Ana llevaba casi dos días sin pegar un ojo. El viaje de trabajo la había dejado exhausta: reuniones interminables, negociaciones tensas y la cabeza siempre en casa. Su suegra estaba internada tras un derrame cerebral; los médicos hablaban con cautela, sin prometer nada. Y su esposo —Marco— llamaba todas las noches y repetía lo mismo, como si fuera un rezo capaz de sostenerlo todo:
—No te preocupes, estoy aquí. Yo me encargo de todo.
Ana le creía. En quince años de matrimonio, Marco nunca le había dado motivos para desconfiar. Era firme, tranquilo, un poco distante… pero siempre había sido así. Justamente por eso, alguien en quien apoyarse cuando todo parecía venirse abajo.
El tren llegó al andén al amanecer. La estación gris, el olor a café recalentado y a metal frío. Ana ya organizaba mentalmente el recorrido: taxi — hospital — habitación. Cada minuto valía oro. Iba con prisa. Por eso, al principio pensó que el cansancio le estaba jugando una mala pasada.
En el andén de enfrente vio a Marco.
*
Estaba de espaldas, con su chamarra oscura y la misma maleta que solía llevar cuando viajaba. El corazón de Ana se le aceleró de golpe: era extraño, casi absurdo, porque él debería estar en el hospital con su madre. Incluso dio un paso hacia adelante, a punto de llamarlo, con su nombre ya en los labios.
Entonces notó que no estaba solo.
A su lado había una mujer. Joven. Demasiado cerca. Ella lo sujetaba del brazo y le hablaba en voz baja, casi al oído, y él… sonreía. No con esa sonrisa cordial que se le dedica a cualquiera. Sonreía de una manera cálida, íntima. Así le sonreía a Ana… antes.
El mundo pareció detenerse. El ruido del tren se apagó, la gente se volvió borrosa, y todo quedó reducido a una sola escena. Solo esa imagen, como una obra mal montada en la que había entrado sin querer y de la que no podía salir sin ver el final.
Ana no se acercó. No gritó. No armó un escándalo. Simplemente se quedó ahí, mirando cómo su esposo abrazaba a la mujer a modo de despedida. Cómo tomaba de sus manos una maleta pequeña. Cómo la besaba en la sien, rápido y seguro, como si fuera un gesto habitual.
Y entonces Marco se dio vuelta… y sus miradas se encontraron.
En ese instante, Ana supo que estaba a punto de escuchar una verdad de la que no habría vuelta atrás.
—Tenemos que hablar —dijo él, y el andén se volvió demasiado pequeño para esas palabras.
*
—Tenemos que hablar —repitió, con una voz en la que no había ni confusión ni disculpas.
Ana asintió. En silencio. Como si cualquier palabra pudiera romper el frágil equilibrio que todavía la sostenía. Salieron del andén sin mirar atrás. El taxi avanzaba demasiado despacio y la ciudad, detrás del vidrio, se sentía ajena y distante.
—Deberías estar en el hospital —dijo ella por fin, mirando al frente.
—Estuve ahí —respondió Marco tras una breve pausa—. En la madrugada. Ahora… ahora está estable.
Ese “ahora” le dolió como una punzada. Ana lo miró:
—¿Y ella? ¿Quién es?
Marco cerró los ojos, como si juntara fuerzas.
—Se llama Elisa. Esto… no fue algo casual. No lo planeé, pero pasó.
*
Ana esbozó una sonrisa breve y amarga.
—Siempre “pasa”, ¿no? Entre el “no lo planeé” y el “la besé en la sien”.
El taxi se detuvo frente al hospital. Un edificio blanco, olor a desinfectante, pasos apurados en los pasillos. Su suegra dormía. Los aparatos pitaban suavemente, confirmando que seguía ahí, que aún luchaba. Ana miró su rostro y de pronto sintió un cansancio profundo, definitivo.
—Ya no puedo más, Marco —dijo en voz baja—. Vine porque confiaba en vos. Porque pensaba que todavía existía un “nosotros”.
Él estaba a su lado, pero parecía separado por un vidrio invisible.
—Me perdí —admitió—. No quise hacerte daño.
*
—Pero lo hiciste —Ana levantó la mirada—. ¿Y sabés qué es lo peor? No es ella. Es que ya no siento rabia. Solo vacío.
Marco intentó tomarle la mano, pero Ana la retiró.
—Ahora no. Y tal vez… nunca.
Unas horas después, Ana salió sola del hospital. Afuera había sol, un calor casi primaveral, como una burla frente a lo que llevaba por dentro. Caminaba despacio, por primera vez en mucho tiempo sin apuro. No tenía planes, solo una certeza clara: su vida no había terminado en ese andén.
Se detuvo, respiró hondo y se dijo en voz baja:
—Voy a salir adelante.
Y en ese momento, por primera vez en dos días, sintió que quizá fuera verdad.