Anna contaba las hogazas antes de colocarlas en el estante de abajo: por la mañana habían traído once y, a la hora de comer, quedaban diez. En la pequeña tienda rural, ella se encargaba de la mercancía y de la caja, y si faltaba algo, le tocaba pagarlo. Así lo había decidido el dueño de la tienda, Thomas: si al final del turno faltaba algo, el dependiente debía cubrir la diferencia de su bolsillo. Decía que, de lo contrario, todo el mundo acabaría descuidándose y que la tienda ya daba pocos beneficios. Pero con ese sistema la tienda no perdía nada: Anna pagaba lo que faltaba y Thomas no tenía que contabilizar pérdidas.
Además del estante del pan, en la zona de venta había una nevera con productos lácteos y un expositor de caramelos; detrás del mostrador empezaba un pequeño almacén. Thomas se pasaba por la tienda varias veces a la semana, revisaba el libro de caja y le gustaba repetir que los pequeños detalles podían arruinar un negocio. No rebajaba las hogazas que estaban a punto de caducar: cambiar las etiquetas llevaba tiempo y, según él, los clientes debían acostumbrarse a comprar los productos al precio habitual. Si el pan no se vendía, se tiraba. A Anna le parecía un desperdicio, pero quien decidía era el dueño.
Al principio, Anna pensó que se había equivocado al colocar el pan. Comprobó el albarán, miró debajo del estante, revisó el almacén y el espacio detrás de la nevera. La hogaza no estaba por ninguna parte. Unos días después desapareció otra: de nuevo de la parte de abajo y, otra vez, sin que hubiera dinero en caja por ella. Anna empezó a fijarse más en los clientes, aunque no quería sospechar de nadie sin motivo. No solo temía acusar a alguien injustamente: si Thomas veía que las faltas se repetían, le descontaría el dinero de su sueldo.
Cuando le preguntó con cautela si podían hacer descuentos en el pan que pronto tendrían que retirar, Thomas cortó la conversación: dijo que las rebajas acostumbrarían a los clientes a esperar a que bajaran los precios. No quería cambiar las tarifas ni dar explicaciones a los proveedores, y, de todos modos, los productos que se tiraban se cargaban a la tienda. «No te busques más problemas —dijo—. Si no cuadran las cuentas, pagas la diferencia, como acordamos». Anna entendió que no pensaba averiguar adónde iba a parar cada hogaza. Le resultaba más cómodo que la dependienta cubriera la diferencia en silencio.
Anna vio a la niña por casualidad. Entró casi sin hacer ruido, a esa hora en la que la tienda solía estar vacía. Anna estaba en el almacén revisando albaranes y vio movimiento en la zona de venta. La niña tendría unos diez años; llevaba una chaqueta vieja, pero limpia. Se detuvo junto al estante del pan, miró hacia el mostrador y se escondió rápidamente una hogaza bajo la chaqueta.
Anna ya había dado un paso hacia la puerta del almacén, pero se quedó paralizada. La niña no parecía simplemente nerviosa: tenía la expresión de quien espera que la atrapen o le griten de un momento a otro. Bajo la chaqueta se le marcaban los hombros huesudos. Anna no la llamó y la niña salió corriendo a la calle. A través de la ventana polvorienta, vio una figura pequeña que se alejaba por el camino nevado, pasando junto a vallas torcidas en dirección al bosque.
Aquel día, Anna puso de su bolsillo en la caja el dinero de la hogaza desaparecida. Se sentía mal: sabía que la niña no se había llevado el pan por error, pero tampoco podía castigarla por robar para calmar el hambre. Thomas vio el dinero en la caja y la felicitó por «no dejar que hubiera descuadres». No le preguntó por qué la dependienta cubría con su propio dinero la falta de otra persona. Para él, las cuentas cuadraban, y así era como quería llevar el negocio.
Al día siguiente, la niña volvió más o menos a la misma hora. Anna la vio enseguida y se fue adrede al almacén, cerró el cajón del escritorio y empezó a revolver papeles, como si estuviera ocupada. Cuando regresó, la niña ya se había ido; faltaba otra hogaza del estante de abajo.
Anna volvió a cubrir el precio del pan de su bolsillo. Y así casi todos los días. La niña solo cogía una hogaza, no se entretenía ni intentaba tocar otros productos. Anna se apartaba de la zona de venta un minuto, luego revisaba el estante y ponía dinero en la caja. Para la niña, eso significaba que habría comida en casa, en lugar de explicaciones y preguntas, que, al parecer, temía más que tener el estómago vacío. Para Thomas, significaba que alguien volvía a pagar lo que faltaba y que podía seguir con el sistema de siempre.
