El cachorro comía deprisa en el patio mientras Ana se preparaba para ir al trabajo. Había aparecido por la mañana junto a la casa: estaba delgado, sucio y no llevaba collar. Ella le había puesto agua y un poco de comida, pero no había tenido tiempo de encontrar a su dueño: faltaba menos de media hora para que empezara su turno. Tomás estaba junto a la puerta, mirando el cuenco como si aquello significara que el perro se iba a quedar con ellos para siempre.

—No pienso tener un perro —dijo mientras Ana se ponía la chaqueta—. Ya tenemos bastantes cosas que atender.

—Yo tampoco sé todavía de quién es. Primero le doy de comer y luego miraré si hay avisos de que se ha perdido. Si no aparece su dueño, me pondré en contacto con una protectora o con un servicio de ayuda.

Tomás se encogió de hombros. No solo le molestaba la posibilidad de que apareciera un perro en casa. No quería que un día resultara que los cuencos, los paseos, el veterinario y la búsqueda de su dueño se habían convertido poco a poco en responsabilidad de Ana y, por tanto, en otra parte de la vida de ambos. Pero, en vez de decirlo claramente, señaló el patio con la cabeza:

—Ya que te has metido en esto, te toca decidir.

Ana no discutió sobre quién debía hacerse cargo del cachorro. Solo le pidió una cosa: que lo dejara en el patio hasta que ella volviera. La puerta estaba cerrada, el rincón junto a la pared estaba seco y podían retirar el cuenco para que el perro no comiera demasiado. Eso tendría que bastar durante unas horas.

—No lo dejes salir ni lo eches, ¿vale? Esta tarde pensamos juntos qué hacer.

—No pienso pasarme el día vigilando a un perro.

—No hace falta vigilarlo. Simplemente no lo molestes mientras yo no esté.

Tomás no respondió. Ana esperaba que se lo prometiera, pero él ya había apartado la mirada. Sabía que debería quedarse y obtener una respuesta clara, pero iba con retraso. El cachorro terminó de comer, levantó la cabeza y la miró con recelo. Ana se agachó, pero no lo acarició: temía retrasarse un minuto más. Al llegar a la puerta, se volvió. Él había vuelto a ocuparse del cuenco y Tomás seguía en el porche.

En el trabajo, Ana miró el móvil varias veces, aunque no tenía noticias que esperar. Se imaginaba que por la tarde le pondría agua al cachorro, le haría una foto y publicaría un aviso en un grupo local. Lo único que no sabía era si conseguiría que Tomás la ayudara, aunque fuera un poco. La conversación de la mañana le había dejado un mal sabor de boca: él no le había prohibido darle de comer al perro, pero tampoco se había tomado en serio su petición.

Cuando Ana volvió, no había nadie en el patio. Revisó el rincón junto a la pared, miró detrás del banco y comprobó que la puerta no se hubiera quedado entreabierta. Tampoco estaba el cuenco. En el patio vacío, todo parecía indicar que el cachorro nunca había estado allí.

Tomás salió de casa cuando ella lo llamó. Ana le preguntó si había visto al perro después de que ella se marchara. Él tardó un poco en contestar y luego dijo que seguramente el cachorro se había escapado. Ana miró la puerta cerrada: un perro tan pequeño no habría podido salir por allí por su cuenta. Tomás se dio cuenta de hacia dónde miraba y añadió que había recorrido el patio, pero no había encontrado nada.

—¿Lo has echado? —preguntó Ana.

—No. Ya te he dicho que se ha escapado.

—¿Y el cuenco?

—No lo sé. Igual lo has guardado tú en alguna parte.

Ana recordó que por la mañana había dejado el cuenco en el suelo y le había pedido que no molestara al cachorro. Tomás no había prometido hacerlo. Ahora contestaba con frases cortas, sin explicar dónde había buscado ni por qué había decidido que el perro se había escapado. Eso no demostraba que hubiera mentido, pero la inquietud ya se mezclaba con el enfado.

—No te he pedido que te lo quedaras —dijo—. Solo que lo dejaras en el patio hasta que volviera. Si no querías hacerlo, podrías habérmelo dicho esta mañana. Habría llamado a alguien para que se quedara con él.

—¿Y alguien habría aceptado? Has decidido traerle comida y ahora me echas la culpa a mí.

—No te estoy echando la culpa. Estoy intentando averiguar dónde está el cachorro.

