Tomás regresó un día antes de lo que había prometido. Llevaba al hombro una pesada bolsa de herramientas y, en el bolsillo interior, una tarjeta bancaria con el dinero que había estado ahorrando para una casa nueva. Mientras él trabajaba sin días libres, su mujer, Ana, y su hija, Emma, vivían en casa de Marcos, el marido de Emma, en una vivienda propiedad del padre de su yerno. Tomás sabía que, mientras la familia no tuviera una casa propia, Marcos podía recordarles que tener un techo dependía de su voluntad. Durante el viaje comprobó varias veces que la tarjeta seguía en su sitio y pensó cuánto tardarían en dejar de depender de las decisiones de otra persona. Estaba cansado, pero la idea de reunirse con los suyos le ayudaba a seguir adelante.
Le pidió al taxista que lo dejara un poco más allá de la verja, para acercarse andando y no armar ruido. La puerta pequeña del alto muro estaba abierta. Las ventanas tenían luz y Tomás ya se imaginaba dejando la bolsa en el recibidor y abrazando por fin a su mujer y a su hija. Pero, al llegar a la puerta, percibió un fuerte olor a coñac. La puerta estaba entreabierta y desde el interior llegó un chirrido sordo, como si arrastraran algo pesado por el suelo. Aminoró el paso y escuchó: no se oían las conversaciones habituales, solo unos ruidos breves que le encogieron el corazón.
Entonces oyó la voz de Ana: pedía en voz baja, entrecortada, que alguien parara. Tomás cruzó el umbral y vio a Emma junto a la pared. Se apretaba contra el cuerpo el brazo herido; tenía el rímel corrido por las mejillas y el hombro de la blusa rasgado. Marcos estaba de pie sobre ella, tambaleándose, con la mano levantada. Ana estaba de rodillas, agarrada a la pernera de su pantalón, como si intentara retenerlo con ese único gesto. Emma no miraba a su padre, como si hasta moverse le diera miedo, y la mano sana le temblaba junto al pecho. Tomás se quedó inmóvil un instante, intentando calcular la gravedad de sus heridas.
Marcos no se dio cuenta enseguida de que había llegado su suegro. Miraba a Emma y le decía que en aquella casa tenía que hacer lo que él le ordenara. Luego añadió que los suyos eran unos muertos de hambre a los que su familia había acogido por lástima. A Tomás le bastó un vistazo a los dedos de su yerno, que apretaban el brazo de su hija, para comprender que no era la primera discusión en la que Marcos había intentado demostrar su superioridad por la fuerza. En su voz no había desconcierto ni vergüenza, solo la seguridad de alguien acostumbrado a que nadie le llevara la contraria.
Cuando Tomás le ordenó que se apartara, Marcos se volvió con una sonrisa burlona y molesta. No le sorprendió ni la llegada del padre de Emma ni que Ana siguiera de rodillas delante de él. Llamó a Tomás intruso y le preguntó por qué había vuelto antes. La pregunta sonó como si el dueño de la situación fuera él y el padre de Emma, recién llegado, no hiciera más que estorbar. Tomás no respondió a la burla: no apartaba la vista de la mano de Marcos y procuraba que no volviera a acercarse a Emma.
Tomás volvió a exigirle que soltara a Emma. Marcos respondió tirándole del brazo con tanta brusquedad que ella gritó y cayó rodando por el suelo. Después le recordó que la casa era de su padre y que, por tanto, Tomás y su familia podían acabar en la calle en cualquier momento. Así era como los mantenía a su lado: Emma y su madre no tenían casa propia, y el dinero de Tomás seguía en la tarjeta, reservado para construir una vivienda en el futuro. Marcos confiaba en que aquella dependencia los obligaría a callar y soportar sus órdenes. Ana miraba a su hija, pero no se atrevía a acercarse mientras Marcos siguiera allí.
Ana intentó levantarse, pero Marcos lanzó bruscamente una patada en su dirección. No llegó a alcanzarla, pero ella volvió a encogerse y bajó la cabeza. Tomás le pidió a su mujer que se pusiera en pie y no se humillara ante él. Luego se dirigió a su yerno, sin gritar: no volvería a tocar a Emma ni a hablarle de ese modo. Era un límite razonable que Marcos podía aceptar sin provocar otro escándalo. Pero él lo tomó como un desafío. Tomás hablaba con serenidad, sin alzar la voz, aunque la tensión de su rostro delataba lo mucho que le costaba mantener la calma.
