La chaqueta de uniforme de Tomás colgaba en el recibidor, mientras él llevaba ya tres días ensayando frente al espejo las palabras con las que pediría el divorcio. Emma no lo sabía. Daba clases en la universidad y se dedicaba a la palinología forense; por la mañana tenía que llegar a tiempo para dar clase a doscientos sesenta estudiantes y, en casa, preparar el material para una conferencia. Tomás pensaba poner fin a su matrimonio y a la vida que compartían en una sola conversación, pero, por algún motivo, esperaba que Emma lo escuchara justo cuando a él le viniera bien.

Aquel día, por fin reunió valor y salió al recibidor. Emma acababa de salir corriendo del dormitorio con el bolso al hombro y el portátil bajo el brazo. Llevaba un zapato puesto; la semana anterior, su hija había metido el otro debajo de la cómoda. Emma lo sacó con el mango del paraguas, se lo puso sobre la marcha y comprobó que no se dejaba las llaves.

—Emma, espera. Tenemos que hablar.

—Tengo la primera clase a las nueve y ahora tardaré unos veinte minutos en llegar. ¿Esta tarde?

Tomás quiso decirle de inmediato que la conversación no podía esperar. En vez de eso, se limitó a repetir que era algo serio. Emma asintió sin dejar de mirar en el bolso y salió. La puerta se cerró antes de que él pudiera pronunciar la frase que había ensayado. Se quedó solo en el recibidor, con la chaqueta desabrochada y una mano levantada, como si intentara detener no a su mujer, sino a un avión en la pista.

En clase, Emma habló del polen: de cómo se queda pegado a un puño, a un cordón, a la costura de una capucha y puede revelar dónde ha estado una persona. Los estudiantes preguntaron si bastaba con lavar la ropa. Emma explicó que los granos se quedan atrapados en los pliegues de la tela y en los cierres. Lo dijo con claridad y de manera rutinaria, aunque no dejaba de pensar en la expresión que había tenido Tomás por la mañana. La llamaba con ese tono cuando quería conseguir algo, pero no pensaba explicar por qué.

El teléfono vibró mientras Emma recogía los cables después de la clase. Tomás le preguntó a qué hora volvería a casa. Ella contestó que sobre las cuatro y le recordó las fotocopias para la clase que le había pedido sacar de la impresora. Creía que hablaban de unos papeles, no de lo que él quería anunciarle. Tomás se quedó callado y luego le preguntó si se estaba burlando de él. Emma respondió, cansada, que después de dos clases no le quedaban fuerzas ni para bromear.

—A las siete, en casa. Tenemos que hablar —espetó él y colgó.

Su tono hizo que Emma pensara que había vuelto a tener problemas en el trabajo. Tomás trabajaba en el equipo del aeródromo, donde tenían que ahuyentar a las gaviotas de la pista, a veces con ayuda de halcones; después de un turno duro, podía hablar como si cualquier pregunta fuera un estorbo. Pero aquella tarde no le contó nada del turno. Le preguntó por qué siempre anteponía sus cosas a su conversación y añadió que no pensaba pasarse el día esperándola.

Emma dejó el bolso, puso el portátil sobre la mesa y lo miró con más atención. No quería discutir en la puerta, pero tampoco pensaba aceptar sin más aquel tono autoritario.

—He llegado cuando te dije. Dime qué pasa.

Tomás no respondió enseguida. Le recordó que por la mañana había intentado hablar con ella y que se había marchado sin preguntarle siquiera qué tenía en mente. Emma replicó que le había pedido dejar la conversación para la tarde y que se había pasado el día dando clase. Él no lo oyó como una explicación, sino como una negativa a tenerlo en cuenta. Todavía no pronunció la palabra «divorcio», pero empezó a decir que estaba harto de que ella estuviera siempre ocupada y que parecía que todo en casa dependía de su paciencia.

Emma le preguntó qué quería exactamente de ella en ese momento: que lo escuchara, que le ayudara a resolver un asunto doméstico o que aceptara una decisión que ya había tomado. Tomás respondió, irritado, que ella siempre necesitaba aclaraciones. Quería anunciarlo todo en una breve conversación, sin preguntas sobre cómo se repartirían las tareas cotidianas ni qué haría cada uno después. Así le resultaba más fácil: liberarse del matrimonio sin detenerse en detalles incómodos y sin parecer alguien que lo había planeado todo de antemano.

—Otra vez conviertes una conversación sencilla en un interrogatorio —dijo—. No quiero montar una bronca. Limítate a escucharme y luego no montes una escena.

Emma soltó el aire despacio. No pensaba gritar, pero le pidió que no le exigiera prometer de antemano que reaccionaría como a él le convenía. Si había venido a comunicarle una decisión, que lo dijera claramente; si quería hablar de lo que pasaría después, que no fingiera que sus preguntas eran un ataque. Tomás respondió que ya lo había decidido todo y que a ella solo le quedaba aceptarlo sin dramas. Entonces, por fin, dijo que quería divorciarse y añadió que no pensaba pasarse una semana dando rodeos.

