La copa en la mano de Miguel brilló de forma casi agresiva bajo la luz del candelabro de cristal. La cena que había organizado para “los más cercanos” estaba en su punto más alto.
Un departamento lujoso en una zona exclusiva de la ciudad, una mesa puesta como si se esperara a una delegación diplomática, porcelana impecable, cubiertos de plata, platos sofisticados cuyo aroma apenas lograba abrirse paso entre el frío olor metálico del éxito.
— …y bien, señoras y señores, levantemos la copa por mi Verónica —su voz, segura y envolvente, dominó la mesa. — Por sus, digamos… múltiples talentos.
Hizo una pausa calculada, disfrutando del control absoluto del momento.
— Hace poco decidió que ahora es fotógrafa. ¿Se imaginan? Mi esposa —continuó Miguel, levantando apenas una ceja—. Se compró con mi dinero ese… juguete.
*
Recorrió a los presentes con la mirada. En sus ojos había un desprecio lento y evidente, dirigido como un rayo estrecho, casi físico, hacia su esposa sentada frente a él.
— Me mostró sus “trabajos”. Flores borrosas, gatitos… Una profundidad impresionante, ¿no?
Sonrió de lado y tomó un sorbo de vino.
— Le dije: amor, tu lugar está aquí, en la casa. Creando un ambiente para un hombre que de verdad trabaja. No gastando su dinero en ese… pasatiempo.
Pronunció pasatiempo como si fuera un insulto. El ambiente se volvió tenso, pesado.
— Pero carácter sí que tiene —siguió Miguel, con una sonrisa cada vez más desagradable—. Se cree una genio incomprendida. Está convencida de que esa es su vocación.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, y la miró directamente.
— Dime, Verónica. ¿Todavía crees que vas a llegar a ser alguien? ¿O ya entendiste que tu papel es solo ser un bonito adorno para un hombre exitoso?
El aire se espesó, casi se podía tocar. No era una pregunta. Era una sentencia pública, fría y cruel.
Y en ese momento Verónica levantó la mirada.
En lugar de lágrimas, de rabia o de explicaciones, en su rostro apareció una sonrisa tranquila, casi dulce. No dijo una sola palabra.
Me humilló delante de todos.
Y yo… simplemente sonreí.
Luego, con un movimiento lento y preciso, se inclinó y sacó de debajo de la mesa una pequeña caja perfectamente negra, atada con una cinta mate.
Y se la tendió a su esposo a través de la mesa.
La seguridad de Miguel se resquebrajó por un segundo. Frunció el ceño, confundido. Esperaba cualquier cosa: una escena, gritos, lágrimas, una salida dramática. Pero no eso. No una sonrisa serena. Y mucho menos un regalo.
*
— ¿Qué es esto? —preguntó, y su voz perdió firmeza.
— Un regalo. Para ti —respondió Verónica en voz baja.
Su calma resultaba inquietante. Extraña en esa casa donde el aire llevaba tiempo impregnado del perfume caro de él, desplazando cualquier otro aroma.
Incluso ahora, entre el olor de los platos gourmet y el vino, ella percibía claramente esa nota fría y cortante.
Antes, su casa olía distinto.
Olía a lirios blancos, que Miguel le llevaba cada sábado, y al café fuerte que preparaban juntos por las mañanas. Entonces él era otro. La miraba con admiración, la escuchaba hablar de la luz, de las sombras, de los instantes irrepetibles.
Fue él quien le regaló su primera cámara profesional en su primer aniversario. Verónica aún recordaba sus palabras aquella noche:
— Tú ves el mundo como nadie más. Muéstramelo.
Y ella lo hizo. Su primer departamento estaba lleno de sus fotos: un retrato en blanco y negro de Miguel dormido, gotas de lluvia en la ventana como lágrimas, un rayo de sol enredado en su cabello.
Él estaba orgulloso. Mostraba las fotos a las visitas y decía:
— Miren, esto lo tomó Verónica. Tiene talento.
Pero después su negocio empezó a crecer rápidamente.
Y su matrimonio —lento, inevitable— empezó a desmoronarse.
Primero fueron detalles.
— ¿Para qué quieres esa cámara vieja si tienes celular? —le dijo un día al volver de una reunión.
Luego vinieron las “bromas” frente a nuevos conocidos con dinero:
— Verónica es artística. Fotografía tonterías mientras yo gano dinero de verdad.
