— Tus hijos no me importan en absoluto, hijo. Yo vine aquí a descansar, no a cuidar a tu prole. Así que ni siquiera voy a quedarme en la misma habitación con ellos.

— Mamá, por favor, solo una hora — Daniel lo decía ya por tercera vez, y su voz se volvía cada vez más fina, más suplicante. Estaba de pie en medio de la pequeña sala, sintiéndose como un adolescente torpe atrapado sin defensa.

Margarita Wilson ni siquiera giró la cabeza. Estaba sentada en el único sillón que Clara tanto quería, recta como una regla, mirando con desprecio los dibujos infantiles pegados con cinta en la puerta del refrigerador. Su silencio pesaba más que cualquier respuesta. Había llegado cuarenta minutos antes, sin avisar, simplemente apareció en la puerta con una maleta y la expresión de alguien convencido de que todos le deben algo. Y ahora, con su presencia autoritaria, convertía el departamento familiar —antes cálido— en una sala de espera para personas importantes.

*

— Mamá, el tren llega en una hora y media. Tengo que ir a la terminal a buscar a Clara… ya sabes, viene cansada, con maletas.

Miró alrededor con impotencia. Leo, de cinco años, construía concentrado una torre torcida con bloques, mientras Ana, de tres, intentaba darle de comer a un conejo de peluche con una zanahoria de plástico. La rutina doméstica, tranquila y normal hacía apenas una hora, ahora parecía un caos imperdonable a los ojos de su madre.

Finalmente, Margarita Wilson se dignó a reaccionar. Lentamente, con una mueca de desagrado, pasó la mirada del refrigerador a los nietos, como si evaluara mercancía defectuosa.

— Daniel —pronunció su nombre como si le resultara desagradable—. Te voy a decir algo, y procura entenderlo de una vez.

— ¿Qué cosa?

Tus hijos no me importan en absoluto, hijo. Vine a descansar, no a cuidar a tu prole. No pienso quedarme con ellos ni siquiera en la misma habitación.

No levantó la voz. Sus palabras cayeron en la sala como piedras frías y pesadas, expulsando el aire. Daniel sintió cómo la sangre le subía al rostro. No era solo una negativa: era una anulación pública de sus hijos, de su familia, de su vida.

*

— Pero es solo una hora… —murmuró, sabiendo ya que no servía de nada.

— No me interesa —cortó ella, levantándose del sillón con un movimiento elegante y caminando no hacia la salida, sino hacia el interior del departamento. Su paso era el de una dueña inspeccionando sus dominios. Iba directo al dormitorio de Daniel y Clara.

Daniel la siguió casi por reflejo. No sabía qué decir ni qué hacer, pero el simple hecho de verla avanzar hacia su espacio más íntimo le provocó una punzada de pánico.

Margarita Wilson entró al dormitorio y, sin detenerse, se acercó al gran clóset de puertas corredizas. Con un leve chirrido, deslizó la puerta de espejo. Su mirada recorrió sin interés las camisas y trajes de su hijo y se detuvo en el lado de Clara.

— A ver qué tiene la fashionista para la noche —murmuró. Su mano, adornada con un anillo de oro grueso, se hundió entre los vestidos perfectamente colgados. Movía las perchas sin ningún cuidado, como si revisara ropa usada. — ¿Y esto qué es? ¿Un saco? Dios mío, qué color… Y esto, supongo, es “para salir”.

Hablaba con calma, con una curiosidad casi clínica, y eso resultaba más perturbador que una agresión abierta. Daniel permanecía paralizado en el umbral. Veía manos ajenas y dominantes revolviendo la ropa de su esposa, tocando su ropa interior, evaluando sus vestidos, y no era capaz de decir una sola palabra. Debería haberla detenido. Debería haber dicho: “Mamá, basta. Son las cosas de Clara”. Pero la lengua se le pegó al paladar. No era solo una mujer: era su madre, una fuerza a la que había obedecido toda su vida. Cualquier protesta parecía imposible, como intentar detener un derrumbe con las manos.

Su silencio era, para ella, un permiso. Margarita Wilson actuaba con la seguridad y el derecho que solo da un estatus materno incuestionable. No solo revisaba las cosas de su nuera: hacía una auditoría de una vida ajena, dictando un veredicto mudo pero claro. Sacó un vestido lencero de seda, lo sostuvo con dos dedos como si fuera algo indecente y, con un bufido de desprecio, lo arrojó sobre la cama. El vestido cayó sobre la almohada de Clara, arrugándose como un trapo descartado.

Daniel tragó saliva. Una vergüenza ardiente le subía desde el estómago, quemándole la garganta. No se sentía solo un mal marido: se sentía cómplice. Cada gesto, cada mirada evaluadora ocurrían con su consentimiento silencioso. Los niños en la habitación contigua dejaron de hacer ruido, y en ese silencio repentino el roce de las perchas sonó ensordecedor.