Emma no le preguntó desde cuándo llevaba ensayando el discurso ni por qué había elegido precisamente aquella tarde. Se acercó al perchero, descolgó de un tirón su chaqueta de uniforme y se la lanzó a las manos.

Has elegido divorciarte; recoge tus cosas hoy mismo y deja de intentar decidir sobre mi vida —Emma arrancó del perchero su chaqueta de uniforme y se la lanzó a las manos…

Tomás atrapó la chaqueta con ambas manos y retrocedió un paso. Su cara no reflejaba ni desconcierto ni arrepentimiento, solo la ira de alguien a quien le habían estropeado una conversación que llevaba preparada.

—¿Has decidido montar un numerito? —preguntó—. He hablado de divorcio, no de que me eches a la calle.

—Entonces no me digas cómo tengo que reaccionar —respondió Emma—. Tú has anunciado tu decisión. Ahora decidiré yo qué hacer.

Tomás dejó la chaqueta sobre una silla y le preguntó si de verdad creía que iba a recogerlo todo en una sola tarde. Había pensado soltar su discurso, esperar a que se le pasaran las primeras lágrimas y luego hablar tranquilamente de los detalles. La chaqueta en la silla y el portátil que Emma había abierto sobre la mesa de la cocina no encajaban en ese plan.

—No hace falta que recojas nada ahora mismo —dijo ella—. Pero esta noche duermes en otra habitación. Mañana haremos una lista de lo que pertenece a cada uno y decidiremos cómo organizarnos hasta que vivamos por separado.

—¿Ya lo has decidido todo por mí?

—No. Estoy proponiendo un orden. Si tienes otro, dilo.

Tomás recogió la chaqueta de la silla y volvió a colgarla. Dijo que no iba a adaptarse a sus tablas, consultas y normas. Quería que la conversación terminara aquella misma tarde, sin «burocracia». Emma giró hacia él la pantalla del portátil, donde seguía abierto el esquema de la clase.

—Me he pasado el día dando clase. Has esperado hasta la tarde para hablar de divorcio. Así que los siguientes pasos los hablaremos cuando los dos estemos en condiciones de pensar.

Él iba a replicar, pero su hija asomó la cabeza por la puerta de su habitación. Había oído las voces y preguntó por qué estaba enfadado papá. Tomás cambió el tono enseguida y dijo que los adultos solo estaban discutiendo. Emma se acercó a su hija y le pidió que volviera a sus cosas: no había pasado nada urgente y ya hablarían por la mañana.

—Al menos podrías no meterla en esto —dijo Tomás cuando se cerró la puerta.

—No la he metido. Nos ha oído. Procuremos al menos no fingir delante de ella que todo va bien ni obligarla a elegir un bando.

Emma puso el agua a hervir. No le propuso cenar juntos. Normalmente se aseguraba de que Tomás tuviera algo para comer al volver del turno, le recordaba que tenía que lavar la ropa de trabajo y dejaba a la vista los documentos que él solía olvidarse de llevar. Aquella tarde sacó solo dos platos, uno para ella y otro para su hija.

Tomás miró la mesa.

—¿Y para mí?

—Hay comida en la nevera. Puedes calentártela tú.

—¿Eso también forma parte de tu plan?

—Es la cena. No un plan.

Al final, se calentó la comida él mismo, hizo ruido con las puertas de los armarios y dejó la cazuela en el fregadero. Emma no la lavó por él. Cuando su hija se fue a dormir, Tomás volvió a hablar, esta vez más bajo, pero no con más amabilidad. Dijo que no pensaba hablar de nimiedades domésticas hasta que ella dejara de tratarlo como a un desconocido.

—Tú mismo has dicho que quieres poner fin al matrimonio —respondió Emma—. No puedo aceptar eso y, al mismo tiempo, seguir ocupándome de ti como antes.

—Eso es. Lo reduces todo a ocuparte de mí.

—No. Estoy hablando de lo que hacía todos los días. A partir de ahora, no lo haré automáticamente.

Tomás se fue al salón con una almohada. Emma recogió la mesa, pero dejó la cazuela en el fregadero. Después abrió la carpeta de documentos que guardaba en el cajón inferior del escritorio. Allí había documentos de identidad, papeles del coche, pólizas y unas fotocopias que llevaba varios meses pensando en ordenar.

No se puso a decidir quién se quedaría con la vivienda ni quién tendría que marcharse para siempre: no era posible tomar decisiones así después de una discusión de una sola tarde. En vez de eso, anotó qué documentos había que buscar, qué pagos periódicos revisar y qué preguntas hacerle a una abogada. Apuntó por separado los gastos de su hija y las compras compartidas para la casa. No para pasarle la factura a Tomás, sino para no hablar de todo de memoria y a gritos.

