Hubo un tiempo en que Thomas me preguntaba si quería el té con limón o con leche, y yo consideraba que preguntas así demostraban lo aburrido que era. Ahora recordaba más a menudo esos pequeños gestos de cariño que las palabras bonitas de los hombres que conocí después de nuestra ruptura. Hacía un año que me había marchado por voluntad propia y, un mes atrás, le había pedido que nos viéramos: creía que aún podíamos recuperar la vida que habíamos tenido.
Entonces estaba convencida de que me merecía algo más emocionante. Thomas trabajaba como programador, no buscaba aventuras ni montaba escenas. Llevaba el sueldo a casa, pasábamos juntos los fines de semana y, si yo enfermaba, iba a la farmacia y se aseguraba de que tuviera todo lo que necesitaba. Yo, en cambio, quería flores, viajes improvisados y un hombre que me demostrara cada día que quería conquistarme. Le reprochaba a Thomas que fuera demasiado tranquilo y, un día, hice las maletas. Él solo me preguntó si estaba segura. Le dije que sí, cogí las llaves y me fui.
La primera señal de alarma apareció en una cita con un hombre al que yo llamaba para mis adentros el macho. Después de un café, me propuso ir a su casa. Me negué y él me bloqueó al instante, sin pagar siquiera mi consumición. Me enfadé con él, pero decidí que simplemente había tenido mala suerte en mi primera cita.
El siguiente hombre se presentaba como un empresario prometedor. Solo más tarde descubrí que estaba casado y buscaba aventuras fuera del matrimonio. Otro, guapo y con éxito, desapareció sin dar explicaciones al cabo de una semana; después me enteré de que salía con otras tres mujeres a la vez. Cada vez me convencía de que era una casualidad y no el precio de aquella «vida emocionante» que tanto había soñado.
Pero cada vez se notaba más la diferencia entre las citas y el matrimonio. Mis nuevos conocidos me veían como una compañía agradable, no como alguien que podía sentirse angustiada o encontrarse mal. Nadie me preguntaba si iba bien abrigada, me esperaba con un paraguas cuando llovía ni escuchaba con paciencia mis historias sobre los problemas del trabajo. Los comparaba con Thomas, aunque en su día me había burlado de la atención que prestaba a los pequeños detalles.
Cuando la soledad pesó más que mi orgullo, reconocí que con Thomas me sentía segura. Él no convertía el amor en un espectáculo ni me hacía preguntarme si aparecería al día siguiente. Pasé seis meses pensando en lo mucho que lo había estropeado, pero no me atrevía a escribirle. Al final le mandé un mensaje breve: le propuse que nos viéramos y habláramos.
Thomas no contestó enseguida. Su tranquilo «vale» no era ni una promesa ni un rechazo, pero yo lo interpreté como quise. Me propuso quedar en una cafetería cerca de mi casa. Decidí que se acordaba de lo que me venía bien y lo tomé como una señal de que aún éramos cercanos. Ya preparaba mentalmente mi discurso: le explicaría que me había equivocado, él lo entendería y empezaríamos de nuevo.
Para la cita me puse un vestido que antes le gustaba. De camino, me repetí que no iba a presionarlo y que primero me limitaría a escucharlo. Pero cuanto más me acercaba a la cafetería, más segura estaba: Thomas me había querido, así que podía echarme de menos y estar esperando a que yo volviera por mi cuenta.
Llegó puntual y me saludó sin incomodidad, pero tampoco con el cariño que yo intentaba ver en él. Pedimos café. Thomas no me preguntó dónde había estado ni con quién había salido, y yo no se lo conté todo de golpe. Empecé diciéndole que había tardado demasiado en comprender lo importante que había sido para mí.
—Creía que necesitaba a alguien completamente distinto —dije—. Pero luego entendí que contigo estaba mejor de lo que supe valorar.
Me escuchó y no discutió lo que le decía. Precisamente aquel silencio me hizo perder el hilo del discurso que había preparado. Esperaba que me preguntara por qué había cambiado de opinión o, al menos, que dejara ver que le dolía. En vez de eso, Thomas me preguntó tranquilamente qué quería conseguir con aquel encuentro.
—Quiero que lo intentemos otra vez —respondí—. No te pido que todo vuelva a ser como antes de un día para otro. Podemos empezar simplemente a vernos.
Thomas dijo que me había escuchado, pero que no iba a fingir que aquel año no había pasado. No alzó la voz ni enumeró mis errores. Eso me lo puso aún más difícil: no podía acusarlo de ser cruel ni de castigarme a propósito. Simplemente no alimentaba mis esperanzas.