— Mamá, por favor, no hagas esto —logró decir al fin. Su voz sonó débil—. Clara se va a molestar. Son sus cosas.

— ¿Y qué? —respondió sin girarse—. No las toca una extraña. ¿O tu esposa ya me considera una extraña? Yo lo sabía, te pone en mi contra. Se gasta el sueldo de tres meses en trapos, pero a la madre, que viene una vez al año, le da pena.

*

Se volvió hacia él con el rostro completamente tranquilo, incluso convencido de su razón. En su mundo todo era lógico. Ella era la madre. Ella tenía derecho. Y cualquier intento de cuestionarlo era una rebelión que había que aplastar de raíz.

Eligió un vestido de terciopelo azul oscuro, nuevo, con la etiqueta aún visible en el cuello. Clara lo había comprado para su aniversario y todavía no lo había usado, esperando una ocasión especial. Margarita Wilson lo descolgó y se lo acercó al cuerpo, mirándose en el espejo.

— Al menos esto es decente —asintió—. No como esos pantalones que usa siempre, como un chico.

Y empezó a desabrocharse la blusa de viaje ahí mismo, en medio del dormitorio.

En ese momento, el celular de Daniel vibró en el bolsillo. Miró la pantalla. Un mensaje de Clara. Dos palabras que le helaron el cuerpo:

«Ya llegamos. Sal.»

La cerradura de la puerta principal sonó con un clic seco y definitivo.

En esta casa usted es invitada. O respeta mis reglas, o se va ahora mismo.

La frase salió baja, casi neutra, pero con una firmeza helada que hizo que el aire del dormitorio se volviera pesado. Margarita Wilson se quedó inmóvil. Por un segundo pareció no haber oído, como si su mente se negara a aceptar algo que contradecía todo su mundo.

— Tú… —inhaló bruscamente—. ¿Tú me estás echando? ¿A mí? ¿A la madre de tu marido?

Clara no apartó la mirada.

— Le doy una opción —repitió con calma—. Cambiarse. Pedir disculpas. Y no volver a tocar mis cosas ni humillar a mis hijos. O tomar su maleta y marcharse.

Sus ojos se detuvieron un instante en el vestido de terciopelo.

— Ahora.

*

Los labios de Margarita Wilson se tensaron. Su rostro comenzó a enrojecer lentamente.

— ¡Daniel! —gritó, girándose hacia su hijo—. ¿Te quedas ahí mirando? ¿Vas a permitir que me hable así?

Daniel se estremeció. Y en ese instante algo dentro de él se rompió. Vio todo a la vez: la ropa tirada, el viejo bata colgado como una sentencia, los niños en silencio detrás de la pared. Y a sí mismo, siempre en medio, siempre callado.

Dio un paso al frente. Despacio. No hacia su madre.

Hacia su esposa.

— Mamá —su voz tembló, pero no retrocedió—. Clara tiene razón.

Las palabras cayeron con un peso definitivo.

— ¿Qué dijiste? —susurró Margarita Wilson.

— Esta es nuestra casa. Y esta es mi familia —continuó—. Cruzaste un límite. Y no es la primera vez.

— ¡Yo te crié! —gritó ella—. ¡Sin mí no serías nada!

— Ahora soy esposo y padre —dijo él en voz baja—. Y tengo que protegerlos.

El silencio fue absoluto. De esos en los que se escucha la propia respiración. Margarita Wilson miró a su hijo como si fuera un extraño.

— Entonces ya elegiste —dijo con frialdad—. A ella. En mi contra.

— Elegí a mi familia —respondió él, sin dudar.

*

Las manos de ella comenzaron a temblar. Con un movimiento brusco se quitó el vestido de terciopelo y lo lanzó sobre la cama. Se puso la bata vieja con repugnancia.

— Se van a arrepentir —escupió al pasar junto a ellos—. Los dos.

La puerta se cerró de un golpe, y el eco recorrió todo el departamento.

Durante unos segundos nadie se movió.

Clara respiró hondo. Recogió el vestido de la cama, lo alisó con cuidado, como si cada gesto fuera una forma de recuperar el control. Lo colgó de nuevo en el clóset y cerró la puerta. Solo entonces miró a Daniel.

— Yo no voy a vivir así nunca más —dijo con calma—. Nunca.

Daniel asintió. Sabía que no era una amenaza. Era un límite.

Desde la habitación contigua salió Leo.

— Mamá… ¿la abuela ya se fue?

Clara se agachó y lo abrazó.

— Sí, cariño. Ya se fue.

Ana se acercó tímidamente y se aferró a su pierna. Clara rodeó a los dos niños con los brazos.

Daniel permaneció a su lado. Por primera vez, no detrás, no en la sombra.

En el departamento se hizo el silencio.
No de miedo, sino de claridad.