Al dar las doce en punto, Tomás, el padre de Marcus, solía sentarse en un banco junto a las hortensias y jugar al ajedrez con un viejo amigo. Durante varios meses, a esa hora aparecía una gata negra y peluda, con las patas blancas y los ojos verdes. Tomás la llamaba Reina. Helen, la mujer de Marcus, sabía que aquella costumbre era importante para su suegro, aunque la gata no era suya. Cuando Reina no apareció, Tomás también perdió la concentración: sacrificó la dama y ni siquiera se dio cuenta. Su amigo esperó un rato, por si Tomás descubría el error por sí mismo, pero él no hacía más que mirar el espacio vacío junto al banco. Normalmente podían discutir sobre la partida, pero aquel día parecía que el tablero había dejado de interesarle.
Al principio, Helen pensó que la gata simplemente se había escondido del calor. Pero Tomás no dejaba de mirar los arbustos, como si esperase ver aparecer entre las hojas aquel lomo negro tan familiar. Marcus, que se acercó más tarde, se limitó a encogerse de hombros: una gata callejera no tenía por qué presentarse a una hora fija. No lo dijo con malicia, pero para él el asunto ya estaba zanjado, mientras que su padre seguía sentado junto a las hortensias, sin tocar las piezas. Helen se dio cuenta de que Tomás no respondió a su hijo y se limitó a recolocar una pieza que él mismo había movido.
Cuando Tomás volvió a casa, le pidió a Helen que le ayudara a buscar a Reina por la tarde. Marcus lo oyó y enseguida se opuso: su padre no debía andar solo por el parque después de anochecer. Le recordó que él era responsable de cuidarlo y le pidió a Helen que no animara a Tomás a salir por la noche. Quería zanjar la conversación cuanto antes; así no tendría que cambiar sus propios planes ni salir a buscar a su padre.
—No pienso dejar que vaya por ahí sin rumbo —respondió Helen—. Pero hoy la gata no ha venido y él está preocupado. Podemos dar una vuelta juntos, en vez de hacer como si no pasara nada.
Marcus ni siquiera aceptó eso. Dijo que, si dejaban que Tomás saliera a buscar a la gata cada vez, acabaría yéndose de casa ante cualquier preocupación. Así, su afán por protegerlo fue convirtiéndose poco a poco en una prohibición incluso de intentar averiguar qué ocurría. A Marcus le resultaba más fácil imponer una regla y olvidarse de la búsqueda que dejar salir a su padre cada vez y comprobar luego por sí mismo si había vuelto. Helen vio que ya no estaba hablando de qué hacer aquel día, sino insistiendo en una prohibición general.
Al día siguiente, Reina tampoco apareció. Tomás llegó puntual junto a las hortensias y luego movió una pieza casi mecánicamente, sin mirar el tablero. Su amigo le señaló el error, pero Tomás ya estaba mirando hacia el lugar por donde la gata solía subirse al banco. Helen lo vio desde la ventana y comprendió que, para él, su desaparición no era una nimiedad que pudiera dejarse para más adelante. Se quedó allí sentado, esperando que apareciera la gata, y la partida quedó sin terminar.
Marcus, en cambio, decidió que había que dejar de esperar. Le propuso a su padre que no volviera a ir solo al parque y añadió que por la noche la puerta estaría cerrada con llave. Así no tendría que preocuparse por dónde estaba Tomás ni por cuándo volvería. Tomás no discutió delante de su hijo, pero por la tarde sacó una linterna. Helen lo vio prepararse y se fue con él, aunque Marcus se quedó en casa. No metió prisa a Tomás; simplemente esperó a que comprobara que llevaba la linterna.
En el parque, Tomás llamaba a la gata y miraba por cada ventanillo del sótano de la biblioteca. Helen se mantenía a su lado, alumbrando con la linterna los arbustos y el camino. Cerca de la entrada había una mujer vendiendo flores. Llamó a Tomás y le dijo algo en voz baja. Helen no oyó las palabras, pero vio cómo él se quedaba inmóvil y luego palidecía. Por un instante pareció que iba a preguntarle algo, pero guardó silencio. No le explicó qué había oído; se limitó a guardar la linterna y volvió a casa a paso rápido.
Marcus ya los estaba esperando en casa. Exigió que su padre no volviera a salir de noche y le dijo a Helen que no pensaba comprobar cada tarde si Tomás había iniciado otra búsqueda. Helen le recordó que podían acordar algo sencillo: Tomás avisaría adónde iba y ella lo acompañaría hasta que encontraran a la gata. Marcus se negó. Para él, eso significaba volver a ceder ante su padre y perder tiempo en algo que no consideraba importante. Tomás estaba allí, en silencio, mientras ellos discutían sobre él.