Tomás repitió que el perro no estaba en el patio y que no podían quedárselo. Ana no oyó una respuesta, sino una decisión ya tomada. A él le preocupaba que una ayuda temporal se convirtiera en una obligación permanente; a ella, que un ser vivo hubiera desaparecido después de pedirle que esperara. Hablaban de cosas distintas y se alejaban cada vez más de la pregunta sencilla: dónde estaba el cachorro.

Ana recorrió despacio la pared. El banco estaba junto a las escaleras del sótano y detrás quedaba un pasillo estrecho, lleno de cosas de jardinería. Por la mañana había mirado allí al darle de comer al cachorro, pero solo por encima: la oscuridad y un contenedor de plástico le tapaban la vista. Ahora no le apetecía volver a revisar el mismo sitio; pensaba que, si el cachorro estuviera allí, ya lo habría oído. Pero el patio estaba cerrado y no tenía otra salida.

Tomás se quedó junto al porche. Ana lo miró de reojo y luego fijó la vista en el cuenco vacío que él tenía en la mano. Lo dejó sobre el banco, como si quisiera dar por terminada la conversación. Ana comprendió que no podía entrar en casa y esperar a que él decidiera, quizá, contarle la verdad. Cogió el cuenco y se volvió hacia su marido.

—Si has echado al cachorro, puedes ir haciendo las maletas —Ana lanzó el cuenco vacío contra el banco…

El cuenco golpeó las tablas y rodó hacia el borde. Tomás dio un paso atrás bruscamente, pero no respondió. Ana también se sobresaltó al oír el ruido: las palabras se le habían escapado antes de que pudiera decidir si de verdad estaba dispuesta a echar a su marido de casa. Sin embargo, no pensaba echarse atrás. Primero tenían que encontrar al cachorro y luego ya averiguarían qué había hecho Tomás exactamente.

—No digas esas cosas a la ligera. No lo he tocado —dijo él—. Vamos a buscarlo otra vez.

Fue el primero en dirigirse a las escaleras del sótano. Ana lo siguió, alumbrando con el móvil. Debajo del último escalón había cajas viejas y herramientas de jardinería; un contenedor grande de plástico tapaba el estrecho hueco entre la pared y la escalera. Tomás se inclinó, escuchó con atención y apartó el contenedor. Desde el fondo llegó un débil gemido.

Ana se agachó. Al oírlo de nuevo, comprendió por qué no lo había escuchado antes: el hueco se prolongaba detrás de la escalera y el ruido de la calle había ahogado los débiles gemidos. La luz del móvil iluminó un hocico asustado. El cachorro se había acurrucado en una esquina, con las patas pegadas al vientre.

—No tires de él —dijo Tomás en voz baja—. Apartaré la caja.

Ana esperó a que despejara el paso y luego metió con cuidado las manos bajo el cachorro y lo estrechó contra su chaqueta. Él se estremeció y gimió. Tenía un arañazo en una pata y el pelo cubierto de polvo. Tomás trajo una toalla y Ana envolvió al cachorro con ella, procurando no tocarle la zona herida.

—¿De verdad no sabías que estaba aquí? —preguntó ella.

—No. He recorrido el patio, pero no he mirado detrás del contenedor. Pensé que se había escapado por la puerta cuando saqué la basura.

Ana no respondió enseguida. Su explicación era posible: sí habían abierto la puerta, y el cachorro podría haberse colado en el pasillo y haberse quedado atrapado. Pero Tomás no había revisado ese rincón y se había apresurado a decir que el perro se había escapado. Ahora lo importante era otra cosa. El cachorro temblaba y los dos tenían que llevarlo al veterinario.

Tomás abrió la puerta y trajo de casa un transportín que habían usado tiempo atrás para llevar al gato de unos vecinos. Ana acomodó allí al cachorro sobre la toalla. No se resistió; solo gimió suavemente cuando levantaron el transportín. Ya en la calle, Tomás preguntó qué harían después.

—Primero, que lo revisen. Luego averiguaremos si tiene dueño. Si no, buscaremos una casa de acogida.

—No he prometido ocuparme de todo esto.

—Y no te estoy pidiendo que lo prometas. Solo que no decidas por mí qué se puede dejar tirado y qué no.

En la clínica, el veterinario le limpió el arañazo y comprobó si el cachorro tenía microchip. No tenía. La herida era superficial, pero el veterinario recomendó vigilarle la pata y mantenerlo calentito. Ana apuntó el nombre del medicamento y el teléfono del servicio de ayuda a los animales que le habían recomendado en la clínica. Tomás sostuvo el transportín en silencio mientras el veterinario examinaba al cachorro y solo preguntó una vez cuánto tardarían.