Empecé a hablar atropelladamente de que ahora comprendía cuánto se había preocupado por mí, de que no necesitaba ramos lujosos ni gestos para la galería. Le dije que no volvería a pedirle que se convirtiera en otra persona. Cuanto más convincentes sonaban mis promesas, más claro veía que otra vez intentaba obtener una respuesta que ya había decidido por él.
—No quiero que aceptes solo por lástima —añadí—. Pero ¿no podemos darnos otra oportunidad?
Thomas no respondió enseguida. Alargué la mano por encima de la mesa para tocar la suya, como hacía antes cuando quería hacer las paces después de una discusión. Él apartó la mano de golpe y me quedé inmóvil, sin llegar a rozarle los dedos.
—No intentes volver conmigo solo porque los demás te han decepcionado: no volveré a abrirte esa puerta —dijo Thomas tajante, apartando bruscamente la mano de la mía…
Retiré la mano y la acerqué a mí. Por un segundo pensé que solo se había asustado por mi precipitación, que enseguida explicaría aquel gesto brusco diciendo que estaba cansado o incómodo. Pero Thomas me miraba con calma. Entre nosotros estaban la taza, el café ya frío y todo un año que yo esperaba poder saltarme con unas cuantas confesiones.
—¿Ni siquiera quieres escucharme hasta el final? —pregunté.
—Ya te he escuchado —respondió—. Has dicho lo que querías decir.
Aún me quedaban en la cabeza las palabras que había preparado de camino. Podía contarle mis citas fallidas, explicarle cómo había ido comprendiendo poco a poco que perseguir emociones no me hacía más feliz. Pero de pronto entendí que, si seguía hablando, no estaría tanto compartiendo la verdad como buscando la manera de cambiar su respuesta.
—Antes, al menos, lo habrías intentado —dije.
—Antes era tu marido —respondió Thomas—. Ahora llevamos un año viviendo separados.
No lo dijo como un reproche. Lo miré a la cara y comprendí que no podía convertir aquella conversación en una discusión sobre quién había hecho sufrir más al otro. Thomas no intentaba castigarme. Simplemente no era el hombre que tenía la obligación de consolarme después de que yo misma me hubiera marchado.
Cogí la taza, aunque el café ya se había enfriado. Di un sorbo y me arrepentí enseguida: me supo más amargo de lo habitual. Thomas no se acercó a mí ni intentó quitarle hierro a la situación con una broma. Podría haber pedido agua, pero no lo hice. Por primera vez en mucho tiempo, tuve que decidir por mí misma qué hacer con mi desconcierto.
Desvié la mirada hacia la ventana. Al otro lado del cristal, la gente iba deprisa, camino de sus asuntos, con los cuellos levantados para protegerse del viento. Me vino a la memoria nuestra antigua casa: Thomas junto a la puerta, con mi bufanda en las manos; la lista de la compra olvidada sobre la mesa de la cocina; su costumbre de dejarme el último bombón. No recordaba grandes declaraciones, sino escenas diminutas que entonces me parecían demasiado corrientes como para valorarlas.
—¿No me echaste de menos? —pregunté.
Thomas guardó silencio un momento antes de responder.
—Sí. Pero echarte de menos no significa que quiera volver a lo que teníamos.
Había esperado oír esas palabras y, aun así, no sabía qué hacer con ellas. Quería aferrarme a la primera parte, a que me había echado de menos, y no escuchar el resto. Pero Thomas no me dejó una promesa ambigua a la que agarrarme. Su añoranza le pertenecía, igual que mi año de soledad me pertenecía a mí; ninguna de las dos cosas borraba lo ocurrido.
—Puedo demostrarte que he cambiado —dije—. No hace falta que volvamos a vivir juntos enseguida. Podemos limitarnos a salir.
—No voy a pedirte que me demuestres nada —respondió—. No tienes que convencerme de que eres otra persona.
Lo dijo sin irritación y por fin dejé de buscar otro argumento. Por primera vez en toda la conversación, vi delante de mí no al marido tranquilo que aguantaba mis caprichos, sino a una persona independiente, con su propia vida y sus propios límites. Había ido allí con un final ya escrito, en el que él tenía que entenderme y volver. Pero no podía escribir su decisión por él.
—¿Estás saliendo con alguien? —pregunté. La pregunta me salió sola, como si todo aquello se entendiera mejor si hubiera otra mujer de por medio.
—No. Pero eso no cambia nada.
Thomas no me contó qué hacía por las noches, con quién se veía ni qué pensaba. Antes compartíamos esas cosas a diario y yo creía que siempre tendría acceso a ellas. Ahora no podía pedirle que llenara el vacío que yo misma había creado. No porque me ocultara un secreto, sino porque nuestra intimidad ya no era una obligación cotidiana.
