—¿Sabes, Clara, cuál sería el mejor regalo para este Año Nuevo? —Lucas ni siquiera la miró al decirlo. Se sirvió una copa de espumante y se recostó en la silla—. Que no existieras. De verdad. Despertarme por la mañana… y que tú no estés. Para nada.

Clara estaba frente a la estufa. Daba vuelta las hamburguesas en el sartén. Una. Dos. Tres. El aceite chisporroteaba, como marcando cada segundo. No se dio la vuelta.

—¿Me estás escuchando o otra vez estás en tu mundo? —su voz se volvió más fuerte, más cortante.

—Te escucho —respondió ella, tranquila—. Ve, toma algo. Faltan diez minutos para medianoche.

Él resopló y se levantó. Clara escuchó cómo en la sala movía las copas con brusquedad, golpeando los muebles. Encendió el televisor a todo volumen. Ella apagó la estufa y se secó las manos con un trapo. Sobre la mesa estaba la carpeta con los documentos, ordenada con cuidado, preparada desde la mañana. Clara la tomó, subió al dormitorio y se recostó sobre la colcha sin cambiarse. Las manos no le temblaban. Abajo, Lucas gritaba, se reía solo, brindaba con la nada.

Cuando el reloj marcó las doce, Clara cerró los ojos. Al día siguiente él despertaría en otra vida. En la que ella había preparado para él durante siete años: en silencio, con paciencia, paso a paso.

Todo empezó en el garaje.

Seis meses después de aquel accidente fatal en la carretera, Clara por fin se animó a revisar las cosas de su padre. Antes no había podido: cada caja pesaba demasiado. Lucas la apuraba todo el tiempo: había que desocupar el lugar, rentarlo, no tenía sentido dejarlo ahí sin usar. Lo repetía cada noche —durante la cena, frente al televisor, como si nada—. Hablaba sin mirarla.

*

En el garaje, Clara encontró una libreta debajo del banco de trabajo. Gastada, con la tapa de cuero cuarteada. Su padre anotaba ahí todo: los documentos que firmaba, fechas, números, montos. Pasaba las páginas y sentía cómo se le enfriaban los dedos. Ahí estaba: la anotación sobre el traspaso del negocio a Lucas. Fecha: una semana antes de la boda. Y al lado, una nota breve con la letra de su padre: «Sin mi conocimiento. Revisar».

Clara se sentó despacio en el piso de cemento. El garaje estaba frío, olía a caucho y a polvo. Permaneció ahí un largo rato, inmóvil, como si temiera espantar sus propios pensamientos. Luego se levantó, escondió la libreta bajo la chaqueta y regresó a casa.

Lucas la esperaba en la puerta.

—Tres horas fuera. La cena, supongo, me la recaliento yo solo. ¿O crees que soy tu empleado?

—Ya la caliento —dijo Clara, pasando a su lado en silencio rumbo a la cocina.

—Y además, deja de hurgar en ese garaje. No hay nada que buscar ahí. Tu papá, que en paz descanse, era buena persona, pero tenía un desorden tremendo…

Seguía hablando, como siempre: molesto, seguro de sí mismo. Y Clara ya lo sabía: sí había algo que encontrar. Y ese “desorden” algún día iba a borrar su seguridad hasta el último número de su app bancaria.

Porque a veces lo más terrible no es perder a una persona.
Lo más terrible es despertar y darte cuenta de que todo lo que creías tuyo… ya no lo es.

*

Clara empezó por el silencio.

Dejó de discutir. No preguntaba dónde había estado. No se estremecía cuando levantaba la voz. Lucas se acostumbró rápido a eso: a la mujer cómoda, casi invisible, a su lado. Confundía el silencio con sumisión y el cansancio con debilidad.

Mientras tanto, ella reunía pruebas.

