Ana ya estaba calentando la sopa cuando Tomás, sin apartar la vista del móvil, le dijo que su madre y su hermana llegarían en unas horas. Ya estaban de camino. Ana miró a su marido: el piso era suyo desde antes de casarse y ahora le tocaba recibir allí a unas invitadas a las que ni siquiera le habían preguntado.
—Podrías habérmelo dicho antes —dijo, bajando el fuego.
—Se me olvidó. ¿Qué más da? No se quedarán mucho.
Ana no discutió. Cambió las sábanas de la habitación del fondo, limpió la mesilla y despejó un sitio para las maletas. Lo que le molestaba no era que hubieran venido los familiares de Tomás, sino que él ya hubiera dispuesto de su tarde y de su casa como si su consentimiento se diera por hecho.
Las invitadas llegaron sobre las diez y media. La madre de Tomás echó un vistazo al recibidor y comentó que el piso era un poco estrecho. Su hermana dejó la mochila en el suelo y preguntó enseguida dónde iba a dormir. Al ver el sofá de la habitación del fondo, no quedó satisfecha: le pareció pequeño e incómodo. Ana le dijo que no había otro sitio y fue a por la ropa de cama.
Tomás se quedó al lado mientras su madre se instalaba en el sofá cama del salón. No se ofreció a ayudar a Ana ni recordó a las invitadas que ella había trabajado todo el día. Más tarde, puso agua a hervir, cortó pan y embutido. Durante la cena, su madre tuvo tiempo de comentar que la nevera era vieja. Ana dijo que funcionaba bien, pero no se puso a discutir sobre gustos ajenos en su propia casa.
Por la mañana, Ana se fue a trabajar y, al volver por la tarde, se encontró una sartén sucia y salpicaduras secas en la placa. Las invitadas se habían preparado la cena, pero no habían recogido. La madre de Tomás había guardado en el estante de abajo la tabla de cortar pequeña que Ana usaba a diario: decía que le resultaba más cómodo coger la grande. Ana encontró la suya, la volvió a poner en su sitio y lavó la sartén.
Después, su hermana se quejó de la lavadora: según ella, la ropa había salido húmeda. La máquina tenía apenas un año, pero Ana no se puso a demostrar que funcionaba perfectamente y le propuso revisar el programa seleccionado. Tomás no intervino en la conversación. Sus familiares tenían un techo bajo el que quedarse sin preocuparse de nada, mientras que Ana, al volver del trabajo, tenía que atenderlas y suavizar sus quejas para evitar que estallara una discusión en casa.
Al principio, Tomás dijo que su madre y su hermana se quedarían tres o cuatro días. Luego pasaron los días y nadie habló de marcharse. Las invitadas cada vez se acomodaban más: su madre cambió de sitio las especias y acercó la panera a la ventana, y su hermana pidió que despejaran un cajón del armario del pasillo para guardar sus cosas. Allí estaban los documentos de Ana. Los trasladó al dormitorio para dejarle sitio.
Cada uno de esos pasos hacía que la visita resultara más cómoda para las invitadas y que la dueña del piso tuviera menos espacio. La madre podía tomarse su tiempo antes de volver, su hermana podía pasar en la ciudad todo el tiempo que quisiera y Tomás no tenía que buscarles alojamiento ni hablar de antemano sobre las fechas. Ana, en cambio, se levantaba para ir a trabajar y volvía a casa para encontrarse con los platos, las cosas ajenas y los comentarios sobre lo que no estaba bien en su hogar.
Cuando se cumplió una semana, Ana cerró la puerta del dormitorio y le preguntó a su marido cuándo pensaban marcharse sus familiares.
—Pronto —respondió Tomás, sin dejar de mirar el móvil.
—Necesito una fecha concreta. Vinieron para unos días y ya llevan aquí más de una semana.
Él levantó la vista y dijo que su madre hacía mucho que no venía a la ciudad y que su hermana quería ir de compras unos días más. Que no pasaba nada. Ana le recordó la cocina sucia, el cajón que había tenido que vaciar y los constantes comentarios sobre sus muebles y electrodomésticos. Solo quería poder llegar a casa y descansar, en lugar de adaptarse a unas personas a las que ni siquiera les habían indicado cuánto duraría la visita.
—No lo hacen con mala intención. Ten un poco de paciencia —dijo Tomás—. Por mí. Se irán pronto.
Ana no le exigió que eligiera entre ella y su familia. Le pidió que dijera el día de la marcha y que hablara él mismo con su madre y su hermana. También le pidió que dejara de anunciarle visitas cuando ya estaban de camino. Tomás volvió a contestar con un vago «pronto» y añadió que estaba exagerando. Entonces Ana salió del dormitorio y se detuvo junto a la mesa del recibidor, donde estaban las llaves del piso.