Un día, Anna se quedó detrás del mostrador cuando entró la niña. Esta se paró junto a la puerta y la miró. Anna le dijo en voz baja que podía pedir pan y que no llamaría a nadie para que la interrogara. La niña bajó la mirada, se dio la vuelta y salió sin llevarse ninguna hogaza. Anna no fue tras ella. Aquella noche pasó mucho tiempo pensando en cómo ayudarla sin que tuviera que sentirse atrapada cada vez.
En la tienda siempre quedaba pan a punto de caducar. Según las normas, había que retirarlo y tirarlo, aunque a Anna le repugnaba desperdiciar comida. Junto a la puerta trasera había un patio cerrado, con contenedores y cajas vacías. Por la noche dejó allí tres hogazas, un cartón de leche que caducaba al día siguiente y un paquete de galletas. Puso un ladrillo encima del cartón para que no se lo llevara el viento.
Por la mañana, el paquete había desaparecido. Ese mismo día, la niña no se acercó al estante del pan. Anna empezó a dejar junto a la puerta trasera lo que, de otro modo, tendría que retirar: pan, leche, a veces arroz, conservas con las etiquetas abolladas o manzanas que llevaban tiempo allí, pero todavía estaban en buen estado. En cada bolsa escribía: «Caducado. Para tirar». Si alguien se asomaba por casualidad al patio, la nota explicaría qué hacía allí la comida. Sabía que Thomas no le había dado permiso, pero se convencía de que esos productos no se venderían de todos modos y de que, al menos, la niña no correría el riesgo de que la pillaran.
Las bolsas desaparecían y, a veces, sobre el ladrillo quedaba una piedrecita, una ramita de serbal o una hoja de papel limpia. Anna no sabía quién dejaba aquellos pequeños signos, pero empezó a asomarse al patio cada mañana. Cuando llegaron las heladas de diciembre, aumentó su preocupación por la niña. La tienda tenía calefacción, pero el frío se colaba dentro; los cristales se empañaban y aparecía escarcha en las esquinas. Anna recordaba a la niña con una chaqueta fina y unas botas gastadas.
Mientras tanto, un día Thomas se dio cuenta de que había discrepancias en el registro de productos retirados. No se molestó en averiguar por qué desaparecían algunos productos: le dijo a Anna que la próxima vez revisaría el patio trasero y le recordó que también tendría que responder por «repartir productos por su cuenta». No le preocupaban los niños ni que la comida se echara a perder en vano. Quería que los productos sobrantes no se convirtieran en gastos y poder cargarle a la dependienta cualquier responsabilidad que surgiera.
Por la noche, Anna preparó otra bolsa y la dejó junto a la puerta trasera. Por la mañana, seguía allí. Anna se asomó varias veces al patio entre cliente y cliente, pero no vio a nadie. Al final del día, cuando ya empezaba a anochecer, oyó un leve ruido junto a la entrada trasera. Se acercó a la puerta, agarró con más fuerza el tirador y la abrió de golpe.
¡Deja de llevarte el pan a escondidas y coge lo que te dejo junto a la puerta trasera! —dijo Anna bruscamente, tirando de la puerta…
Emma retrocedió tan deprisa que se le resbaló la bolsa de las manos. Cayó sobre la nieve y de ella salió rodando una hogaza. La niña no la recogió. Se quedó mirando a Anna, con las manos apretadas contra el pecho, como si esperara que la agarrara en cualquier momento.
—No he venido a por pan —consiguió decir—. Pensaba que ya se podía recoger la bolsa.
—Y yo pensaba que sabías que no se pueden coger cosas ajenas sin decir nada —respondió Anna. Su voz seguía sonando brusca—. Y no me expliques que solo pensabas llevarte lo que había dejado para ti. No puedo estar adivinándolo cada vez.
Emma bajó la mirada. Llevaba la misma chaqueta fina, con el cuello subido hasta la barbilla. No llevaba nada en la cabeza. Anna vio que temblaba, pero aun así no se apresuró a consolarla. Llevaba demasiados días decidiendo por las dos qué era lo mejor: callarse, mirar hacia otro lado, poner dinero en la caja. Y ahora estaba claro que el silencio solo las dejaba a ambas en una situación incómoda y peligrosa.
—¿Cómo te llamas?
—Emma.
—¿Dónde vives?
La niña vaciló y luego le dijo la calle y el número de una casa en las afueras del pueblo. Anna conocía aquella casa: era pequeña y tenía la cancela vencida. Allí vivían Helen, la madre de Emma, y su hija. Anna la había visto un par de veces en la tienda, pero apenas se conocían.
—Hoy no te daré la bolsa —dijo Anna—. Primero hablaré con tu madre. Y tú vendrás conmigo; está oscureciendo.
—Se enfadará.