Por la mañana llamó a un servicio de asesoría jurídica cuyo número le había facilitado una compañera de la universidad. Pidió cita para el día más próximo disponible. Tomás oyó la conversación al pasar por el pasillo y se detuvo.

—¿Ya has buscado una abogada?

—Me he informado sobre por dónde conviene empezar.

—Ni siquiera ha pasado un día.

—Esperabas que te pidiera que cambiaras de opinión. No lo voy a hacer.

Se volvió hacia el armario y empezó a elegir una camisa para el turno. En la cocina estaba su uniforme de trabajo, arrugado después del último lavado. Antes Emma lo doblaba, revisaba los bolsillos y guardaba las cosas pequeñas que podían perderse. Ahora llevó la chaqueta al perchero y dejó lo demás donde estaba.

—Sabes que no tengo tiempo para poner una lavadora antes del turno —dijo Tomás.

—Lo sé. La lavadora está libre.

La miró como si esperara que añadiera el habitual «ya la pongo yo». Emma se sirvió un café y abrió el correo electrónico. Tomás metió el uniforme en la lavadora, pero se olvidó de revisar los bolsillos; unos minutos después volvió a por las llaves, que había dejado sobre la mesa. Ninguno de esos despistes acabó en una discusión, pero cada vez parecía toparse con el hueco donde antes estaba la ayuda de Emma.

Emma fue sola a la consulta. Le explicaron qué información debía reunir y por qué no debía firmar documentos cuyo sentido no entendiera. Tenían que hablar por separado sobre la vivienda y los gastos, teniendo en cuenta sus circunstancias reales y no las suposiciones de nadie. Anotó sus preguntas, pidió tiempo para pensarlo y no prometió ni marcharse ni dejarlo todo como estaba.

Por la tarde dejó delante de Tomás una hoja con varios puntos: efectos personales, documentos, gastos cotidianos, cuidado de su hija y normas provisionales mientras siguieran viviendo bajo el mismo techo. No había cantidades; primero tenían que revisar los pagos y averiguar qué estaban pagando entre los dos.

—¿Has preparado el orden del día? —preguntó él.

—He anotado los temas sobre los que tenemos que ponernos de acuerdo. Puedes añadir los tuyos.

Tomás no se sentó. Dijo que estaba convirtiendo su matrimonio en una contabilidad y que no quería tener que justificar cada compra. Emma respondió que no pensaba revisar sus gastos personales, pero que no podían repartirse las responsabilidades domésticas a base de suposiciones. Él objetó que antes se las habían arreglado sin listas.

—Antes me acordaba de qué se estaba acabando, de qué había que comprar y de cuándo tenías turno. Ya no voy a ocuparme de todo por los dos.

—¿Así que nada de lo que he hecho por la familia significa algo?

—No he dicho eso. Pero no cambia la decisión que has tomado.

Su hija se acercó a la mesa con un dibujo y pidió ayuda para encontrar los lápices de colores. Emma dejó la hoja, los buscó con ella en un cajón y regresó cuando la niña se marchó de nuevo. Tomás seguía de pie junto a la puerta. Tuvo que leer los puntos por sí mismo y decir que decidirían juntos cómo organizar los gastos de su hija. Fue la primera propuesta concreta de toda la conversación.

Los días siguientes no fueron más tranquilos. Tomás seguía preguntándole por costumbre dónde había dejado sus documentos y se irritaba cuando ella le respondía que no lo sabía. Una vez le recordó que tenía que sacar unas fotocopias para el trabajo. Emma le señaló la impresora y siguió corrigiendo los trabajos de sus estudiantes. Él sacó las hojas, arrugó una, volvió a imprimirla y no volvió a pedírselo.

El fin de semana revisaron los gastos periódicos y acordaron que, de momento, cada uno pagaría sus compras personales y que anotarían los gastos comunes para hablar de ellos una vez a la semana. Eso no resolvió la cuestión de la vivienda ni los convirtió en personas capaces de sentarse tranquilamente a la misma mesa. Pero las conversaciones se acortaron cuando las cifras dejaron de servir para echarse cosas en cara.

Tomás dijo que miraría opciones de alquiler en cuanto aclarara sus turnos. Emma no lo apremió con promesas ni se ofreció a buscarle casa. Él metió parte de su ropa y sus cosas personales en unas bolsas, y dejó el resto para su próximo día libre. Antes de irse a trabajar, volvió a colgar la chaqueta de uniforme en el perchero.

Emma pasó junto a ella sin revisar los bolsillos ni estirar la manga. En la nevera estaba su nueva hoja de gastos y, al lado, su hija había pegado un dibujo con un imán de colores. Aún vivían en el mismo piso, pero cada uno se ocupaba de sus cosas y de sus decisiones. Por la tarde, Tomás puso la lavadora por su cuenta mientras Emma preparaba una clase delante del portátil.