Victoria nunca confió del todo en su esposo. Por eso, a lo largo de su vida en familia, tuvo que aprender a apoyarse solo en sí misma. Así se fue dando su matrimonio. Su marido, Lucas, era guapo como salido de una revista y siempre el alma de cualquier reunión. Tomaba con moderación, no fumaba y no tenía interés alguno en la caza, la pesca ni el fútbol. En pocas palabras: el esposo ideal.
Justamente por todas esas virtudes, Victoria pensaba cada vez con más frecuencia que un hombre así no podía pertenecer a una sola mujer. Los hombres con fuego en la mirada casi nunca son fieles, y las “cazadoras” siempre aparecen en algún lugar…

Lo único que la tranquilizaba un poco era el amor incondicional de Lucas por su hijo. Leo se había convertido en el centro absoluto de su mundo. Todo su tiempo libre lo dedicaba al niño, y Victoria se repetía que ese amor de padre tan intenso era suficiente para sostener a la familia, incluso si entre marido y mujer no existía una verdadera pasión.

En la escuela la apodaban “La Capitana”, por su cabello rojo encendido y las pecas esparcidas por todo el rostro. Su madre, una mujer de belleza llamativa, le susurraba desde niña:
Vicky, eres como el patito feo. Perdóname la comparación, pero hay que aceptar la verdad. Difícilmente alguien querrá casarse contigo, así que apóyate solo en ti misma. Estudia, haz carrera. Y si algún día alguien “aparece”, sé una esposa obediente.
Esas palabras se convirtieron en su guía de vida.

Después de terminar la escuela con excelentes calificaciones, Victoria entró a la universidad, donde conoció a su futuro esposo. Durante mucho tiempo no pudo entender por qué un hombre tan atractivo se había fijado en ella. Más tarde, Lucas se lo confesó:
Eras la única chica a la que no me dio miedo acercarme.

*

Victoria no usaba maquillaje, vestía de forma sencilla y no sabía coquetear. Cuando se dio cuenta de que un hombre realmente guapo la estaba cortejando, decidió tomar la iniciativa y fue ella quien propuso el matrimonio. Lucas quedó desconcertado por su franqueza. Entonces ella le prometió que sería una esposa dócil, tranquila y fiel.
El amor llegará con el tiempo —le decía.
Después de un tiempo, él aceptó. Y quien terminó de convencerlo fue su madre, Margarita.

Cuando Lucas llevó por primera vez a su futura esposa a casa, Margarita miró a Victoria con abierta desaprobación, como si viera en ella solo a una muchacha pecosa y poco destacable, no a una mujer digna de su hijo brillante. El primer encuentro fue tenso, casi incómodo.

Victoria percibió de inmediato el descontento de su futura suegra y entendió que un esposo tan atractivo podía convertirse en un obstáculo para su frágil felicidad. No estaba dispuesta a rendirse. Días después fue a ver a Margarita sola, sin Lucas, llevando una caja de buen té.
Esta vez, la madre se sorprendió:
Qué raro… me estoy acostumbrando… incluso eres simpática.
Victoria prometió ser una esposa fiel y obediente. Esas palabras pesaron más que cualquier “defecto” físico.

Margarita era viuda. Su marido se había ido con otra mujer y, al cabo de un año, regresó derrotado y rechazado por todos. Durante mucho tiempo dudó si debía perdonarlo, pero la herida en su interior nunca sanó del todo. Al final decidió apoyar a su hijo, sabiendo que él acudiría a ella de cualquier forma, incluso por el camino más difícil. Bendijo el matrimonio.

Un año después nació su hijo, Leo, idéntico a su apuesto padre. Margarita estaba feliz. Lucas giraba alrededor del niño como una mariposa enloquecida, y Leo se convirtió en el sentido de su vida.
El amor hacia su esposa, sin embargo, nunca despertó.

Victoria tampoco se enamoró de Lucas. Su relación era estable, casi mecánica. Ella lavaba y planchaba sus camisas, cocinaba, lo besaba en la mejilla antes de dormir. Lucas le entregaba su sueldo, le regalaba flores, la besaba por la mañana. Pero todo parecía una rutina, no amor.

*

Cinco años después, él encontró ese sentimiento en otra mujer. Era de una belleza casi irreal y se llamaba Beatriz. Ella le correspondió. Durante medio año se veían a escondidas: en cafeterías, en bancas del parque, en departamentos de amigos. Esa doble vida agotaba a Lucas. Y Leo veía cada vez más a un padre irritable, no cariñoso.

Finalmente, Beatriz le puso una condición:
O te casas conmigo, o quedamos solo como amigos.

Lucas quedó paralizado. No quería perder a Beatriz, pero su hijo era demasiado importante. Hizo las maletas y se fue, dejando atrás a su familia.

Victoria empezó a recordar cada vez más las enseñanzas de su madre. Las palabras que antes la habían lastimado se convirtieron en su sostén:
No te vas a tirar de un puente. No vas a llorar a mares.
Esa “vacuna” funcionó.

Su corazón perdió una parte de sí misma, que cayó al fondo del alma y quedó allí, esperando su destino. La felicidad, como un ave libre, siempre llega donde quiere.

Antes de irse, Victoria le dijo a Lucas:
Las puertas van a estar siempre abiertas. Solo no demores el regreso. Leo te ama. No lo hagas sufrir.