Esas palabras eran pequeñas dosis de veneno que, día tras día, contaminaban todo lo que quedaba entre ellos.
*
Dejó de mirar sus fotos. Luego dejó de verla a ella. Se convirtió en una función. En parte del decorado de su vida exitosa.
Lo peor fue cómo empezó a invadir su espacio.
Sin preguntarle, llevó a una tienda de segunda mano el sillón viejo de su padre, porque “no combinaba con el nuevo estilo”.
“Por error” borró del computador el archivo de fotos de cinco años, porque “necesitaba espacio urgente para archivos de trabajo”.
Su pequeño estudio se convirtió en el segundo despacho de Miguel.
— Es más práctico, amor. Total, casi no trabajas —explicó sin mirarla.
Su cámara, la misma que él le había regalado, terminó enterrada en un clóset bajo sus documentos.
La última conversación ocurrió un mes antes.
Ella supo que estaba embarazada. Y aferrándose a la última ilusión de que eso lo cambiaría todo, se lo contó. Él permaneció en silencio, mirando las luces de la ciudad por la ventana. Luego se giró, con el rostro frío, distante.
— ¿Un hijo? ¿Ahora? Verónica, ¿tú entiendes lo inoportuno que es esto? Tengo el negocio más importante de mi vida encima. Muchísimo estrés. Y tú con estas… sorpresas.
Esa noche no perdió solo al bebé.
Perdió la última esperanza.
Una semana después, el médico dijo que no había nada que hacer. No podría ser madre. Tal vez el estrés había sido la causa.
Y fue entonces, en ese vacío ensordecedor, cuando nació en ella una decisión fría, absolutamente clara.
Miguel aún sostenía la caja negra en las manos, sin atreverse a abrirla.
Y Verónica seguía sonriendo.
Porque él todavía no sabía qué había dentro… ni el precio que tendría que pagar.
*
Miguel sostuvo la caja más tiempo del necesario. La sonrisa seguía en su rostro: confiada, soberbia. La sonrisa de un hombre convencido de que siempre tiene la última palabra.
— Bueno… —dijo, moviendo la caja suavemente—. Espero que no sea otra metáfora tuya. Aunque… —sonrió de lado—. ¿Un viaje romántico? ¿Intentando salvar la noche?
Rió fuerte y breve.
La respuesta fue el silencio.
Verónica no dijo nada.
Miguel desató la cinta y abrió la caja.
Dentro había un solo sobre. Grueso. Blanco. Sin nombre.
— ¿Eso es todo? —bufó—. Bastante sencillo.
Rasgó el borde y empezó a leer.
La primera línea lo hizo fruncir el ceño.
En la segunda dejó de respirar.
En la tercera, su rostro se volvió irreconocible.
Nadie alrededor de la mesa se movió. Parecía que incluso los platos habían dejado de sonar. Todos estaban en shock, no por la escena, sino por la claridad brutal de lo que estaba ocurriendo.
— Esto… —Miguel tragó saliva—. ¿Qué es esto?
— La demanda de divorcio —dijo Verónica con calma—. Y la citación judicial.
Él levantó la mirada de golpe.
— ¿La presentaste sin mí?
*
— Sí.
— ¿Cuándo?
— Cuando entendí que seguir contigo significaba desaparecer yo.
Revisó las hojas. Fecha. Firma. Sello.
— No tenías derecho —murmuró.
— Sí lo tenía —respondió Verónica—. Desde el día en que decidiste humillarme en público y llamarlo normal.
Intentó reírse, pero los labios no le respondieron.
— ¿Te das cuenta de lo que haces? —susurró con rabia—. Estás destruyendo todo.
Verónica se levantó lentamente.
— No. Solo dejo de permitir que me destruyas a mí.
Tomó su bolso y caminó hacia la puerta. En el umbral se detuvo y lo miró por última vez.
Miguel estaba sentado, encorvado, con los documentos en las manos. Sin copa. Sin sonrisa. Sin control.
— Me preguntaste si creía que iba a ser alguien —dijo ella en voz baja—. Ya no necesito creerlo. Lo sé.
Abrió la puerta.
— El verdadero regalo, Miguel, no es algo para presumir en una mesa.
Es aquello que de verdad se valora.
Y eso es exactamente lo que hoy recibiste.
La puerta se cerró en silencio.