dubois cortó el aire del pasillo. Miró la ropa en el suelo, a su hijo, la cerradura nueva… y lo entendió todo.
— Mamá, está loca —dijo él, desesperado—. Me echó, cambió las cerraduras.
La policía llegó rápido.
Clara abrió la puerta solo al oficial. Los documentos ya estaban sobre la mesa.
— El departamento es suyo —dijo él tras revisarlos—. Exclusivamente.
— Sí.
— ¿Y el esposo?
— En proceso de divorcio. La demanda se presentó esta mañana.
Marco palideció.
— Tiene que retirarse del inmueble —dijo el oficial con frialdad.
Minutos después, en el pasillo solo quedó el eco de unos pasos.
Clara cerró la puerta. Giró la llave. Se sentó y terminó de cenar.
Su vida no se había terminado.
Simplemente había vuelto a su lugar.