Durante medio año más, Lucas fue y vino entre su hijo y Beatriz.

Victoria guardaba el cepillo de dientes de su exmarido en un vaso aparte. Cada vez que Lucas venía a ver a su hijo y se lavaba las manos, el cepillo parecía “mirarlo”, como un reproche silencioso. Un día se lo llevó en el bolsillo. En la siguiente visita, había uno nuevo en el vaso.
En la cocina lo esperaba su taza favorita con café caliente. En el pasillo, sus pantuflas. Todo eso le raspaba el alma a Lucas, que se iba sin entender por qué se había ido alguna vez.

Se hacía preguntas, pero no encontraba respuestas. Podrían haberle cerrado la puerta, maldecir a la otra mujer, borrarlo de sus vidas. Pero Victoria callaba. Solo decía en voz baja:
Ven, Lucas. No te olvides de nosotros.

Con Beatriz volvía vacío. A ella no le gustaba “todo ese movimiento alrededor de Leo” y le advertía:
Si me voy, va a ser por tu hijo. Piensas más en él que en mí.

Así pasaron los años.

Las amigas le decían a Victoria:
¡Por favor, cásate de una vez! ¿Qué estás esperando? Leo necesita a su papá todos los días, y tú todavía eres joven. ¡Olvídate de Lucas!
Ella escuchaba, suspiraba… y guardaba silencio.

Con el tiempo, dejaron de insistir. Se acostumbraron a verla sola.

*

El timbre sonó corto, inseguro, como si la mano del otro lado hubiera dudado en el último segundo. Victoria no se apresuró. Se secó las manos con el trapo de cocina, miró el reloj y recién entonces fue a abrir.

En el umbral estaba Lucas. Sin bolso. Sin abrigo. Solo con la chamarra abierta, como si hubiera salido sin pensarlo. Tenía el rostro cansado, ojeras marcadas y una mirada que ella no veía desde hacía años: perdida, vulnerable.

¿Puedo pasar? —preguntó en voz baja.

Ella se hizo a un lado sin decir nada.

El departamento olía a café y a pan recién hecho. Todo estaba como siempre: ordenado, tranquilo, sin drama. Esa calma fue lo que más golpeó a Lucas.

Desde el cuarto asomó Leo.

— ¿Papá? —se quedó inmóvil en la puerta, incrédulo.

Lucas se agachó y el niño se lanzó a sus brazos. Lo abrazó demasiado fuerte, como si temiera que desapareciera.

Te extrañé —susurró en su cabello.

Victoria se apoyó contra la pared. Hacía tiempo que había aprendido a ser el fondo de las emociones ajenas.

Cuando Leo volvió a sus tareas, Lucas se quedó en la cocina. Guardó silencio un largo rato, girando la taza entre las manos.

— Beatriz se fue —dijo por fin—. Dijo que estaba cansada de vivir en segundo plano. Que nunca la iba a elegir del todo.

Victoria asintió, como si hablara del clima.

— No vine a pedir perdón —agregó rápido—. Ni a volver sin más. Yo… entendí algo. Creí que buscaba amor, pero en realidad estaba huyendo de la responsabilidad. Del silencio. De tener al lado a alguien que no exigía nada.

La miró.

— Nunca me detuviste. No me chantajeaste con nuestro hijo. No lloraste en la puerta. Solo dejaste la luz prendida.

Victoria lo miró por primera vez directo a los ojos.

— Porque lo sabía —dijo con calma—. Si volvías, no iba a ser por lástima. Y si no… yo iba a sobrevivir.

Él se estremeció.

*

— No te merezco —murmuró.

— Tal vez —respondió ella—. Pero eso ahora no es lo más importante.

Él esperaba. Ella lo notaba: esperaba un quédate o un vete para siempre. Pero Victoria ya no vivía según expectativas ajenas.

— Puedes ser papá de Leo. De verdad. No “los miércoles”. No cuando te queda tiempo. Esa es tu decisión —dijo—. Y en cuanto a nosotros… ya no soy la mujer que aceptó casarse esperando que el amor “llegara con el tiempo”.

Hizo una pausa. El silencio pesó más que cualquier reproche.

— Si quieres estar a mi lado —continuó—, no como un fugitivo, sino como un adulto. Sin salidas de emergencia. Sin otra vida “por si acaso”.

Lucas asintió despacio.

— Estoy dispuesto a intentarlo —dijo—. No por ti. No por mí. Para ser honesto, por fin.

Victoria lo miró largo rato. Luego sacó de debajo del fregadero el vaso —el mismo donde antes estaba su cepillo de dientes. Estaba vacío.

Lo puso sobre la mesa.

— Empecemos por lo simple —dijo—. Quédate a cenar. Y después veremos. La vida se va a encargar.

Lucas respiró hondo, libre, por primera vez en muchos años.

Esa noche no hablaron de amor. Hablaron de la escuela, de planes, del grifo que gotea y de que Leo quiere un perro. En esa conversación sencilla había más verdad que en todas las palabras grandes del pasado.

Y cuando, ya de madrugada, Victoria apagó la luz, se dio cuenta de que ya no esperaba nada.

Y justo en ese momento, la felicidad —ese pájaro libre— se posó en silencio en el alféizar.