Aquella tarde el aire estaba cargado de una expectativa casi dolorosa. Nochebuena: el único día del año en que incluso los adultos creen en secreto que la familia se reunirá alrededor de la mesa, que las velas se encenderán a tiempo y que el mundo será, aunque sea por unas horas, un lugar más cálido.
Ana también lo creía. Hasta el último minuto.

—Mamá, ¿cuándo va a llegar papá? —preguntó Leo, de pie junto a la ventana, mirando las luces lejanas de la ciudad.

Ana miró el reloj. Las diez y cuarenta. Marcos había prometido volver a las diez. La mesa estaba puesta, las ensaladas guardadas en la nevera, el pollo asado esperaba en el horno. Sobre la mesa, velas navideñas y una botella de caro vino que había comprado para la ocasión, aunque normalmente cuidaban cada gasto.

—Ya falta poco, cariño —dijo.

La voz le tembló. Afuera, la ciudad seguía despierta: bocinas lejanas, motores, el rumor constante del tráfico nocturno. Ana marcó el número de su marido por cuarta vez. Las tres llamadas anteriores las había rechazado. Esta vez, al menos, sonó.

—¿Qué pasa? —la voz de Marcos era apagada, molesta.

—¿Dónde estás? Te estamos esperando, ya son casi las once… hoy es Nochebuena.

—Ya te dije que me iba a retrasar. La ciudad está colapsada, un atasco infernal por todos lados. Además, se me vino encima trabajo de última hora. No me esperes, vete a dormir.

No me esperes.

*

Lo dijo con una ligereza cruel, como si hablara de una cena cualquiera y no de una noche que solo ocurre una vez al año. Ana apretó el teléfono con fuerza.

—Marcos, es Nochebuena. Leo lleva toda la tarde esperando…

—Ana, no empieces. No puedo ahora. Estoy agotado, ¿sí? Luego hablamos.

Pero detrás de su voz, más allá del fastidio, ella escuchó algo que no encajaba. Risas. Femeninas. Después, una voz masculina diciendo algo en tono burlón. Y música. Alta. Alegre. Nada familiar.

—¿Dónde estás? —preguntó ella, casi en un susurro.

—Te digo que atrapado en el tráfico. Ya está, hablamos luego.

Colgó.

Ana bajó lentamente la mano con el teléfono. El corazón le latía con tanta fuerza que parecía llenar toda la casa. Y casi de inmediato la pantalla volvió a encenderse: Marcos. Llamada entrante. Aceptó, pero no alcanzó a decir ni una palabra.

—…¿pero tú estás loco? ¿De verdad te vas a ir a casa ahora? —se oyó una voz ajena, joven, claramente alcoholizada.

—Ni de broma —era Marcos. No hablaba con ella, sino con alguien a su lado—. ¿Para qué voy a encerrarme en casa con la mujer y el niño cuando aquí está lo bueno? Ya le dije que no me esperara. Que celebre sola, si quiere.

Risas. El tintinear de copas. La música subió aún más. Marcos seguía hablando, bromeando, explicándose, pero Ana ya había dejado el teléfono sobre la mesa. No había colgado. Por error la había llamado de nuevo, y ahora ella lo oía todo.

Se acercó a la ventana, donde Leo seguía mirando hacia afuera, y lo rodeó con un brazo.

—Leo, ven conmigo —dijo con una calma que no sentía—. Vamos a ir a casa de la abuela y el abuelo. Ahora mismo.

El niño se volvió y asintió en silencio. No hizo preguntas. Los niños entienden mucho más de lo que dicen.

Ana apagó la luz de la cocina, sopló las velas de Navidad y miró por última vez la mesa perfectamente puesta. Aún no sabía que aquella Nochebuena marcaría un antes y un después.

Porque a la mañana siguiente Marcos diría una frase tras la cual ya no habría vuelta atrás…

*

En el camino, Leo se quedó dormido casi de inmediato. Ana conducía despacio, con la mirada fija en las luces rojas de los autos que avanzaban lentamente delante de ella. El tráfico seguía pesado incluso a esa hora. Dentro del coche reinaba un silencio espeso, más doloroso que cualquier discusión.

En casa de sus padres había luz. La puerta se abrió casi al instante, como si los estuvieran esperando.

—¿Anita? —la madre palideció al ver su rostro—. ¿Qué pasó?

Ana no respondió. Entró, ayudó a Leo a quitarse los zapatos y solo entonces dijo en voz baja:

—Nos vamos a quedar aquí.

El padre tomó la bolsa sin decir palabra. La madre abrazó al nieto, sin preguntas, sin reproches. Aquella noche Ana casi no durmió. Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa de noche. No quería escuchar nada más.

Por la mañana, cuando la casa se llenó del aroma del café recién hecho y de villancicos suaves en la radio, el teléfono vibró. Varias llamadas perdidas. Un mensaje.

«¿Por qué no contestas? ¿Dónde están?»

Ana miró la pantalla largo rato. Luego respondió, breve y firme:

«Estamos en casa de mis padres. No vamos a volver.»

La respuesta llegó casi al instante.

«¿Estás exagerando? Solo llegué tarde. Te hiciste una película.»

Ana sonrió. No por fuera. Por dentro.

*

Dos horas después, Marcos estaba en la puerta. Ojeroso, desaliñado, con esa expresión incómoda entre la culpa y el fastidio. Incluso intentó sonreír, como si todo pudiera arreglarse con un gesto.

—Ana, no dramatices —empezó, entrando—. Salió una reunión, luego unas copas… se nos fue la hora. No es para tanto.

—Dijiste que preferías estar allí y no con nosotros —respondió ella con serenidad—. Y yo lo escuché todo.

—¡Estaba cansado! ¡Y había tomado de más!

—No, Marcos. Estabas diciendo la verdad.

Se quedó en silencio. Luego resopló.

—¿Y ahora qué? ¿Separarnos por una frase?

Ana lo miró sin rencor, sin lágrimas.

—No por una frase. Por una elección. La hiciste tú. En Nochebuena.

Marcos quiso replicar, pero en la puerta de la cocina ya estaba el padre de Ana. Su mirada tranquila y firme puso fin a la conversación.

*

Una semana después, Ana presentó los papeles. Marcos llamó todos los días, luego día por medio, y después dejó de hacerlo. No apareció en ninguna audiencia. Solo envió un mensaje corto:
«Haz lo que quieras.»

Y eso hizo.

En primavera, Ana y Leo regresaron a su casa. Cambió los muebles, tiró el mantel viejo y colgó cortinas nuevas, claras, ligeras. El aire volvió a sentirse distinto.

La siguiente Nochebuena encendieron las velas los dos solos. Leo reía mientras ayudaba a poner la mesa y, de pronto, dijo:

—Mamá, hiciste bien en llevarnos aquella noche.

Ana abrazó a su hijo y lo entendió con absoluta claridad: esa había sido su verdadera Navidad.
No una historia de perdón.
Sino de una decisión firme: no volver jamás a quedarse donde no te esperan.