—Puede ser. Pero de todas formas vas a volver a casa.
Emma recogió la hogaza y la volvió a meter en la bolsa. Anna cerró la puerta, echó la llave a la tienda y se puso el abrigo. Recorrieron el camino casi en silencio. La niña intentaba mantenerse un paso por detrás; Anna no la apremió ni la cogió de la mano. Emma se detuvo junto a la cancela.
—No le diga que he robado.
—Le diré lo que he visto. No es lo mismo que inventarme cosas sobre ti.
Helen no abrió enseguida. Llevaba un jersey de estar por casa y el pelo recogido a toda prisa. Primero miró a su hija y luego a Anna. Se le tensó el rostro.
—¿Qué ha pasado?
—Emma cogía pan en la tienda —dijo Anna—. La vi. Después empecé a dejar comida junto a la puerta trasera. Hoy ha venido a por una bolsa, pero seguía allí. No quiero que esto siga pasando a escondidas.
Helen no palideció ni se puso a justificar a su hija. Sujetó la puerta con más fuerza.
—Podría haber llamado a mi puerta y hablar conmigo.
—Podría. No lo hice.
—¿Y ahora viene a regañar a una niña en mi puerta?
—He venido a decirle que no pienso seguir haciendo como si no pasara nada. Yo pagaba el pan que desaparecía. La tienda no es mía y no puedo cubrir las faltas indefinidamente de mi bolsillo.
Helen miró a Emma. La niña estaba allí, encogida de hombros.
—¿Cogías el pan?
Emma asintió.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Ya te esfuerzas bastante —susurró la niña—. Pensé que te pondrías triste.
Helen cerró los ojos un segundo, pero enseguida volvió a mirar a Anna.
—No debería haber dejado comida en el patio si no quería que alguien la cogiera.
—Quería que alguien la cogiera. Pero no quería que una niña pasara frío junto a la puerta trasera pensando que tenía que esconderse. Y no sabía quién recogía las bolsas.
—No se lo pedimos.
—No. No me lo pidieron.
Anna lo dijo sin desafiarla, pero tampoco dio marcha atrás. Le molestaba que su ayuda sonara ahora a reproche. Aún más le molestaba ver que Helen se aferraba a su resentimiento, como si eso pudiera calentar la casa.
Helen dejó entrar a su hija, pero ella se quedó en el umbral.
—En invierno casi no tengo trabajo. Hago limpiezas cuando me llaman, pero son pocos días. Emma va al colegio y allí come. En casa me las arreglaba. No debería haber tenido que decidir por mí que no teníamos nada.
—No sabía que no tenían nada —dijo Anna—. Veía que tenía hambre. No es lo mismo.
Helen apartó la mirada. Desde la puerta abierta, Anna vio ropa cuidadosamente doblada sobre una silla y una cazuela pequeña en el fogón. Nada extraordinario, pero tampoco parecía una casa donde hubieran dejado a una niña sin cuidado ni comida. Solo una madre que intentaba estirar el poco trabajo que tenía para que durara todo el invierno y una niña que no sabía decir que tenía miedo.
—Venga mañana a la tienda —dijo Anna—. No a por una bolsa. Hablaremos las tres. No puedo prometerle que dejaré productos fuera todas las noches hasta averiguar qué está permitido hacer con la mercancía.
—¿Y hoy?
—Hoy traeré la bolsa. La comida todavía está en buen estado, pero hay que recoger parte antes de que caduque. No quiero que se eche a perder.
Helen guardó silencio un momento y al fin se apartó de la puerta.
—Pero no convierta a Emma en una ladrona delante de todo el pueblo.
—No pienso hacerlo. Pero tampoco voy a ocultarlo.
Anna dejó la bolsa sobre la mesa de la cocina y se marchó sin esperar a que le dieran las gracias. Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, no puso en la caja dinero suyo por una hogaza. En cambio, sacó un cuaderno y anotó cuánto pan había desaparecido, qué días había dejado comida y qué había metido exactamente en las bolsas. Los apuntes eran irregulares: al principio había esperado que nadie preguntara nada, pero ahora ella misma quería tener las cifras claras. Estaba harta de que Thomas pudiera atribuir cualquier falta a un descuido suyo y considerar cualquier intento de ayudar una infracción de las normas que ella acabaría pagando.
Por la mañana, Helen fue sola a la tienda. Se quitó los guantes y los dejó sobre el mostrador.
—Emma está en el colegio. He venido, como me pidió.
Anna sacó el cuaderno. Helen la escuchó sin interrumpirla y luego dijo:
—No puedo aceptar productos que usted pague de su bolsillo.
—No los he pagado. Ponía el dinero en la caja cuando Emma se llevaba el pan. Y lo que dejaba junto a la puerta habría acabado en la basura. Pero hay que hacerlo con orden. Y no dejar la leche después de la fecha del envase.