Mientras Marcos se burlaba, Tomás sacó el móvil y llamó a la policía. Dio la dirección y explicó brevemente que había un hombre borracho en la casa, que acababa de agarrar a su hija y seguía amenazándola. La operadora le pidió que no provocara a Marcos y se mantuviera a una distancia segura. Tomás confirmó que lo había entendido y guardó el móvil sin apartar la vista de su yerno. La casa seguía en silencio, pero ahora la espera de ayuda le daba al menos una tarea clara: impedir que Marcos volviera a acercarse a Emma.
Marcos se rio y afirmó que Tomás no tenía derecho a darle órdenes en la casa de su padre. Emma, con la espalda pegada a la pared, se puso en pie y se cubrió la cara con la mano sana. Marcos se volvió hacia ella, como si fuera a agarrarla de los hombros otra vez. Tomás se interpuso y le sujetó la muñeca. Los tendones se tensaron bajo sus dedos; su yerno intentó soltarse, pero Tomás no lo dejó. Emma se quedó junto a la pared, sin bajar la mano, y Ana por fin levantó la cabeza.
Marcos lo llamó cobarde y le exigió que lo soltara. Tomás no lo hizo. Le dolían los dedos después de una larga jornada de trabajo y la bolsa de herramientas seguía junto a la entrada, pero en ese momento solo pensaba en impedir que Marcos llegara hasta su hija. Miró la mano con la que acababa de arrastrar a Emma por el suelo y habló ya no como quien hace una petición.
—Vuelve a tocar a mi hija y responderás ante la policía —dijo Tomás, aferrándose a la muñeca de Marcos y apartándole el brazo de un tirón…
Marcos se sobresaltó por el tirón y estuvo a punto de dejar caer el vaso. El líquido salpicó el suelo. Soltó un taco, pero Tomás retrocedió de inmediato un paso y se colocó entre él y Emma. No golpeó a Marcos ni lo empujó: simplemente apartó su mano de su hija y evitó que volviera a acercarse. Tomás seguía teniendo el móvil en el bolsillo; la llamada ya había sido atendida y la operadora le había dicho que una patrulla iba de camino.
—Deja el vaso —dijo Tomás—. La policía está de camino.
—¿Ahora vas a darme órdenes tú? —Marcos levantó el vaso, como si quisiera beber, pero le temblaba la mano—. Esta es la casa de mi padre. Yo decido quién se queda aquí.
Ana se acercó a Emma y le cogió con cuidado la mano sana. Emma se sobresaltó, pero no se apartó. Tomás vio que intentaba no mirar a su marido y no le pidió que se calmara. Ya tenía bastante con lo que estaba pasando. No se alejó más mientras Marcos siguiera allí con el vaso, pero tampoco se acercó a él. Lo más importante era darles a Emma y a Ana la oportunidad de apartarse.
—Nos iremos —dijo—. Pero no porque tú nos eches, sino porque aquí no estamos seguros.
Marcos se rio y dejó el vaso sobre una mesita. Estaba claro que quería contestar, pero desde el patio llegó el sonido de un coche. La sonrisa desapareció al instante. Tomás oyó el portazo y unos pasos rápidos por el camino. No dijo que todo saldría bien: hasta que entraran los policías, no podía prometerlo.
Los agentes entraron en la casa por la puerta entreabierta. Uno pidió a todos que se separaran y no se acercaran entre sí; el otro se dirigió primero a Emma. Ella habló en voz baja y con dificultad: contó que Marcos la había agarrado, le había tirado del brazo herido y no la había dejado marcharse. Ana estaba a su lado, aún pálida, pero ya no bajaba la mirada. Tomás dio un paso atrás y dejó espacio a los agentes, sin intentar hablar en nombre de su hija.