O hoy las mandas de vuelta a casa o te vas tú con ellas —Ana lanzó el manojo de llaves sobre la mesa…
Tomás miró las llaves y luego a Ana. Cogió el manojo de la mesa y lo apretó en la mano.
—Ahora mismo me estás dejando en ridículo delante de mi familia.
—Te he pedido una fecha. Y otra vez no me has contestado.
—Porque no tengo que dar explicaciones por cada día que pasa. Son mi madre y mi hermana.
Elena salió del salón. Emma apareció detrás de ella, envuelta en un cárdigan. Al parecer, habían oído las últimas palabras.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Elena.
Tomás contestó antes que Ana:
—Nada. A Ana le ha dado por montar una escena porque estáis en casa.
Ana no discutió por la forma en que lo había dicho. Miró a Elena y a Emma.
—No me molesta que hayáis venido. Pero no acepté que la visita durara tanto. Hoy tenemos que decidir cuándo os vais y dónde vais a dormir después.
—Pero si no somos unas desconocidas —dijo Elena—. ¿No podías habernos dicho simplemente que te resultaba incómodo?
—Ya lo dije. Tomás respondió que os iríais pronto. Ha pasado una semana y seguimos sin tener una fecha.
Emma cruzó los brazos.
—Si aquí os resulta tan difícil tenernos, tampoco es que nos muramos de ganas de quedarnos. Pero el sofá es incómodo y para ir a un hotel hay que desplazarse y pagar.
—Entonces decidid qué os viene mejor —respondió Ana—. Yo no voy a seguir cambiando las cosas de sitio, cocinando y recogiendo lo que dejáis. Y tampoco voy a pagaros el alojamiento.
Tomás dejó las llaves de golpe sobre la mesa.
—¿Te oyes? Mi madre ha venido a verme y le hablas como si estuviera de más.
—Ha venido a mi casa sin que lo acordáramos. Y no tengo por qué fingir que todo está bien cuando me siento incómoda.
Elena apretó los labios, pero no dijo nada. Emma se fue a la habitación del fondo y cerró la puerta de un portazo. Tomás se quedó en la cocina y dijo que lo hablarían todo por la mañana. Ana le respondió que por la mañana se iba a trabajar y se guardó las llaves en el bolsillo de la bata.
Esa noche durmieron en la misma cama, de espaldas el uno al otro. Tomás estuvo dando vueltas un buen rato, luego se levantó y se fue al salón. Ana oyó que encendía la televisión, pero no salió a buscarlo. No quería volver a empezar una conversación en la que su petición de una fecha concreta acababa convertida en un capricho suyo.
Por la mañana se preparó sin prisas. Elena ya estaba sentada a la mesa de la cocina y Emma miraba el móvil. Tomás se estaba sirviendo café.
—¿No has preparado nada? —preguntó él.
—No. Desayuno en el trabajo.
—Mi madre suele desayunar bien por las mañanas.
Ana se cerró el bolso.
—Hay comida en la nevera. Por favor, lavaos los platos cuando terminéis.
Elena levantó la vista, como si esperara que Ana volviera a los fogones y justificara su brusquedad. Pero ella se despidió y salió. De camino al trabajo sintió algo a lo que no estaba acostumbrada: no tenía que apresurarse para volver a casa, poner la mesa o dejar la cocina recogida antes de que llegaran las invitadas.
A la hora de comer, Tomás le escribió que su madre estaba disgustada y que Emma no encontraba billetes para los próximos días. Ana le contestó que por la tarde podían mirar los horarios tranquilamente, pero que no iban a seguir viviendo en el piso sin una fecha acordada. Unos minutos después, él le mandó: «Lo estás complicando todo». Ella no respondió.
Al volver por la tarde, Ana vio tazas y migas sobre la mesa. La sartén estaba en el fregadero y había una mancha seca en la placa. Nadie salió a recibirla ni le preguntó qué tal le había ido el día. Tomás estaba sentado junto a la ventana con el móvil, Elena veía las noticias y Emma escribía mensajes en el sofá.
Ana se quitó el abrigo y fue al dormitorio. Se cambió de ropa, sacó del armario una carpeta con los documentos del piso y la guardó en un cajón de la cómoda. No porque temiera que alguien fuera a llevarse los papeles, sino porque ya no quería ceder ni un pequeño espacio de su casa sin pensar para qué lo hacía.