Cuando Marcus alargó la mano hacia el llavero para guardarlo y cerrar la puerta con llave por la noche, Helen se interpuso entre él y la salida. Le arrebató las llaves y las apretó en la palma. Si Marcus quería impedir que Tomás volviera a ir al parque, tendría que escucharla antes de que la puerta se cerrara de golpe.
—Si encierras a tu padre en casa, me iré con él —Helen le arrebató a Marcus el llavero de la mano…
Marcus se detuvo en seco. Luego alargó la mano para coger las llaves, pero Helen no abrió la suya.
—Dámelas —dijo—. No sabes lo que estás haciendo.
—Sí que lo sé. Vas a cerrar la puerta con llave para que papá no pueda salir.
—Intento evitar que se pasee solo por el parque de noche. No es lo mismo.
—Entonces díselo sin echar la llave.
Marcus miró a Tomás, esperando que interviniera y lo librara de tener que seguir discutiendo. Pero Tomás guardó silencio. Estaba de pie junto a la pared, todavía con la chaqueta puesta y la linterna en la mano.
—Papá, ¿has oído lo que he dicho? —preguntó Marcus.
—Sí. Pero ¿me has preguntado qué quiero yo? —respondió Tomás.
Marcus hizo una mueca. No estaba acostumbrado a que su padre le contestara en ese tono, ni a que Helen no intentara suavizar la conversación con una broma o cambiara de tema.
—Es tarde. Lo decidiremos por la mañana —dijo.
—Por la mañana volverás a decir que no hay nada que decidir —respondió Helen—. Me quedaré las llaves hasta que lleguemos a un acuerdo.
—No puedes disponer de mi llavero.
—Y tú no puedes disponer de Tomás como si fuera una puerta que se puede cerrar.
Tomás dejó la linterna en una estantería. Marcus se pasó la mano por la cara con gesto enfadado, pero no volvió a intentar coger las llaves.
—¿La mujer de la biblioteca te dijo dónde buscar a la gata? —preguntó—. ¿O no te dio ninguna información concreta?
Tomás se volvió hacia él. En el parque, la florista le había contado que Reina llevaba varios días acercándose al sótano de la biblioteca con una pata herida. La mujer no se había atrevido a atraparla hasta que la gata empezó a apoyar la pata con mucha dificultad. Entonces le pidió a un conocido que la llevara a una clínica veterinaria. La gata se quedó allí hasta la mañana, y a ella le dieron la dirección y un número de teléfono.
—Está viva —dijo Tomás—. Ahora está en la clínica. Por la mañana veremos qué hacemos.
Helen miró a su marido. No había palidecido porque Reina ya no estuviera allí, sino por miedo a que le hubiera pasado algo. Ahora entendía mejor por qué había vuelto tan deprisa y por qué no había querido hablar durante el camino.
—¿Por qué no me lo has contado enseguida? —preguntó.
—Quería comprobarlo primero. No quería volver con las manos vacías y sin nada concreto que decir.
Marcus suspiró, como si aquello confirmara que tenía razón.
—¿Lo ves? Al final se ha solucionado todo sin salir a pasear de noche. Ahora podemos cerrar la puerta y olvidarnos del asunto hasta mañana.
—Esta noche no vamos a ir a ninguna parte —dijo Helen—. Pero eso no significa que puedas encerrarnos en casa.
—No pienso encerraros a los dos.
—Hace un minuto sí pensabas hacerlo.
Él apartó la mirada. No se disculpó. Se limitó a repetir que quería proteger a su padre y añadió que no podía dejarlo todo cada noche por una gata ajena. Helen no discutió sobre cuánto tiempo llevaría. Dejó el llavero sobre la mesa, pero no se lo acercó.
—Mañana por la mañana llamaremos a la clínica —dijo—. Si la gata necesita ayuda, Tomás decidirá en qué puede ayudar. No tienes por qué venir con nosotros. Pero no puedes cerrar la puerta con llave.
—¿Y si vuelve a irse sin avisar?
—No me iré sin avisar —dijo Tomás—. Pero no quiero tener que pedir permiso para cada cosa que hago.
Marcus miró a su padre con más atención, pero tardó un momento en responder.
—¿Entiendes que estoy preocupado?
—Lo entiendo. Pero preocuparte no te da derecho a decidir adónde puedo ir.
Helen esperaba que Marcus volviera a alzar la voz. Pero él se limitó a apartar una silla y sentarse. La discusión no terminó con un acuerdo, pero ahora Tomás participaba en ella; ya no eran solo dos personas hablando de lo que él tenía permitido hacer.