Anna llamó por teléfono a Thomas, el dueño de la tienda. No fingió que todo se hubiera acordado de antemano. Le contó lo de las faltas, las bolsas y que no volvería a cubrirlas con su propio dinero. Thomas guardó silencio, preguntó cuánto género solía quedarse sin vender y quiso saber por qué Anna había anotado las desapariciones si ella misma las pagaba.
—Porque es una falta de caja, no una compra mía —respondió—. Y no pienso seguir pagando por ello con mi sueldo.
Thomas volvió a guardar silencio. Le convenía que Anna siguiera cubriendo la mercancía desaparecida: las cuentas cuadraban y la tienda no reflejaba pérdidas. Ahora, en cambio, ella exigía que se registrara todo tal como era. Él no quería perder ingresos, pero tampoco quedarse con productos sobrantes sin contabilizar y arriesgarse a que le reclamaran por los que se estropearan. Al final respondió que podían marcar aparte los productos próximos a la fecha de caducidad. Lo que ya no se pudiera vender debía retirarse siguiendo el procedimiento habitual; no autorizaba a dejarlo para nadie. Pero podían ofrecer más baratos el pan, la fruta y los productos envasados que siguieran en buen estado cuando se acercara su fecha de caducidad.
—Si a Helen le parece bien, que venga ella a recogerlos —dijo Thomas—. Primero anotaremos lo que se lleva. Nada de dejar bolsas junto a la puerta.
Anna se lo contó a Helen. Esta la escuchó y tardó un poco en responder.
—No quiero vivir de la buena voluntad de los demás.
—No es cuestión de buena voluntad —dijo Anna—. Es mercancía que, de todos modos, nadie va a comprar. Y si no le conviene, no tiene por qué llevarse nada.
—¿Y tienen trabajo para mí?
Anna se lo pensó. Hacía tiempo que había que limpiar las estanterías del almacén y ordenar las cajas vacías, pero nunca le había pedido a Thomas que contratara a nadie más. Volvió a llamarlo y le preguntó si Helen podía venir dos veces por semana a limpiar el almacén y fregar el suelo al cerrar. Al principio, Thomas dijo que no necesitaba más gastos. Anna le recordó que ya le pagaba horas extra cuando se quedaba después de su turno para hacer ese trabajo. Helen podría encargarse en horas aparte y la tienda tendría el almacén limpio sin que Anna trabajara gratis.
Thomas aceptó, pero exigió que se anotaran las horas, como las de cualquier otro trabajador. Quería saber de antemano cuáles serían los gastos y que no apareciera una partida inesperada a final de mes. Anna no discutió: lo importante era que el trabajo se pagara de verdad y no se convirtiera en otro favor «por buena voluntad».
Helen no sonrió ni le dio las gracias enseguida. Preguntó cuánto duraría el turno y cuándo cobraría. Anna le respondió que confirmaría el horario y que Thomas le diría la cantidad exacta. Acordaron que Helen iría por la tarde y hablaría con él por teléfono. No solucionaba todos sus problemas, pero al menos ya no era una bolsa escondida que había que encontrar a oscuras.
Cuando Emma entró en la tienda al día siguiente con su madre, se quedó parada junto a la puerta. Anna no la llamó hacia el estante del pan ni se fue al almacén. Helen se acercó al estante de los productos rebajados por estar próximos a la fecha de caducidad, comprobó las fechas y eligió una hogaza y unas manzanas. Anna apuntó la compra en el cuaderno.
—Así —dijo—. Si necesitan algo, primero lo preguntan.
Emma asintió. Esta vez no apartó la mirada ni volvió la cabeza hacia la puerta.
Helen recibió su primer pago por la limpieza al final de la semana. Era una cantidad modesta, pero Thomas anotó las horas y le pagó tal como habían acordado. No se había vuelto más amable y seguía contando hasta el último céntimo. Pero, desde que Anna dejó de cubrir en silencio las faltas y empezó a llevar un registro, le resultaba más difícil cargarle a ella las pérdidas de la tienda. Ahora los productos sobrantes se contabilizaban por separado y los productos rebajados se vendían según las normas que él mismo había aprobado.
Por la tarde, Helen salió de la tienda después de limpiar, cansada y molesta por haber tenido que quitar la suciedad pegajosa del suelo junto a la nevera. Pero ya sabía cuándo volvería. Anna cerró la caja sin ningún descuadre y dejó junto a la puerta trasera solo una caja vacía que recogerían por la mañana.
A la mañana siguiente, Emma entró por la puerta principal. Su madre iba a su lado y ambas llevaban una hogaza, cada una sujetando un extremo de la bolsa de papel.