Marcos la interrumpía. Decía que Tomás había irrumpido en una casa ajena y que había sido él quien lo había atacado primero. Cuando un agente le preguntó por qué Emma tenía la blusa rasgada y de dónde habían salido los moratones del brazo, Marcos respondió que su mujer se había caído. Entonces Emma lo miró directamente por primera vez.
—No me caí —dijo—. Me arrastró por el suelo.
A Tomás le costó contener las ganas de acercarse de nuevo a su yerno, pero el agente levantó la mano para indicarle que intervenir en ese momento solo complicaría la conversación. Le pidió que explicara qué había visto al entrar. Tomás relató los hechos en orden: Ana de rodillas, Marcos encima de Emma, la mano de él en la muñeca de su hija y el intento de acercarse otra vez a ella. También contó por iniciativa propia que había sujetado a Marcos por la muñeca y le había apartado el brazo de un tirón para que no volviera a agarrar a Emma. Aclaró que no lo había golpeado ni empujado.
—Solo lo detuve cuando se acercaba a mi hija —añadió Tomás—. Después me aparté y esperé a que llegarais.
Los agentes anotaron los nombres y la dirección, examinaron las lesiones de Emma y pidieron a cada uno que hablara por separado. Marcos volvió a protestar porque lo trataban como al culpable en su propia casa. Uno de los agentes le recordó que, mientras aclaraban lo sucedido, no podía acercarse a su mujer ni a sus suegros. No era una promesa de que al día siguiente todo se resolvería a su favor, y Tomás lo comprendió por el tono sereno y profesional del agente. Los policías estaban recabando información y procurando que nadie impidiera hablar a Emma; no estaban dictando una resolución allí mismo.
Emma accedió a declarar. La voz se le quebró varias veces, pero siguió hablando. Cuando el agente le preguntó si quería que la atendieran, asintió. Tomás se ofreció a llevarla, pero ella pidió primero recoger sus documentos y una bolsa. No quería quedarse en la casa más tiempo del necesario. Lo dijo en voz baja, pero con claridad, y nadie intentó convencerla de que se quedara.
—Coge el pasaporte y lo que necesites para los primeros días —dijo Tomás—. Lo demás ya lo recogeremos después.
Marcos lo oyó y soltó una breve carcajada.
—Llevaos vuestras cosas. Pero no penséis que vais a volver cuando os dé la gana.
Ana lo miró. No discutió ni pidió permiso. Entró en el dormitorio con Emma, mientras Tomás se quedó en el pasillo y uno de los agentes esperaba cerca. Tenía la bolsa de herramientas a los pies y, de pronto, se dio cuenta de que no se había quitado la chaqueta en todo ese tiempo. Llevaba encima el dinero para la futura casa, pero pensar en construir le parecía casi indecente en ese momento: su hija necesitaba ayuda hoy, no en primavera. Pensó que tendría que recalcular los gastos, pero todavía no abrió la aplicación del banco. Primero tenían que recoger lo imprescindible y sacar a la familia de aquella casa.
En el dormitorio, Ana metía ropa, documentos y medicamentos en una bolsa de viaje. Emma pidió el cargador y el móvil, que había dejado en una mesita junto a la puerta. Cuando estiró el brazo sano para cogerlo, Marcos dio un paso desde el pasillo. El agente lo detuvo enseguida y le pidió que no se moviera. Marcos apretó la mandíbula, pero obedeció. Emma recogió el móvil sin mirar a su marido y comprobó que el pasaporte estuviera en la bolsa.
—Ya te arrepentirás —le soltó él a Emma—. ¿Te crees que tu padre va a estar siempre ahí?
Emma no respondió. Cogió la bolsa y salieron juntos de la casa. En el porche, Ana se detuvo, como si solo entonces hubiera comprendido que no tenían adónde volver esa noche. Tomás dejó la bolsa de herramientas en un escalón y le preguntó cómo se encontraba. Ana negó con la cabeza, pero dejó que la abrazara por los hombros. Emma estaba a su lado, apretándose el brazo dolorido contra el cuerpo e intentando respirar con más calma.