Esa noche se fueron a sus habitaciones sin decir nada más. El llavero se quedó sobre la mesa. Helen oyó a Marcus recorrer el pasillo varias veces, pero no cerró la puerta con llave.
Por la mañana, Tomás llamó él mismo a la clínica. La mujer que respondió confirmó que tenían allí a una gata negra con las patas blancas. Tenía una pata herida, pero no corría peligro. Necesitaba tiempo para recuperarse y, después, habría que decidir quién podría hacerse cargo de ella.
—Quiero verla —dijo Tomás después de colgar.
Marcus ya se estaba preparando para salir a hacer sus cosas. Miró el reloj y luego a su padre.
—Yo no voy —dijo—. Tengo el día lleno.
—De acuerdo —respondió Tomás.
Helen no intentó convencer a Marcus. Se vistió, cogió el bolso y Tomás comprobó por sí mismo que llevaba la llave de casa en el bolsillo. Antes de salir, Helen se detuvo junto a la mesa.
—El llavero es tuyo —le dijo a Marcus—. Pero por la noche no volveremos a cerrar la puerta con llave por si a Tomás le apetece salir.
—¿Me estás poniendo condiciones en mi casa?
—Te estoy diciendo que no voy a ayudar a tenerlo encerrado.
Marcus no respondió. Helen no esperó a que aceptara ni a que cambiara de opinión. Ella y Tomás salieron, y él mismo cerró la puerta con su llave.
En la clínica, Reina estaba tumbada en un transportín con una manta limpia. Tenía una venda en la pata delantera y el pelo revuelto, pero sus ojos verdes seguían brillantes. Tomás no intentó acariciarla de inmediato. Primero habló con una empleada y preguntó si la gata comía y si podría volver a la calle cuando se recuperara.
—No tiene dueño —le advirtió la mujer—. No sabemos si alguien la está buscando.
—Yo tampoco lo sé —respondió Tomás—. Pero puedo ayudar con el tratamiento y cuidarla por ahora.
No prometió llevarse a Reina a casa para siempre. No habían preparado un sitio para ella y Marcus tampoco había dado su consentimiento. Tomás pidió que le dieran tiempo para hablar de cómo encontrarle un lugar seguro cuando saliera de la clínica. Helen lo apoyó, pero no decidió por él.
De vuelta, Tomás caminaba despacio. Helen no lo cogió del brazo hasta que él mismo le pidió ayuda para subir el bordillo del paso de peatones.
—Marcus está enfadado —dijo.
—Sí.
—Cree que lo hago sufrir a propósito.
—Puede ser. Pero eso no significa que tengas que callarte.
Cuando llegaron a casa, Marcus ya había vuelto. Preguntó qué les habían dicho en la clínica y escuchó la respuesta sin interrumpir. Cuando Helen le explicó que Tomás pensaba ayudar a la gata, Marcus frunció el ceño.
—No me digas que ahora se va a venir a vivir aquí.
—No he dicho eso —respondió Tomás—. Mientras se recupera, no hay nada que decidir.
Marcus iba a replicar, pero se detuvo. En otras ocasiones habría anunciado él mismo que no habría ninguna gata en casa, y Helen habría suavizado la negativa e intentado evitar una discusión. Ahora Tomás había hablado por sí mismo y Marcus tuvo que tratar el asunto con él.
Acordaron que Tomás avisaría adónde iba si pensaba alejarse de su recorrido habitual y que por la noche no saldría solo a buscar a la gata. Helen podría acompañarlo cuando estuviera en casa; si no podía, dejarían la búsqueda para la mañana. Marcus no prometió acompañarlos cada vez, pero aceptó no volver a cerrar la puerta con llave ni a quitarle las llaves.
—Eso no significa que me parezca todo sensato —dijo.
—No te pido que te lo parezca —respondió Tomás.
Marcus dejó el llavero en la repisa de la entrada. Tomás puso su propia llave al lado para no tener que buscarla antes de salir.
Unos días después, Reina volvió al parque. Tomás la vio junto a las hortensias, cuando subió con cuidado al banco. No la llamó a gritos ni intentó atraparla. Simplemente se sentó a su lado, mientras Helen se quedaba cerca. Aquel día Marcus no cerró la puerta con llave ni le preguntó por qué había vuelto a salir.
Desde entonces, Tomás iba al parque con su propia llave. A veces Helen lo acompañaba; otras, él volvía solo antes de que anocheciera. Reina seguía sin aparecer todos los días. Nadie volvió a hablar de su visita como si tuviera un horario.