La libreta de su padre no era lo único. A través de un notario de confianza, Clara accedió con discreción a los archivos. Contratos, poderes, anexos. Muchas firmas de Lucas aparecían en fechas en las que su padre ya estaba hospitalizado. Algunas ni siquiera eran suyas. Demasiado perfectas. Demasiado firmes.

Por las noches se sentaba en la mesa de la cocina mientras Lucas roncaba en el dormitorio. Comparaba cifras, sacaba copias, guardaba todo en la misma carpeta. A veces cerraba los ojos y veía a su padre: vivo, serio, atento. Nunca confiaba en nadie sin comprobar. Ni siquiera en quienes llamaba familia.

Lucas, en cambio, prosperaba. Compró un auto nuevo, desaparecía cada vez más “por trabajo”. Hablaba de socios, de expansión, de que pronto “iban a empezar a vivir de verdad”. Clara escuchaba y asentía. A veces incluso sonreía.

*

Para el otoño todo estaba listo. Pero esperó.

Quería que él lo dijera primero.
Que dijera en voz alta que ella sobraba.

Y lo dijo. En la noche de Año Nuevo.

A la mañana siguiente, Lucas despertó tarde. La cabeza le latía, la boca estaba seca. Tomó el celular por reflejo… y se quedó helado. Demasiadas llamadas perdidas. El banco. La contadora. Alguien más.

—¡Clara! —gritó sin levantarse—. ¿Dónde está mi otro celular?

Silencio.

Salió a la sala. Vacía. Sobre la mesa estaba la carpeta, perfectamente acomodada. La misma. A un lado, las llaves del auto y una nota corta.

«Querías despertar en una vida sin mí. Felicidades. Esta es».

Se sentó. Luego se levantó de golpe y empezó a revisar los documentos. Página tras página, su expresión cambiaba: de enojo a confusión, de confusión a miedo.

Revocación de poderes. Impugnación de contratos. Cuentas congeladas. Administración provisional. Sus firmas: falsificadas. La pericia ya estaba solicitada. La denuncia presentada un mes antes.

El teléfono volvió a sonar.

—Lucas, ¿sabes que las cuentas están bloqueadas? —la voz de la contadora temblaba—. Y los socios… se están bajando. Hablan de riesgos legales.

No respondió. Se quedó mirando la pared.

Dos horas después estaba frente a una oficina vacía. Su despacho estaba clausurado. En la puerta, un aviso oficial. El guardia de seguridad —el mismo que él había contratado un año antes— lo miraba con una compasión incómoda.

*

—Lo siento, Lucas. Son órdenes.

Esa noche entendió lo esencial: no fue un impulso. Ni una locura. Fue una guerra ganada mucho antes del primer golpe.

Clara, mientras tanto, viajaba en tren. Afuera, los campos cubiertos de nieve pasaban lentamente. En la mano tenía un boleto solo de ida y, por primera vez en muchos años, no sentía vacío, sino alivio.

El celular vibró. Un mensaje de Lucas. Largo. Primero rabia, luego amenazas, después súplicas. No lo terminó de leer. Lo borró.

Una semana después firmó los últimos papeles. El negocio volvió oficialmente a la herencia familiar. El dinero quedó bajo control. Todo era limpio. Legal. Sin escándalos.

Clara alquiló un departamento pequeño cerca del mar. Empezó a trabajar como consultora, con calma, sin presión. Por las tardes caminaba por el malecón y aprendía otra vez a respirar sin miedo.

A veces soñaba con su padre. No decía nada: solo asentía.

De Lucas se enteró por casualidad. Amigos en común comentaban en voz baja: deudas, juicios, el auto vendido. Intentó empezar de nuevo, pero sin capital ni reputación resultó mucho más difícil de lo que había imaginado.

Una noche de insomnio, Clara se dio cuenta de algo simple y definitivo:
ya no sentía rabia.
Ni por él.
Ni por ella misma.

Había recibido exactamente el regalo que merecía.

Y él… el que pidió con sus propias palabras.