Cuando volvió, Tomás ya estaba hablando por teléfono con su hermana. Intentaba encontrarles alojamiento para unos días más y se irritaba cuando Emma decía que los hoteles eran caros. Ana no intervino. Solo cuando él terminó la llamada, dijo:
—Puedo ayudaros a mirar los horarios y pedir un taxi. Pero el alojamiento tendréis que elegirlo y pagarlo vosotras.
—Echas a mi familia de casa y luego les ofreces un taxi —dijo Tomás.
—Te propongo que resolvamos esto sin más discusiones. Podéis volver a casa o quedaros en un hotel. Pero no podéis seguir viviendo aquí como hasta ahora.
—¿Y si yo quiero quedarme?
—Entonces primero tenemos que ponernos de acuerdo sobre cómo vivimos juntos. Y no solo sobre las visitas. Sobre que tú decides por mí y luego me pides que tenga paciencia.
Tomás soltó una risa irónica y dijo que siempre había sabido convertir cualquier tontería en un problema. Pero ya no discutió cuando Ana abrió los horarios en el móvil. Emma se acercó, miró las opciones y eligió un tren para el día siguiente. Elena dijo que podrían quedarse al menos hasta el fin de semana, pero su hija respondió que era mejor volver si todos estaban incómodos.
Tomás no propuso nada. Preguntó cuánto costaba el billete y se puso a comprarlo. Ana se fue a la cocina sin esperar que nadie se lo agradeciera. Lavó solo su taza y la puso en el escurreplatos.
Por la mañana, las invitadas recogían sus cosas. Emma comprobó varias veces que no se dejaba el cargador y Elena metió en una bolsa la comida que había traído. Tomás iba de una habitación a otra ayudándolas con las maletas. No miraba a Ana, y ella no intentó hablar delante de su madre y su hermana.
En la puerta, Elena dijo:
—Espero que entiendas que Tomás está preocupado por todo esto.
—Lo entiendo —respondió Ana—. Pero yo también necesito que me tengan en cuenta en mi propia casa.
Elena negó con la cabeza y salió. Emma se despidió con brevedad. Tomás se quedó en el recibidor mientras ellas bajaban y luego volvió a por su chaqueta.
—Me voy con ellas. No quiero que vuelvan solas después de esta conversación.
Ana asintió. Él esperaba que le pidiera que se quedara o que al menos suavizara lo que había dicho. Ella no lo hizo.
—Llévate lo que necesites para un par de días.
—¿De verdad te parece normal?
—No. Pero tampoco voy a fingir que no ha pasado nada.
Tomás recogió una muda de ropa y el cargador. Antes de salir, descolgó del perchero la llave del piso, la hizo girar entre los dedos y luego la dejó sobre la mesilla.
—Te llamaré cuando lleguemos.
—Vale.
La puerta se cerró. Ana no sintió ni alivio ni victoria. Simplemente recogió del suelo una bufanda olvidada, puso la silla en su sitio y, por primera vez en muchos días, cenó en silencio, sin estar pendiente de la televisión de otra persona.
Tomás llamó tarde por la noche para decir que habían llegado. Tenía la voz cansada, pero no sonaba arrepentido. Dijo que su madre consideraba que lo ocurrido había sido ofensivo y que Emma estaba convencida de que Ana podría haber sido más hospitalaria. Ana respondió que lo había entendido y le preguntó cuándo vendría a recoger el resto de sus cosas.
—¿Así que ya has decidido que no puedo volver?
—He decidido que tenemos que hablar antes de que vuelvas. No dentro de una semana en el dormitorio ni de pasada. Sentarnos y llegar a un acuerdo.
Se quedó callado un momento y luego dijo que le escribiría al día siguiente. No hubo disculpas ni promesas de cambiar nada. Ana no intentó arrancárselas.
Dos días después, Tomás fue a recoger ropa y cosas del trabajo. Seguía enfadado y decía que Ana había sido muy dura. Ella no le interrumpió, pero tampoco se justificó. Cuando él le preguntó si daba por terminado su matrimonio, respondió que aún no estaba preparada para tomar una decisión así en una sola conversación. Necesitaba ver si él era capaz de hablar sobre la vida en común antes de prometerles nada a los demás.
Tomás dijo que no pensaba renunciar a su madre ni a su hermana. Ana respondió que nunca se lo había pedido. Él cogió la bolsa, dejó la llave sobre la mesa y se marchó sin dar un portazo.
Por la tarde, Ana volvió a poner la panera en el sitio donde solía estar y sacó una taza para ella. El piso volvía a estar despejado. Y ahora podrían hablar sin maletas ajenas alrededor ni prisas.