Saqué la cartera y dejé sobre la mesa el dinero de mi café. Thomas ya había pagado el suyo. Entre nosotros ya no había una cuenta común, una casa compartida ni esos pequeños detalles cotidianos que antes unían nuestros días sin que nos diéramos cuenta. Me quedé un momento con la cartera en la mano, sin saber cómo terminar una cita en la que había depositado tantas esperanzas.
—Me tengo que ir —dije.
—De acuerdo.
Thomas se levantó y se puso el abrigo. Yo también me puse en pie, pero me quedé un instante junto a la mesa. Quería decir algo importante y sincero, algo que no fuera una petición ni una justificación. Sin embargo, todo lo que se me ocurría sonaba a un intento de dejar un hilo entre nosotros. Me callé.
Me miró, asintió brevemente y se dirigió a la puerta. Salí detrás de él, pero me detuve a la entrada de la cafetería. Thomas no se volvió. No lo llamé por su nombre: no quería convertir su marcha en otro motivo para una conversación que él no había pedido.
En casa me quité el vestido y lo colgué cuidadosamente en el armario. No lo dejé en una silla, como solía hacer; simplemente no sabía qué más hacer con las manos. En el móvil seguía nuestra conversación. La abrí y releí mi propio mensaje proponiéndole que nos viéramos. Sonaba tan seguro, como si ya hubiera decidido por los dos cómo acabaría la conversación.
Escribí: «Perdona, no quería presionarte», y me quedé un buen rato mirando la pantalla. Luego lo borré. Una disculpa no debía convertirse en una forma de conseguir otra respuesta. Esta vez no le mandé otro mensaje, no lo llamé ni busqué las palabras que pudieran hacerle cambiar de opinión.
Por la mañana, el móvil no sonó. Lo cogí varias veces, miré las notificaciones y volví a dejarlo. Un par de días después, me entraban ganas de escribirle a Thomas en los momentos más inoportunos: cuando surgía un problema en el trabajo, cuando no sabía qué comprar para cenar o cuando volvía por la noche a un piso vacío. Abría el chat, empezaba a escribir y me detenía.
Antes podía contarle cualquier problema y tener la certeza de que me escucharía. Aunque no supiera cómo ayudarme, seguía ahí hasta que yo me encontraba mejor. Daba por hecho que siempre estaría dispuesto a hacerlo. Ahora tenía que buscar otras maneras de lidiar con la ansiedad: escribir lo que pensaba, llamar a una amiga, dejar la decisión para la mañana siguiente. No siempre me salía bien y, a veces, seguía alargando la mano hacia el móvil.
Una noche, al final, le mandé un mensaje breve: «He entendido lo que me dijiste. No volveré a pedirte que empecemos de nuevo». Contestó unas horas después: «Gracias por haberlo entendido. Cuídate».
Leí esas palabras dos veces. No había en ellas ninguna invitación a seguir hablando ni una promesa oculta. Antes habría analizado cada letra, buscando si Thomas había dejado una pequeña rendija abierta a la esperanza. Esta vez cerré el chat y desactivé las notificaciones. Me costó no volver a abrirlo al cabo de un minuto, pero dejé el móvil sobre la mesa.
Al día siguiente pedí cita con un médico al que llevaba tiempo queriendo visitar y confirmé yo misma la hora. Después compré comida, preparé la cena y retiré de la mesa la taza en la que había bebido por la mañana. No tenía nada de extraordinario. Aun así, me di cuenta de lo a menudo que antes esperaba que otra persona me preguntara qué necesitaba y se ocupara de ello por mí.
Unas semanas después, borré la aplicación de citas. No porque hubiera decidido renunciar a las relaciones para siempre, sino porque ya no quería llenar las tardes libres con citas tras las que comparaba a desconocidos con Thomas. Dejé de quedar con hombres por miedo a estar sola y poco a poco aprendí a pasar la tarde en casa sin verla como un paréntesis vacío antes de algo más interesante.
Aún había momentos en que deseaba oír su voz. No lo interpretaba como una señal del destino ni intentaba encontrar un motivo para escribirle. Simplemente dejaba el móvil sobre la mesa y seguía ocupándome de lo que tenía delante. A veces la añoranza se me pasaba enseguida; otras, se quedaba conmigo hasta la noche. Dejaba que estuviera ahí, sin convertirla en un plan para volver con él.
Thomas no volvió y yo dejé de esperar que cambiara de opinión. Ahora teníamos casas distintas, noches distintas y ningún chat compartido. Seguía sola, pero ya no con la esperanza de que pronto apareciera alguien mejor, sino en una vida corriente y tranquila que me correspondía organizar a mí.