Los agentes se quedaron dentro para terminar de hablar con Marcos. Le explicaron a Emma adónde podía acudir para que le examinaran las lesiones y cómo aportar más información si decidía ampliar la denuncia. Le dijeron que podía volver a ponerse en contacto con ellos si recordaba algún detalle importante o recibía nuevos mensajes de su marido. Nadie prometió que con su sola llegada Marcos dejaría de entrometerse en su vida. Emma escuchó con atención y anotó la dirección en el móvil.
En el centro médico le examinaron el brazo y le documentaron los hematomas. No había fractura, pero el médico le recomendó que cuidara la muñeca y volviera si el dolor empeoraba. Emma pidió un informe médico. Mientras esperaba, Tomás se sentó a su lado y Ana sostuvo su abrigo sobre las rodillas. Ninguno de los tres dijo que todo hubiera quedado atrás. Sabían que aún quedaban llamadas, declaraciones y decisiones para las que Emma no estaba preparada. Tomás le preguntó si quería llamar a alguien más, pero ella negó con la cabeza y pidió que simplemente se quedaran a su lado.
Pasaron la noche en una habitación pequeña que alquilaron cerca. Tomás pagó con su tarjeta y calculó cuánto dinero les quedaba, ya no para hacer un presupuesto de obra, sino para cubrir los gastos inmediatos. Les alcanzaría si no se apresuraban y buscaban un piso sin demasiadas comodidades. Al día siguiente llamó al banco, comprobó que podía acceder a la cuenta y cambió la clave. El dinero seguía a su nombre; ya no pensaba hablar con Marcos ni de cuánto tenían ni de sus planes. Anotó los gastos en una libreta para saber de cuánto tiempo disponían para encontrar piso.
Por la mañana, Emma llamó ella misma a su marido, pero la conversación duró poco. Marcos le exigió que volviera y recogiera sus cosas «como una esposa normal». Después añadió que sus padres no podrían vivir mucho tiempo a costa de su padre. Emma no discutió ni intentó convencerlo de que se había portado mal. Se limitó a aclarar que no hablaría de volver por teléfono y que pasarían a recoger sus cosas otro día.
—De momento no voy a volver —dijo—. Ya nos pondremos de acuerdo para recoger lo demás.
Terminó la llamada y dejó el móvil boca abajo. Ana no le preguntó si seguía queriendo a Marcos ni si pensaba dejarlo. En vez de eso, la ayudó a abrocharse la chaqueta sin rozarle el brazo dolorido. Tomás tampoco la presionó para que tomara una decisión. Entendía que ahora necesitaba decidir por sí misma qué hacer, sin tener que atender a las exigencias de su marido.
Un par de días después encontraron un piso pequeño que podían alquilar sin comprometerse por mucho tiempo. No se parecía en nada a la casa que Tomás soñaba construir cuando empezó a ahorrar, pero tenía una puerta propia y una cerradura cuya llave solo estaba en manos de ellos. Tuvieron que destinar parte de los ahorros al alquiler y a las cosas imprescindibles. Aplazaron la obra prevista para la primavera: ahora primero tenían que ver cómo iba a vivir Emma y cuánta ayuda necesitaría. El piso era estrecho, pero Emma eligió su habitación y pidió que colocaran la cama de manera que pudiera ver la puerta desde ella.
Marcos siguió enviándole mensajes: primero enfadados y luego más prácticos, exigiéndole que recogiera la ropa que quedaba. Emma solo le respondía sobre la hora y las cosas; no aceptaba hablar con él a solas. Tomás la acompañó a recoger lo demás. Se llevaron los documentos, unas cajas y la ropa de trabajo de Emma. Marcos estaba en casa, pero no armó otra escena delante de testigos. Tomás no discutió con él ni se quedó más tiempo del necesario. Emma comprobó por sí misma que no se olvidaba nada importante y dijo cuándo podían marcharse.
Ana ya no le pedía a Tomás que no hiciera enfadar a su yerno. Emma aún no sabía qué iba a pasar con su matrimonio y no se apresuraba a decidirlo. Solo sabía que esa noche dormiría tras una puerta que nadie abriría sin su permiso. Y Tomás, mientras colocaba las herramientas en un rincón estrecho del piso alquilado, vio por primera vez en mucho tiempo ante sí no el plano de una casa futura, sino la llave de la que tenían ahora.