De vuelta a casa, dijo que no podría llevar al perro al veterinario todos los días ni llamar a todo el mundo. Ana respondió que lo entendía: no pretendía convertirlo en dueño del cachorro solo porque hubiera aparecido en su patio. Pero tampoco iba a fingir que no había pasado nada. Tomás apretó el volante y no volvió a hablar hasta llegar a casa.

Ana llamó al servicio de ayuda desde el recibidor. No habían encontrado una casa de acogida disponible para esa noche, pero le prometieron consultar las opciones por la mañana. Envió una foto del cachorro y explicó brevemente dónde lo habían encontrado. Después publicó un aviso sobre el perro encontrado en un grupo local e incluyó su número de teléfono. El cachorro se quedó con ellos esa noche: sobre una toalla en el recibidor, con agua y un poco de comida.

Tomás pasó por delante, se detuvo y volvió con un cuenco lleno de agua. Ana se fijó en que lo había colocado donde el cachorro pudiera alcanzarlo con facilidad, pero no dijo nada. Un pequeño gesto no significaba que hubiera cambiado de opinión. Ya no quería adivinar lo que él pensaba, así que dejó que el gesto fuera solo eso: un gesto.

Cuando el cachorro se durmió, Tomás propuso que hablaran. Se sentaron en la cocina sin levantar la voz. Él dijo que se había asustado: primero Ana había traído comida, luego podía empezar a retener al cachorro en casa y, al final, todo el cuidado recaería sobre ella y sobre él. Ana reconoció que no sabía cuánto tardarían en encontrar al dueño, pero precisamente por eso le había pedido que no echara al perro antes de la tarde. Necesitaba unas horas para encontrar una solución, no permiso para tener una mascota.

—Podrías haberme dicho claramente que no ibas a hacerte cargo de él —dijo ella—. Habría llamado a alguien conocido o habría pedido que alguien se pasara por casa. Y cuando volví y no lo vi, me dijiste que se había escapado sin haber revisado todos los sitios.

—No quería que se convirtiera automáticamente en responsabilidad mía.

—Lo entiendo. Pero, si vivimos juntos, no puedes simplemente dejar de hablar del tema y esperar que yo adivine con qué puedo contar.

Tomás guardó silencio un momento. No se disculpó por no haber mirado detrás de la escalera ni dijo que ahora estuviera dispuesto a quedarse con el cachorro. Ana no le exigía ninguna de las dos cosas. Le dijo que por la mañana volvería a llamar al servicio y que, si encontraban una casa de acogida, llevaría allí al cachorro. Si no, hablarían para ver quién podría ayudar al día siguiente. Todavía no hacía falta decidir si se quedaban con él definitivamente.

—¿Y si yo no quiero que se quede? —preguntó Tomás.

—Entonces buscaremos un sitio adecuado para él. Pero no lo abandonaremos ni lo esconderemos. No es lo mismo.

Tomás miró hacia el recibidor, de donde llegó un roce: el cachorro se había dado la vuelta sobre la toalla. Dijo que por la mañana podía llevarlo antes de ir al trabajo si el servicio encontraba una casa de acogida. No prometió encargarse a diario de buscar a su dueño. Ana estuvo de acuerdo: era un paso concreto, no una promesa sin fecha.

Por la mañana, el servicio de ayuda confirmó que habían encontrado una casa de acogida temporal para unos días. Ana le dio a la persona responsable la información sobre el cachorro y las indicaciones del veterinario. Tomás ayudó a colocar el transportín en el coche y los llevó a la dirección que les habían facilitado. No acarició al perro ni dijo que ya le hubiera cogido cariño, pero antes de cerrar la portezuela comprobó que estuviera bien encajada.

La casa de acogida temporal les dio tiempo para encontrar a su dueño o buscar otra opción. Ana dejó el aviso en el grupo y acordó informar al servicio si alguien respondía. En casa, Tomás no preguntó cuándo volvería el cachorro y Ana tampoco prometió que no fuera a quedarse con ellos. Esa noche cenaron juntos y hablaron de cómo tomar decisiones la próxima vez: con claridad, con antelación y sin expectativas tácitas.

Al día siguiente, ya no había ningún cuenco junto a la puerta. Ana tenía el número de la casa de acogida y Tomás había anotado en el calendario que debía llamar allí después del trabajo. El cachorro tenía un lugar temporal; la cuestión de dónde viviría definitivamente seguía abierta. Por ahora, bastaba con eso.